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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Esto no se sostiene, y quedan las reformas intolerantes

Manuel Menor Currás
26-Mayo-2018

Sufrimos el agresivo entusiasmo que algunos ahora encausados mostraron contra la educación pública, sus mentiras despectivas, su lucro obsceno.

Pese a las sentencias de la Gürtel y aledaños, y a lo que de saberes estilosos aporta el encarcelamiento de Zaplana, el cachazudo Rajoy ha encontrado aire provisional en el debate de los PGE para aguantar una severa crisis con ese estilo siempre idéntico al de los hilillos de chapapote. Las sentencias a figuras del aznarismo no han hecho más que empezar y aunque debieran generar verdadera contrición, no pasan de apariencia incapaz de generar confianza. Todo proseguirá renqueante, como mal menor. En la Comunidad de Madrid -adelantado modelo con cuatro expresidentes afectados-, Garrido repite incumplimientos de Cifuentes, como acaba de mostrar su consejera de Educación. Instalados en que sus ideas políticas expresan como ningunas otras la voluntad de Dios, alegan que, pese a “los diez o quince casos” que socavan sus razones de gobierno, ellos son “mucho más”.

Con las noticias judiciales de estos días es difícil sustraerse a que, hace 40 años, creímos que con la democracia desaparecería la mayor parte de cuanto había limitado nuestras vidas en los 40 anteriores. Aquel cómodo fetichismo que traería per se un sinfín de bienes ha saltado por los aires y será difícil recomponer su inocente expectativa sin la vigilancia y atención que nunca debimos haber cedido. Hoy, con las abundantes contradicciones que tenemos en el panorama, lo fácil es reclamar que vuelva Valle-Inclán para escribirnos unos sabios esperpentos. Quedaríamos a gusto con los dejes de sarcasmo, pero los problemas seguirían ahí. Remedos lejanos hay en los medios y en la Red, donde se amalgama todo con el poco entusiasmo e, incluso, cursilería que, so pretexto de ética política, emiten los partidos en este asombroso momento de inconsistencia que emiten los representantes electos.

Excelsas hagiografías

El problema es que no hay problema con que la corrupción, de tan extendida que está, no exista sin contabilidad judicial. No existe el bien común, sino su remedo de beneficios particulares que se alimenten del erario público. El ideal unitario de moral colectiva ha sido fagocitado por el provecho económico individualizado, de que han hecho gala estos encausados de ahora, otrora objeto de excelsas hagiografías. La inflación de los currículos y el modelo máster Cifuentes -que pronto podrá actualizarse con los que, como el de Casado, ya están en el repositorio de los medios- no son anecdóticos.

Incontables son los espabilados emisores de títulos de calidad incontrolada y pingües beneficios. El Ministerio de Educación, entretanto, ni se siente aludido. Trabaja incesante, sobre todo desde la implantación del Plan Bolonia en 2008-2009 y al amparo de la liberalización que Wert añadió al sistema educativo antes de irse a París, en generalizar el dogma de que el libre mercado, además de barato es milagrero. Según esa vieja teoría, la libertad de elección de los consumidores de bienes -también los vinculados al conocimiento- es capaz de arreglarlo todo. Cuando libere al Estado democrático de la obligación que tiene con el derecho universal de los ciudadanos a una buena educación, también proclamará que en el mar no hay tiburones y que todos los peces son iguales en sus cristalinas aguas.

Ahora que Ana Botín, lista para captar clientela para su red bancaria, dice que ha descubierto el feminismo -y reitera amar mucho a la Universidad-, no debiéramos cometer la tontería de olvidar que de aquella prodigiosa troupe que asistió a la famosa boda de El Escorial en 2002 -que en buena medida hace casting ahora ante los jueces- hay responsables de que los liberales recortes que dirigieron contra el sistema educativo, y la educación pública en concreto, les generaran contables recompensas para sí y sus amigos. Más de una pieza judicial trata de esto, y de la persecución de organizaciones, sindicatos y profesionales de la enseñanza que osaron replicarles. El momento no es para humor barato y chapucero, sino para reclamar coherencia de cuantos ahora dicen lo que no han dicho en todos estos años.

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