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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

María Antonia Iglesias y la memoria educativa de la IIª República

Manuel Menor Currás
30-Julio-2014

Acaba de fallecer en Nigrán esta periodista de ascendiente orensano que, entre sus libros, nos dejó una buena aproximación al quehacer de los maestros de la República.

La muerte suele suscitar consensos inesperados y silencios elocuentes. Mucho más si se muere relativamente temprano y tras una sobresaliente presencia en los informativos de TVE y en medios muy destacados o haber tenido broncas sonadas por tales razones. Glosas suficientes generará esta periodista, nacida en 1945 en Madrid, que seguramente confirmarán este principio. Tan sólo quisiera recordar –como docente– uno de los libros que, durante un tiempo, la llevó por diversos puntos de España, incluidas algunas Facultades de Pedagogía, para difundir el conocimiento de algo insuficientemente valorado en los medios y, también, en bastantes círculos de poder. Era 2006 y, bajo el título Maestros de la República: los otros santos, los otros mártires, Mª Antonia hacía públicas 10 historias “heroicas” de maestros de diversos pueblos de España. Con el formato de entrevista, cada una de estas vidas perdedoras emergía a través del testimonio de quienes las habían tratado de cerca: amigos, descendientes y, sobre todo, alumnos.  Las reconstrucciones a partir de las vivencias de los allegados dejaban una sensación mixta, de pérdida y gratitud, que, después de tantos años transcurridos desde la guerra,  sonaban a homenaje y reivindicación. Y a diferencia con los otros muertos españoles de aquel trágico acontecimiento, tan homenajeados: «¿Quién canonizaría algún día a estos otros santos, a estos otros mártires, que fueron los maestros republicanos y que nunca entrarán en el santoral ni en la memoria de la Iglesia? ¿Quién hablaría de ellos? ¿Quién les reconocería la labor generosa y ejemplar que llevaron a cabo con tanto esfuerzo y sacrificio?” –se preguntaba la autora.

El libro introducía cada capítulo con prólogos de personas relevantes a modo de aval, aunque el libro no lo necesitara, pues se sostenía por sí mismo. José María Maravall, Xosé Manuel Beiras, Luis Mateo Díez, Manuel Vicent, Javier Cercas y Luis García Montero, entre otros, le daban a la autora más autoridad para calificar como «justa y hermosa» la trayectoria de estos “santos y mártires” que habían soportado la calumnia, la persecución e incluso la muerte, por haber empeñado sus vidas en aportar luz y libertad a quienes habían nacido para la sumisa ignorancia. Merece la pena transcribir una pequeña parte de lo que, en el suyo, decía el que había sido ministro de Educación entre 1982 y 1988, J. Mª. Maravall: “El objetivo de acabar con el progreso educativo y cultural fue fundamental en la insurrección del 18 de julio de 1936 […] En el caso de las matanzas sistemáticas de maestros al desencadenarse la Guerra Civil española, razones políticas guiaron las crueldades personales. Por detrás de los asesinatos, de la crueldad, el dolor y el miedo, existía la política del franquismo: una campaña sistemática de erradicación de la política educativa y cultural de la República. En 1937, José Pemartín, jefe del Servicio de Enseñanza Superior y Media, declaraba lo siguiente: «Tal vez un 75 por ciento del personal oficial enseñante ha traicionado –unos abiertamente, otros solapadamente, que son los más peligrosos– la causa nacional (...). Una depuración inevitable va a disminuir considerablemente, sin duda, la cantidad de personas de la enseñanza oficial». En nueve provincias de las que existen datos sistemáticos, fueron ejecutados en torno a 250 maestros. Y 54 institutos públicos de enseñanza secundaria creados por la República fueron cerrados. Por añadidura, en torno a un 25 por ciento de los maestros sufrieron algún tipo de represión y un 10 por ciento fueron inhabilitados de por vida. En Euskadi y Cataluña, todos los maestros de la enseñanza pública fueron dados de baja y tuvieron que solicitar su readmisión a través de un costoso proceso. La abrumadora mayoría de las ejecuciones de maestros tiene lugar al inicio de la Guerra Civil, entre julio y octubre de 1936. Todos los episodios son despiadados”. No sólo el citado por Maravall –autor de Qué es lo nuevo (1938)–,  sino otros muchos entre los que cabe destacar a Romualdo de Toledo, Pedro Sáinz, Enrique Suñer, Alfonso Iniesta o Enrique Herrera Oria instigaron la traumática persecución con sus escritos, su influencia y sus cargos.

Mª Antonia no inventaba nada: cuando ella escribió su libro, el sistema educativo republicano ya había sido sacado del desdén desmemoriado. En 1999, por ejemplo, la película de Luis Cuerda, La lengua de las mariposas, con guión de Azcona y Manolo Rivas –autor de los cuentos que sirvieron de base– lo había divulgado ampliamente. De manera muy rigurosa, se habían publicado, igualmente, abundantes testimonios documentales sobre la educación pública que la Constitución de la IIª República había querido construir. Merece la pena acordarse de algunos de ellos, especialmente del estudio de Mariano Pérez Galán, pionero, en 1975, en recuperar –después de 40 años de olvido institucional– el legado pedagógico de aquellos breves años: La enseñanza de la Segunda República. También, algo más tarde, ya en 1984, el de Alicia Alted Vigil, Política del nuevo Estado sobre el Patrimonio cultural y la Educación durante la Guerra civil española, donde podía verse muy explícito el trabajo que se tomarían los golpistas, desde el inicio de su “cruzada”, para modificar radicalmente el panorama educativo español. La conciencia crítica en torno a lo que nos habían enseñado en ese tiempo del franquismo, venía teniendo, de tiempo atrás, canales levemente entornados a través de “Cuadernos para el Diálogo”, tanto en su formato de revista como a través de algunos libros que fueron publicando bajo la protección aperturista de Joaquín Ruíz-Jiménez, mientras los sindicatos empezaron a movilizarse junto a los MRPs, líderes en la recuperación de la memoria con sus cursos de verano. La tesis de Tamar Groves en 2009, El Movimiento de Enseñantes durante el Tardofranquismo y la Transición a la Democracia 1970-1983, es muy valiosa al respecto, igual que la documentación de los Colegios de Doctores y Licenciados, con su “Alternativa por una reforma democrática de la enseñanza”.

En el circuito universitario, anterior al libro de María Antonia, Viñao Frago ya venía estudiando, desde 1988, la “modernización” a través de la escuela (para todos). Alejandro Tiana había investigado buena parte de los antecedentes en que se había inspirado la política educativa de la República: su tesis doctoral (publicada en 1992) giraría en torno a estas cuestiones. Manuel Puelles, por su parte, gran especialista en políticas educativas y autor de Educación e ideología en la España Contemporánea (1991), volvería a presentarnos en 2009 los valores diferenciales de ambas etapas –la republicana y la franquista– en: Modernidad, Republicanismo y Democracia. Una historia de la educación en España (1898-2008), prestando particular atención a la secuencia legislativa hasta ahora mismo. De la explícita represión ejercida sobre los maestros y profesores, no solo teníamos referencias literarias a través de Josefina Aldecoa o Julio Llamazares, sino también desde el descubrimiento, en un Instituto de Burgos, de documentación que detallaba la represalia llevada a cabo en aquella provincia: Jesús Crespo y otros compañeros habían logrado dar a la imprenta, en 1987, Purga de maestros en la Guerra civil: La depuración del magisterio nacional de la provincia de Burgos. Luego, en 2001, apareció el detalle de lo sucedido en Málaga, en un libro de Mª del Campo Pozo, La depuración del magisterio nacional en la ciudad de Málaga (1936-1942). En 2004, Carlos de Dueñas y Lola Grimau publicarían La represión franquista de la enseñanza en Segovia. Por su parte,  Francisco de Luis Martín, al estudiar la Historia de la FETE-UGT –sobre todo en el período 36-39–, había dejado constancia (2002) de cómo algunos de sus líderes sindicales fundadores habían sido perseguidos o muertos tan sólo por serlo. Y, por estos mismos años, anteriores al libro de la periodista fallecida, ya habían aparecido dos grandes trabajos, de conclusiones prácticamente definitivas. En el de Francisco Morente Valero, de 1997, La escuela y el Estado Nuevo: La depuración del magisterio nacional (1936-1943),  se hacía visible el metódico aparato normativo y estratégico creado para desprestigiar, castigar o eliminar de raíz cuanto sonase a escuela republicana, junto al exhaustivo recuento de lo acontecido al total del magisterio público de esos años, con las penas y castigos infligidos a los pillados fuera del juego de los golpistas (desde antes de la guerra). De igual cariz, pero referido a la Universidad, era lo que, en 2005, mostraba la tesis doctoral de Jaume Claret, La represión franquista en la universidad española, en que se basaría su libro: El gran desmoche, en Crítica. Baste señalar, como ejemplo del desastre que este estudio certificaba, que, de 600 catedráticos que había en 1936, en 1940 quedaban tan sólo 380.

El libro de Antonia Iglesias, sin embargo, además de poner en lenguaje periodístico divulgativo este atropello sistemático y de gravísimas consecuencias para nuestro pueblo, tenía otras virtudes. Puso de relieve que no todas las políticas educativas eran iguales, permitiendo ver cómo un sistema de buena educación democrática requiere esfuerzo e inversión continuadas. Que no vale cualquier cosa, por mucha verbalidad que se emplee para aparentar lo que no hay: al poner el acento en las personalidades de sus entrevistados puso en primer plano –de manera muy viva– las cualidades indispensables que han de tener quienes han decidido dedicarse a este duro y exigente trabajo, y también dejó patente que con levitaciones políticas institucionalizadas, pero descomprometidas con la ciudadanía, no se llegaba muy lejos. Ahora que nos encontramos en una etapa de juegos mediáticos en torno a la “calidad” educativa –y con una nueva ley que se atreve a autojustificarse con esta pretensión– no estará de más tenerlo en cuenta en la circunstancia de este óbito. En este terreno de la educación todo está cargado de sentido. Incluso una cosa tan aparentemente inocente como los libros de texto escolares –estudiados por algunos de los  autores mencionados– son más que lo que el Florido pensil, de Andrés Sopeña, mostró con humor en 1994. Esa forma inteligente de mirar procedía de una ardua tesis donde quedaba explícito el uso perverso de la escuela. Años más tarde –y por ceñirnos tan sólo a uno de los campos más significativos de los libros escolares–, Emilio Castillejo nos mostraría explícitamente la mitificación, legitimación y violencia simbólica que rezumaban los manuales de historia en la etapa franquista. La huella carencial que el franquismo generó al privarnos de los maestros y profesores que pretendía generalizar la República,  abarca varias generaciones de alumnos y profesores, en diversos frentes.

Otro libro reciente (SÁNCHEZ, Elena y otras, 2012) –potenciado por un documental homónimo de Pilar Solano en 2013–, con título más delimitado en torno a Las maestras de la República, ha tratado de fijar nuestra atención en la transformación social que, desde la educación, trataron de llevar a cabo nuestras mujeres; la igualdad por la que se arriesgaron sus vidas en el trabajo docente. El compromiso comunitario, a que también este trabajo último remite, no debiera seguir siendo excepcional en la España democrática. Cuando entonces lo normal se transmuta en especial, es que nuestros derechos y libertades democráticas están en riesgo. Por otro lado, el recuerdo del libro de Mª Antonia, no puede obviar que, en los años 77 a 79, los maestros perseguidos durante el franquismo tuvieron alguna presencia en nuestro parlamento cuando iniciábamos la democracia, (como puede verse en: http://www.forodeeducacion.com/numero9/011.pdf.), ni tampoco que, desde entonces, han quedado todavía pendientes demasiados asuntos a reconciliar en el recuerdo colectivo, en educación y en otros ámbitos de lo público. En tal contexto, si el valor de la investigación histórica –y lo que haya podido aportar el libro de esta periodista ahora añorada– sirvieran para algo, el recuerdo de los esfuerzos que tantos han hecho para que este país fuera mejor, debiera guiarnos para dejar a un lado manías prepotentes que sólo nos distraen. Centrarnos en qué hacer para lograr una buena educación para todos, dentro de un contexto cultural democrático exigente, podría ser la mejor traducción de nuestro reconocimiento. Gracias, en todo caso.

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