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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La paradójica felicidad de empezar el curso otra vez

Manuel Menor Currás
3-Septiembre-2014

2014-2015 se aventura un curso particularmente difícil. Para unos es un tiempo feliz, porque se inicia por fin su reforma. Para otros, conflictivo porque las políticas educativas igualitarias tendrán más obstáculos todavía.

La vuelta al cole siempre tuvo más de amargo que de feliz; como mucho, alguna vez ha sido agridulce. Sólo dicen “feliz vuelta al cole” las grandes superficies comerciales y algún que otro padre o madre estresados por la mayor intensidad de cercanía familiar en verano. Pero, en general, los niños y los profes –y otra parte sensible de la población, a que ha tratado de dar voz Andrew J. Smart, con El arte y la ciencia de no hacer nada (Clave Intelectual, 2014)– suelen ver este retorno como algo irreversible: les sucede un año más y, no infrecuentemente, sin sentido ni razón, de manera incluso insoportable y, cuando menos, tediosa. Para todos estos, el inicio del curso 2014-2015 puede serles más penoso que de ordinario, y para nadie será indiferente: se inicia la aplicación de la LOMCE, esa ley en cuyo planteamiento y desarrollo se han entretenido tanto sus promotores que ni tiempo han tenido para debatirla con un mínimo de coherencia científica y democrática, de lo convencidos que están de sus bondades.

A las dificultades ordinarias de convivencia, de hondas raíces históricas, ha de añadirse el escepticismo que crea este tejer y destejer constante que tenemos en los asuntos educativos que nos atañen a todos. Este continuo “MEJORAR” el sistema educativo en los papeles normativos sin mirar a la realidad experimental de las aulas y sus auténticas necesidades, inclina a pensar que tenemos el grave síndrome de Penélope, la de la Odisea. Esto de “mejorar”, sin contrastar contemplar las duras urgencias educativas de la población, sólo induce a pensar en que cada nuevo intento –y ya van demasiados– sólo pretende reafirmar el orgullo personal de unos pocos privilegiados, que verán cómo su nombre luce en el BOE, pero que no pasará de tinglado convenientemente estéril si no perjudicial. Cuando “mejorar” equivale a empeorar las prestaciones y que las disfunciones que puedan existir en el servicio son pretexto para triturar mejor a cuantos tienen mayor necesidad del mismo, trae a cuento la estratagema de Penélope, al pretender engañar a sus pretendientes: “pasaba el día labrando la gran tela, y por la noche, tan luego como se alumbraba con las antorchas, deshacía lo tejido”, y así transcurrieron tres años, hasta que, como dice Homero en el Canto II, “sorprendiéronla cuando destejía la espléndida tela”. Si de una parábola de lo que acontece con el sistema educativo que teníamos se tratara, debiéramos contar con algo que, en el Canto I, había puesto Homero en boca de la mismísima Atenea, para que Telémaco cortara el oneroso dispendio cotidiano que los pretendientes de su madre infligían al común patrimonio: “No nos hallamos evidentemente en un festín a coste. Paréceme que los que comen en el palacio con tal arrogancia ultrajan a alguien, pues cualquier hombre sensato se indignaría de sus muchas torpezas” (Odisea. Traducción de Luis Segalá y Estalella para Austral, 1951).

Esta “arrogancia” homérica es constatable, en este comienzo del curso 2014-2015, en la menguante riqueza disponible para atender el servicio público del conocimiento a la población. Si los presupuestos de estos últimos años ya habían ido bajando sistemáticamente, el del curso entrante –razona Miguel Recio– se caracteriza por la consolidación y profundización de una situación de recortes en educación –especialmente en la educación pública–, haciéndola pagana de una crisis  económica producida, en buena medida, por la falta de cualificación de los puestos de trabajo”. Todo indica, a la luz de la propuesta de Rajoy al ECOFIN, que vamos camino de volver a 1987 en lo que a proporción de la inversión educativa se refiere dentro del PIB: un 4,01%, que, para el año 2015, se rebajará todavía más. Con el agravante de que, mientras el presupuesto educativo general baja, el apoyo a la educación privada sube en similar proporción. Es decir, que la pretensión de igualdad de oportunidades salta por los aires y se ve crecientemente desmentida justo cuando la crisis está llevando más alumnos a la enseñanza pública, los profesores que la atienden ven reducido su número y condiciones óptimas de trabajo y, además, las becas y tasas –aspecto más llamativo, pero no único, en los estudios universitarios– aumentan la contradicción normativa y el conflicto de intereses en juego.

La armonía de estas coordenadas con las más estrictamente políticas añade más dificultad a la improbable felicidad de un comienzo optimista de curso. Rajoy ha dicho a Merkel, en su reciente visita a Santiago, que está por proseguir con “las reformas estructurales (http://www.eldiario.es/politica/Merkel-economica-Espana-reformas-Rajoy_0_296070542.html). Ese mantra seguirá alimentando las decisiones de este Gobierno en su línea de “recuperación firme”, mientras sigue reduciendo los medios para una educación democráticamente mejor para todos y, de paso, cualquier iniciativa que redunde en una modernización acorde con las necesidades de la gran mayoría ciudadana. El guión para la mejorabilidad que propugnan –y los muy predecibles desajustes sociales y cognitivos que acrecentará–, rige ya en la aplicación inminente de la LOMCE. Lo verán mejor quienes tengan que verse dentro de unos días con los currículos de 1º, 3º y 5º de Primaria, más el primer ciclo de Formación Profesional Básica. Pero, indirectamente –y de manera no menos problemática–, también el resto de estudiantes y profesores que empiezan el curso académico el próximo día 15 de septiembre. Pronto podrán constatar a qué conduce el cambio de las reglas de la educación y la creciente desigualdad de las mismas, pues las relativas a organización interna de los centros son particularmente significativas: en cuanto a la dirección de los mismos y a su jerarquización con los profesores; el papel real que se les exigirá a estos respecto a sus capacidades profesionales; su evaluación al servicio de proyectos educativos difíciles de compartir; o en cuanto a las propuestas de calidad educativa que se manejen; las metodologías de trabajo que se propugnen y el tipo de alumnos que se quieran atender. E igualmente serán muy importantes las medidas que se vayan adoptando respecto a la participación de los distintos componentes de la comunidad educativa en la vida de los centros, las preferencias de atención-financiación a la privada o a la pública, o las subvenciones a centros que diversifiquen por género u otra razón… Todo un panorama para que cunda el desconcierto o la “preocupación” en muchos padres (Ver:http://www.20minutos.es/noticia/2228283/0/comunidad-educativa/preocupada-aplicacion/lomce-valencia/), especialmente en cuantos quisieran que estos años de sus hijos no fueran para su mera clasificación sociolaboral y para algo más que la constatación temprana de la existencia de ganadores y perdedores sociales. O tan sólo para que no se les adoctrinara con el miedo y la inseguridad.

Y todavía puede aumentar más esta desconfianza, poco propicia a la felicidad compartida. Es muy inquietante, de fondo, el servilismo de muchos de nuestros responsables de asuntos educativos ante las directrices que emanan de la OCDE y de la propia Comisión Europea, instancias esforzadas en propugnar una concepción utilitarista y meramente reproductiva de las clasificaciones sociales, por encima de cualquier otra concepción humanista. Vean, si no, la presteza que se han dado para dar cauce normativo al canon bibliotecario (0.20 € por libro, en bibliotecas públicas de localidades mayores de 5.000 habitantes), un paradigma de lo mucho que aprecian la lectura, en un país ya por sí tan lector y, además, con gran mayoría de centros docentes sin presupuesto alguno para esta actividad primordial en cualquier sistema educativo (http://www.eldiario.es/clm/gobierno-aprueba-pago-prestamo-bibliotecas_0_290121236.html). Siempre hay quien se alegra por estas decisiones geniales y expeditivas: si no, no se tomarían. Lo estúpido es creernos a pie juntillas las explicaciones que las acompañan, cuando lo que evidencia tal gestión política irresponsable es creer que la educación y la cultura no son una obligación pública. Pero, volviendo al principio, la vuelta al cole ni es feliz ni infeliz: el de la felicidad siempre ha sido un buen mito para engatusar la credulidad, como atestigua toda la historia de la Filosofía, la de la Política, la de la propia Historia y las inauguraciones oficiales de curso, además de la mayoría de los cuentos y la propaganda,  tan propicios como maleables para la ejemplaridad del orden instituido de cada época. La paradójica felicidad que nos depare el inicio de este curso, si bien servirá para el exhibicionismo satisfecho de algunos, difícilmente no helará la sonrisa de casi todos cuando constatemos que será aprovechado para enraizar más la mediocridad del pensamiento y de la sana convivencia. En el caso de Ulises, la vuelta a Ítaca  duró diez años, sobrados para constatar  el orgulloso proceder de unos pocos, ocupados en “devorar sus bienes y ultrajar a la mujer de un varón eximio que ya se figuraban que no iba a volver” (Canto XXIV). Este curso 2014-2015 pondrá en evidencia hasta qué punto queremos que la situación de expolio de la enseñanza pública culmine o si ansiamos que se fortalezcan con alguna seriedad los recursos culturales y pedagógicos a disponibilidad de todos.

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