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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

El MIR de Méndez de Vigo puede ser la clave del pacto, pero ¿de qué pacto?

Manuel Menor Currás
4-Febrero-2018

Es otra variación más en la retórica sobre el prestigio del profesorado. Sin explicación mejor, ni a historia minúscula llega en un territorio mucho más grande, que mantiene a distancia.

Del significado de la palabra “cambio” saben mucho los de la inmediata postguerra. Sobrepasan los 70 años y se han liberado de la inútil incertidumbre de si algo puede cambiar o no; el tiempo del embobado optimismo se les ha ido. Cuando oyen esa palabra y similares -sobre todo, en algunas bocas- entienden que lo que tenía que suceder ya ha sucedido o no verán que vaya a suceder.

El “eje” del sistema

Muchos ya eran maestros o profesores antes de 1978, y lo siguieron siendo -de uno u otro modo- después de la Constitución. Toda la vida en las aulas, como estudiantes o profesores, les da competencia sobrada para distinguir, en lo tocante a su trabajo, entre el grano y la paja. En las Administraciones, a esos aparatos con parásitos trepas de gestores, consejeros y correveidiles empeñados en contradecir la buena sintaxis de la palabra educación. Y en lo sustancial, como casi todo se ha hecho con escasos medios y abundante ilusión de los empeñados en que hubiera ciudadanos mejor preparados para entender el mundo y convivir. Esta diferencia entre forma y fondo les pone en alerta ante quienes más presumen, poco conocedores del trabajo con la tiza.

Para estos viejos profesores y maestros no ha sido sorpresa que haya vuelto a escena esta parodia. Esta vez Méndez de Vigo pregonando su propuesta del MIR educativo, que serviría -dijo- para “prestigiar la profesión”. Si en ello cree -se han preguntado- no se entiende cómo ha aceptado ser ministro de este Gobierno en junio de 2015. Menos se explican qué sea ese “prestigio” cuando, desde 2011 hasta hoy, el presupuesto de su Ministerio para formación ha pasado de 52 millones en 2011, a tan sólo 2,6 en las cuentas de 2017. Responsable de dejación en su procura, en la parte alícuota de los dos años y medio que lleva en el cargo, este ministro se muestra fiel heredero de una vanidosa tradición en esa cartera ministerial: decir del profesorado una cosa y hacer otra muy distinta.

Esta jactancia viene de antes de la ley Moyano en 1857. Hasta que el 31.12.1901 un crédito extraordinario posibilitó que el Ministerio de Instrucción Pública lo pagara, el sueldo del magisterio -su “prestigio” real- fue absolutamente aleatorio. Y hasta muy entrados los años ochenta, por muchas salvedades que se hagan no ha sido muy distinto. La proporción de estima que representan los salarios de los docentes apenas se distingue de la de cualquier oficial de la construcción no bien pagado. Lo notable, pese a todo, es que ha habido buenos profesionales -“vocacionados”, como ha solido decirse-, pero a cuenta de un alto grado de voluntarismo para ejercer mejor sus responsabilidades. Puede decirse, por tanto, que, en general, lo mejor del sistema lo han puesto sus docentes, pese a que no tuvieran muchos incentivos. Pero también ha de añadirse que un sistema educativo con 695.598 profesores -un 70,68% en la pública y un 29,28% en la privada-, no puede funcionar bien a cuenta de un grupo voluntarista más o menos extenso. En consecuencia, si a Méndez de Vigo le preocupa el “prestigio” profesoral, es lástima que no haya explicado qué entienda por tal, en qué consista por dentro su propuesta de MIR y, sobre todo, en qué funda que de adoptarse vaya incrementarse ese “prestigio”.

¿Hacia qué “prestigio”?

Empiece por las nociones y, a continuación, dé argumentos, porque la memoria de los malos tragos duele. Algunos profesores todavía recuerdan el sello de correos de 1939 en que aparecía un dibujo de Castelao: La última lección del maestro. Ochenta años después, “doler” sigue siendo un verbo tan irregular como la calculada novedad de esta preocupación por “el prestigio” de los profesores futuros, todavía no en ejercicio. La estima de los ya muertos o jubilados no entra en este proyecto, ni tampoco -lo que es más grave- la que debieran merecer los que están en activo. Son muchas las reformas que han vivido las cohortes de maestros y profesores que han estado recibiendo o impartiendo clase desde antes de Ruiz Jiménez en 1953. Los textos legales de cada una mencionaban siempre el papel primordial de los profesores para que lo que se quería reformar saliera adelante. Hace mucho, pues, que advirtieron que tales alusiones eran retóricas, sin consecuente respeto a la dignificación de su trabajo. Como si entre el Ministerio y las aulas hubiera una distancia sideral, la vivencia de acompañamiento en su trabajo con frecuencia ha sido nula. ¿Por cuántas huelgas y manifestaciones han pasado los trabajadores de la enseñanza para que el esfuerzo de los más responsables no fuera en vano? ¿Tantas diferencias hay entre las que tuvieron que vivir antes de 1978 o después, en fechas como 1988, 2011 o 2017?, como para valorar muy alto las aplicaciones del art. 27?

Siempre cabe la desmemoria y el fingimiento, pero, después de tantos años de trabajo escolar, algunos logros y el valor de enseñar en constante litigio, la incrédula inmovilidad no puede ser un objetivo. La apariencia de cambio en este nuevo ensayo retórico con el profesorado exige que los fautores de este MIR expliquen hasta qué punto el anhelado “prestigio” va a depender estrictamente de el: ¿La formación a que haya decidido prestar atención Méndez de Vigo se ciñe únicamente a ese tiempo estricto de formación tutorada? Solo se ha dicho que se parecería al de Medicina en cuanto a duración y poco más. No hay garantía, sin embargo, de que vaya a perdurar en el prestigio que, supuestamente, tiene todavía este MIR, cuando la privatización de los estudios universitarios y de la propia Sanidad pública es creciente. Por otro lado, Educación y Medicina tienen trayectorias muy distintas: la definición profesional de los médicos ha venido muy estructurada por los estudios universitarios previos. No sucede así con las profesiones escolares ni con las Facultades de Educación, que, en la comparativa interna del “prestigio” de las carreras universitarias, tienen débil valor. Nada ha trascendido, por otra parte, acerca de la formación previa a los másteres reglados que precede a las fases de selección, ni sobre la mejorable calidad de estos. Y tampoco se ha aclarado lo relativo a la formación permanente de quienes traspasen el filtro del MIR. ¿Quedará a expensas de la voluntariedad -incentivada- de los futuros profesores ligándola con el salario y la evaluación estandarizada en el aula?

Es evidente -y nadie contradirá a Méndez de Vigo por decirlo- que si se quiere una buena educación es precisa una “sólida formación” del profesorado, siempre que se refiera a cuantos enseñan en todos los niveles educativos y en las diversas redes del sistema. Las gradaciones de necesidad son tan obvias como decir que profesores y maestros son el “eje” del sistema. El problema es que sin aclarar lo implícito que conlleve este MIR docente, las razones para la incredulidad son fuertes. De inmediato cabe preguntarse si el MIR va a ser solo obligatorio para el acceso a la función docente en la enseñanza pública, o si va a serlo también para la privada y concertada. Está por ver: las equiparaciones de ambos grupos de profesores resultarán enojosas, en un terreno embarrado por una historia poco respetuosa con la democracia educativa. Pero, independientemente de cómo quede esa cuestión en el ansiado pacto, el gran problema será cómo se desarrolla el nuevo proyecto de selección mientras el grueso de los casi setecientos mil profesores existentes en el curso actual seguirán sin tener esa formación supuestamente motivadora de prestigio:

¿Cómo se canalizará esta necesidad? La arraigada tradición del CAP (Curso de aptitud pedagógica), que implantó la LGE de Villar Palasí en 1970, vigente hasta 2009 en que se prescribió como máster, con más duración y limitado prestigio, es mal precedente. Y también las obligaciones de formación posteriores al acceso a un puesto docente -tan disminuidas- parece que vayan a incrementar la socorrida voluntariedad que cada profesor o maestro sea capaz de añadir, pero ahora en directa competitividad con sus pares. Internet y el volumen de datos (Big Data), estructurados o no, que cada profesor del sistema sea capaz de acumular dejando constancia de su trabajo y sus cursos de formación, presenciales y on line, puede que sea más decisiva en adelante. Hay muchas empresas privadas interesadas en vender sus innovaciones en este apetecible territorio triangular.

¿Qué MIR?

El MIR no lo arregla todo. Bien desarrollado, solo solucionaría un breve tramo de la profesionalidad docente que, en las etapas escolares, ha de ser además capaz de educar. Duraría dos años de una preparación que, como mínimo, habrá debido iniciarse cinco antes y que, después, se ejercerá probablemente durante otros 30 ó 35. La hipotética garantía que pueda ofrecer un acceso a la función docente más complicado, solo potencialmente más acorde con una actualizada justificación meritocrática, coincide con escasez de trabajo y más candidatos posibles. Poco más puede ofrecer. Es urgente, en todo caso, saber antes de nada qué signifique “trabajar”, quiénes “trabajen” y quiénes no, y a qué parámetros o evaluaciones se encomiende la determinación del buen trabajo y, por tanto, con qué tipo de eficiencia se mida esa calidad laboral.

La documentación contextual muestra que, desde antes de que este ministro entrara a sustituir al Wert, la agenda del PP en este asunto es anterior a la LOMCE, donde se fijó el tipo de profesores de su predilección. Antes de que esta fuera votada, en el Boletin Oficial de las Cortes Generales se había presentado el 26 de abril de 2013, en formato de proposición no de ley, el proyecto de estatuto docente y seguimiento de la labor del profesorado. Esa propuesta -orientadora de la acción política de este Gobierno- ha permanecido latente hasta este MIR. Premiado el Sr. Wert con la embajada ante la OCDE, vino luego la secuencia del Sr. Marina, al que Méndez de Vigo encargó aquel Libro Blanco sobre la profesión docente, muy ilustrador de esta propuesta. Y pronto planteó de lleno su Pacto Social y Político. En aparente contradicción con gestos anteriores de su partido, le ha valido para animar la Subcomisión parlamentaria creada al efecto. En el centro de ese hipotético consenso debía estar la atención a la selección del profesorado, mientras dejaba fuera cuestiones principales, pero más cuestionables, que al sistema educativo español le vendría bien considerar. En ese contexto, muestra ahora su propuesta del MIR, plenamente concordante con la secuencia documental anterior. De salirle adelante este ejercicio malabar, habrá hecho mérito suficiente para que, a imitación de su antecesor, se le otorgue alguna embajada de relumbrón.

Como cumplimiento del programa del PP, el vericueto seguido por este MIR es revelador, pero como aportación a la mejora sustancial del tratamiento del profesorado, este proyecto sitúa a Méndez de Vigo como acreedor del padre de la LOMCE, cuyos principios estructurales protege. Tampoco en cuanto a formación ha modificado el panorama dejado por Wert. Su particular dignificación de ese “eje del sistema” ha consistido en rebajarle los recursos y, con la reposición del profesorado a la baja -sin apenas haber rectificado lo que establecieron las instrucciones del 04.07.2011-, la ha encomendado casi exclusivamente al aumento de su carga de trabajo.

Al final, esta propuesta de MIR puede que sea una ocurrencia más. Está en la genética de mucha legislación española. De ser así, la pretensión del supuesto “prestigio” a través suyo es de corto recorrido. Con todo, ya está sirviendo para justificar las razones del engorroso pacto, razón por la cual habría puesto casi todo el énfasis en el continente sin mentar su contenido; sería un engorro definirlo y peor le sería si tuviera que acompañarlo de un Estatuto de la función docente. Puede, no obstante, que este MIR vaya a convertirse en su piedra filosofal. Con poco gasto, ha encontrado la solución mágica de los problemas que tiene entre manos y, de paso, la justificación de su paso por Educación. Tan risueño está que el estilo de educación que pretende desarrollar ni lo menciona, mientras impone gran parte del proyecto y sus derivaciones al bolsillo de los profesores.

Clave del pacto

Tal como va este momento de aparente inactividad de este Gobierno equívoco, para los profesores -mayores o en activo- es preocupante que se rifen la primacía de este MIR entre el PP, PSOE y Ciudadanos. Es un problema menos para el posible pacto. Los matices diferenciales vendrán de la importancia que concedan a los silencios señalados. Responsables serán de que este MIR pueda muy bien ser otro caballo de Troya bajo el que se cuelen más riesgos en el sistema -sobre todo en su red pública-, sin que se alteren las directrices de la LOMCE. Las cuestiones de dineros -condicionantes siempre de las políticas educativas- pueden ser otro matiz diferenciador entre partidos: los recortes son dinero, el aprecio del trabajo del profesorado es dinero y el afán de control creciente y más sofisticado -con evaluaciones externas-, dinero es igualmente, de dirección reversible hacia los negocios de la privatización. Desafortunadamente, aunque los otros partidos no concuerden estrictamente en estos aspectos, todos coinciden en que el MIR sea determinante para la “calidad” docente. Puede que a este diplomático ministro no se le haya escapado esta concordancia. Para aprovecharla mejor ya ha deslizado Maroto lo irresponsables que serían quienes no estuvieran por este proyecto limitándose a “decir no a todo”.

Si Méndez de Vigo hubiera descubierto realmente que su profesorado es el “centro” del sistema educativo, habría encontrado ya el modo de convencer a los escépticos. No cabe duda de que ha hecho un gran descubrimiento al fijarse en la formación, pero si cree que basta con enunciar su MIR -sin más- se ha equivocado. Sin explicitar el antes y el después, y sin aclarar a qué modelo de “prestigio profesoral” aspira, se expone a que entiendan que quiere dar gato por liebre. En las partituras previas a este MIR que casi acaba de sacar de la chistera, hay músicas que ya han provocado muy fuertes críticas antes de ser importadas de EEUU. Entre otras cosas, porque anhelan que los profesores no pasen de peones.

¿Pacto social?

Muchos medios le hacen la ola a este modo de “mejorar” el actual sistema educativo. Detrás, también lo jalean instancias muy bien financiadas por grandes intereses, multinacionales, eclesiásticos o ambas cosas. El Banco Mundial, la OCDE o la “Nueva educación” de Trilema o Ashoka tienen puestos sus afanes sobre nuestro sistema educativo: significativa es la nueva orientación de Cuadernos de Pedagogía, una de las revistas más importantes en este campo desde 1975. Pero democráticamente hablando, el ministro quedaría mejor si, de entrada, empezara por hablar de este MIR y sus implicaciones con los sindicatos de los profesores. ¿No iba este pacto de “social”, además de “político”?

Entre los que se han hartado de oír que los profesores son el “eje” del sistema hay muchos que ya daban clase antes de 1978. A ninguno le gustará -puede que tampoco a algunos de los que acaben firmando el pacto que sea- que, por medio del MIR y sus ingredientes implícitos, se acabe dando la vuelta al sentido de la educación pública para el puro negocio, empresarial o sectario.

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