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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Los eufemismos de Gomendio en el preestreno de la LOMCE: un espejismo.

Manuel Menor Currás
13-Septiembre-2014

La propaganda de las bondades de la LOMCE esconde en la FP los fracasos del sistema educativo, pero aumentará la desconfianza y el rechazo hacia la nueva ley.

Lo peor de nuestras composiciones literarias escolares no era su severa obligatoriedad, sino que había que leerlas en público. En cierta ocasión, un colega muy satisfecho con la suya por el tono solemne que entendía haber logrado, hizo el enlace siguiente: “Era de noche y sin embargo llovía…” Ante tan poderosa relación, el resto de la clase, para asombro de mi amigo, no sólo no enmudeció sino que estalló en sonora carcajada. Apenas teníamos idea de casi nada a nuestros escasos 13 años, pero sí un rígido sentido de la coherencia.

El pasado día once, la rueda de prensa de la Sra. Gomendio ante el comienzo de curso no parece haber producido asombro excesivo, pese a que uno de los problemas más graves del sistema educativo español como el abandono escolar temprano, parecía entrar en fase de solución. La presumible buena intención de esta señora y la inestimable aceptación mediática predominante han querido tranquilizarnos en este extraño comienzo de curso sorprendiendo a los españoles con tan magnífica noticia (Ver:  http://www.youtube.com/watch?v=HFkl6NCILmw). Pese a todo, repasada despacio, a la secuencia discursiva de Gomendio le fallaba –como al compañero de mi infancia– la consistencia ilativa y, tratándose de una doctorada en Ciencias por Cambridge, permite cuestionar si el saber mucho de primates –asunto que no viene al caso–, es suficiente para hablar de políticas educativas con solvencia. Importante es, en todo caso, que, en esta presentación del curso 2014-2015, parezca haber olvidado las reglas básicas de la investigación científica que Francis Bacon dejó establecidas en el Novum Organum, también conocido en español como Indicaciones relativas a la interpretación de la naturaleza. Este filósofo británico llamaba la atención –en 1620– sobre algunos prejuicios –idola– que toda persona de ciencia debía evitar si quería avanzar en el conocimiento. Entre los obstáculos previos que llamaba a remover antes de nada, tal vez vengan especialmente al caso los que denominaba Idola specus, que relacionaba con la educación y el ambiente donde cada cual se cría y desarrolla. Algo así cabe entender que ha contaminado su discurso sobre lo que hacen, proyectan y, al parecer, ya han conseguido desde que ella y Wert –o Wert y ella– están en Educación, o sea, en Alcalá 34: la Secretaria de Estado ha hecho poco creíble la indispensable illatio entre las proposiciones que vehicularon su argumentación.

La preocupación por exaltar los méritos de la LOMCE llevó a Gomendio a encadenar una serie de afirmaciones que Schopenhauer calificaría, no como argumentos de la lógica leal que pregonara Aristóteles, sino como “estratagemas” para seguir mostrando, una vez más, que siempre tiene razón. El profeta Ezequiel hablaría de “falsa visión” (12,24). Según ella, deberíamos fijarnos en cómo ha disminuido el abandono temprano estos últimos años, de un 26,5% (2011) a un 22,7% (2014) y, cómo, en paralelo, han aumentado quienes han optado por Formación Profesional (hasta un 33%) –de 600.000 se habría pasado a 800.000–, todo gracias a los mensajes gubernamentales acerca de la empleabilidad de la FP y a cómo las ideas de este Gobierno, desde el principio, habían calado en las familias. Su dialéctica erística la llevaba así a indicar que la apuesta por la FP –auspiciada por la OCDE–, era identificable en el dinamismo y modernidad educativos que propiciaba la LOMCE. Ergo, el estreno de esta ley en este curso indicaba que, por fin, estábamos en el camino feliz de la mejora educativa.

¡Ojalá fuera verdad que lo dicho el jueves hubiera tenido la lógica indispensable para conferirle la auctoritas debida en el inicio de este curso académico! ¡Ojalá que, por fin, hubiéramos hallado el camino para mejorar la educación! Sin embargo, achacar este ansiado descenso del abandono escolar –cuya curva descendente había empezado ya antes de 2009– a los mensajes y concepto educativo desarrollados por el PP en estos años es arriesgado despropósito, contrario a la dinámica compleja de los procesos de cambio. Que estos se noten en un momento preciso de gobierno, y apropiárselos en exclusiva –en esta ocasión, sin “herencia” alguna por medio, ni concurrencia alguna de otros factores–, es confundir el post quem con el propter quem. En nada, pues, nos ayuda a saber si estamos en el buen camino con la LOMCE. Con un razonamiento tan sesgado pro domo sua –es decir, arrimando el ascua a su sardina–, la conclusión no pasa de hipótesis autojustificativa, improbada y, seguramente, improbable: confundir la realidad con el deseo induce a error. Pero en último término, si tan segura está de que –con meras medidas de propaganda y sin echar mano de las medidas que esta ley plantea, es decir, al amparo de la ley anterior y cuando no hay un euro para aplicar esta nueva–, ya habían acertado a guiar el sistema educativo por la buena senda de las mejoras…, no se entiende por qué se aventuran en algo que, por lo visto en estos largos tres años de gestión, sólo ha conducido a ásperas confrontaciones con todo el mundo y a un provisional monólogo enfático consigo mismos. La indiferencia con que los agentes sociales relevantes han acogido esta explicación de Gomendio –y las previsiones de que el curso va a seguir por los caminos de la conflictividad de años pasados– indican que las predicciones de una secuencia agónica en los días y meses que vienen no concuerdan con los deseos de la Secretaria de Estado.

Tal vez alguien sacará de esta continuidad conflictiva algún canto épico –como se deduce de la lectura de algunos medios–, pero el fondo grave de tal exaltación poética no dejará de ser afán de confundir al personal, cuando ya no estamos en la época homérica de una aristocracia patriarcal sino en una democracia presuntamente igualitaria, para la que la anticuada dicotomía del “estudias o trabajas” suena a rancio. Hoy, además, cifrar una mejora educativa en el entorno de una FP que no se ha mejorado en absoluto, suena, incluso, a obsceno: ni favorece al concepto de educación ni, menos, al de una formación estrictamente laboral digna. Y tampoco induce a construir esa sociedad igual en oportunidades –en derechos y posibilidades– a que una educación democrática debiera inducir. Porque casi todos los analistas concuerdan en que una de las grandes apuestas de la LOMCE es esta FP Básica que este año empieza y que, a todas luces, más parece un cajón de segregación temprana que algo que conecte con la demanda laboral que genera nuestra estructura económica. En román paladino, que una cosa es disminuir la estadística del abandono escolar con artilugios contables y otra bien distinta solucionar los problemas que la FP en general y la Básica en particular acarrean como síntoma de una economía y un trasfondo cultural preocupantes.

Pese a la retórica oficial, parece que deberemos seguir hablando de este conjunto, más bien,  como de un subsistema residual de la educación española. Es  muy probable, de hecho, que pocos de estos chicos y chicas de la FP Básica que se estrena ahora –en detrimento de los PCPI que funcionaban bien–, puedan pasar a la FP de grado medio o que alguien pueda soñar con que la mayoría acabe montando algún chiringuito turístico –¿un 22% de emprendedores turísticos añadidos?–, pero es que las carencias de este segmento medio de la FP no han cesado de ser un clásico de las desatenciones gubernamentales. En buena medida, el desequilibrio que tenemos en España respecto a otros países de la OCDE en cuanto a cualificación laboral, obedece al poco interés de las administraciones públicas por potenciarlo: en los últimos años –según datos de CCOO– sólo ha crecido un 0,6% cuando el potencial de alumnos ha sido del 43,3%. Es decir, que prácticamente no han puesto ahí un euro, ni por sí mismas ni en concierto con la iniciativa privada. Hoy, por otra parte, la panacea de la dualización formativa -insuficiente en el Grado Medio por la menor demanda productiva–, no existe para tanto estudiante como se derivará hacia la FP Básica, y menos todavía en áreas de marginal ruralidad. Lo que, por otra parte, concuerda con otros procesos de larga duración, poco modificables por la propaganda verbosa de cada legislatura sin consensos de los diversos agentes económicos y sociales: la estructura productiva –con unas Pymes absolutamente dominantes, de baja intensidad investigadora y abundante mano de obra barata– sigue fiando gran parte de su inestable existencia a una tradición obsoleta, nada acorde con la sociedad del conocimiento y una empleabilidad de alta cualificación.

Una buena FP, además, no es barata ni se improvisa: exige infraestructuras propias o de empresas colaboradoras, costosas por la inversión inmediata y por la urgencia de constante renovación que precisan. Prueba de ello es que, entre las condiciones que se plantean para nuevos campus universitarios –según rezan los proyectos de decreto que ahora mismo están sometidos a preceptiva información pública–, no figurará que deban impartir formación de tipo técnico o de ciencias experimentales, como se venía requiriendo. Ello favorecerá que, cuando ADECCO está diciendo que el 61,4% de las ofertas de trabajo existentes exige formación universitaria (Ver: V Informe ADECCO Proffesional), la iniciativa privada crezca a cuenta de otros segmentos de profesionalización universitaria –en contradicción con el recuerdo que la Sra. Gomendio hizo en esta rueda de prensa para las especialidades de CIENCIAS HUMANAS, SOCIALES Y JURÍDICAS– y, sobre todo, a expensas de la universidad pública. Desde 1997, no sólo han pasado de 13 a 32 campus, sino que, con el crecimiento exponencial que desde la implantación del Plan Bolonia en 2009 está teniendo el número de grados y másteres, los programas de postgrado disponibles ya pasan de 7.000 –en múltiples combinaciones y costes tan variados como el bolsillo de cada cual–, lo que está generando que, en el nivel teóricamente más alto de la capacidad profesionalizante del sistema educativo español, haya mucho más ruido que nueces: el control de calidad de la misma es prácticamente nulo, y los circuitos de fidelización entre empresas, profesores y alumnos, tienden a una feudalización crecientemente cerrada y exclusiva.

Fiar, pues, el buen camino de la mejora educativa a una LOMCE que apenas ha iniciado su andadura y que reafirmará un concepto de educación tan poco fiable como el cifrado en torno a una empleabilidad tan aleatoria y basada en decisiones opacas y discutibles como las desarrolladas en estos años, es inducirnos a todos a olvidar lo que no conviene y, al mismo tiempo, negar una realidad tristemente existente: es el “doblepensar” de que hablaba Orwell en 1984, únicamente conveniente a las élites neoliberales a las que escuchan Wert y Gomendio. Con su teoría de que los “costes” educativos son insostenibles, sólo falta ya que digan que el de Educación es el “Ministerio de la Verdad”. Pero –aunque no lo verbalicen– la suya es una manera de quitar o limitar un derecho legítimo a muchos ciudadanos, que saben que un buen sistema público de educación no sale gratis y que quieren otra política educativa a cuenta del dinero de todos y para todos.  Lo que están haciendo se basa en un PIB educativo en descenso –del 5.09% en 2009, al 3,9 que se espera para 2015–, que nos resituará en el nivel de 1987, cuando las características y exigencias eran muy distintas, y que sólo valdrá para señalar mejor a los nacidos para la exclusión. Los bien pensantes dependientes de la digitalidad ministerial dicen que esto es irrelevante para una “buena educación”. Se desinflaría su misterioso conocimiento de la cuadratura del círculo con que sólo miraran hacia los hijos de quienes pagan sus sueldos. Y no sin avergonzarse del desproporcionado reparto con que están cargando los recortes del PIB educativo sobre la red estrictamente pública del sistema, crecientemente demandada –además–  a medida que se estanca la crisis.

Los elogios que, en todo caso, suscite la LOMCE, antes incluso de iniciar su andadura, son los que en la Galicia interior propiciaban que se pusiera en solfa el botar o carro diante das vacas (poner el carro delante de las vacas). Los razonamientos sesgados no evitarán –de entrada– que los planteamientos conceptuales que la sustentan tengan poco que ver con las exigencias actuales y sí mucho con criterios decimonónicos. Y nadie desea –de salida– que se asiente más lo que ya se ve: esa desinhibición de que la educación pública pueda servir a la redistribución social en igualdad, el dar a entender que deba respetar el natural sostenimiento de las diferencias sociales previas al nacimiento de cada cual, y, además, ese enfadado pregón por que el “esfuerzo” sea para los otros. De otro modo, no se explica esta ansiedad por la empleabilidad del sistema –incluidos los niveles universitarios– como horizonte único y con un simplismo tan reduccionista como desacomplejado. Pero es que todo esto complementa la reforma laboral que han promovido: ¿acaso ha incrementado la posibilidad de que pueda cualquiera –si tiene trabajo– concertar en igualdad con un empleador sus condiciones salariales? ¿Y no están dando a entender muchos de estos –solos o corporativamente– que les sobra gente hipercualificada, y que a la otra sólo saben despedirla o rebajar sus derechos y salarios? 

Si el mensaje de Gomendio, el pasado día once, fuera –pese a todos sus interesados desmanes con la lógica– el único posibilista, sólo gente predispuesta o condicionada debe haberlo captado. Porque los más sensibles a la esperanza, los jóvenes, si pueden se han largado o se están largando, y alguna patronal del empleo ya está seriamente alarmada: no hablan de aquella beatífica “movilidad exterior” que decía Báñez, sino de que la presunta “recuperación” económica está en riesgo, por el mero éxodo migratorio al extranjero de los mejor preparados (http://cincodias.com/cincodias/2014/09/11/economia/1410435357_898739.html).

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