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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Sucesos desinformativos

Manuel Menor Currás
21-Agosto-2012

Volvemos claramente a donde solíamos. En información, hace tiempo que nos venimos acercando al pasado. Entre otros muchos, dos periódicos para mí significativos, como Xornal de Galicia o Público, cerraron hace meses su edición en papel, y el primero de ellos también la electrónica. Otros, como El País, son ahora una sombra de lo que fueron y es presumible que estén en los prolegómenos de la irrelevancia. Tres o cuatro grandes grupos –con abundante capital extranjero- controlan lo que queda de la prensa nacional, mientras en las autonomías sobreviven quienes saben rendir pleitesía a la voz del poder. Respecto a TV, desde la desaparición de la cadena 24 hs. de Canal Plus –cuya señal vendría a ocupar “El gran Hermano”-, también se han precipitado los acontecimientos.  A  las múltiples televisiones autonómicas, con pretensión de proteger peculiaridades culturales,  casi sólo les es asignable como aportación cultural haber servido de escaparate –obsceno, con frecuencia- al doctrinarismo desinhibido de algunos dirigentes políticos.

En esta resignación estábamos cuando, por “el bien de la televisión pública”, nos cambiaron el organigrama de TVE y, a continuación, lo que de ésta había alcanzado prestigio y reconocimiento. Cunde ahora la sensación de que nada se mueve en la órbita de la información independiente y que todo estuviera ya al servicio de lo qu les manden. Es como si sobrara el periodismo de investigación y los enviados especiales: que fuera suficiente con lo que transmitan las agencias -como si éstas no tuvieran dueño. Que no fueran rentables los entrevistadores/as que ponen nerviosos a los entrevistados por saber qué persiguen con sus preguntas: que es mejor atenerse a lo que cuenten los portavoces oficiales y reducirse a ejercer de amplificadores suyos. Nada inesperado, pues, si la propia secuencia de los noticiarios se está convirtiendo en una reproducción adaptada del antiguo El Caso: pronto no serán otra cosa que un selecto encadenamiento de “sucesos” desjerarquizados y descontextualizados. ¿Recuerdan el NO-DO? De este modo, vemos que, en muchos medios, ya casi no quedan periodistas como no sean de florero. En otros, ni eso: nos los han sustituido a toda prisa por agentes distractores que nos entretengan y emboben mientras pasan cosas que, hasta hace muy poco, ni nos atrevíamos a soñar. ¿Conocen en qué consiste el juego de los trileros? Hacia ahí vamos con los medios.

Sólo el lector avezado en las también viejas costumbres de la lectura oblicua que imponía la Ley Fraga, era capaz de ver algo de luz entre tanta trampa. Era  indispensable saber leer entre líneas para alcanzar a descubrir alguna información relevante entre la hojarasca que había que saltarse y la serie de inconvenientes que la censura disponía como obstáculos.  Pocos tenían esta capacidad desarrollada y la inmensa mayoría de los mortales sólo podía hacer caso –si quería aclararse un poco-, a “radio macuto” o a su propia avidez de captación de mensajes que –si había tenido que emigrar o debía viajar mucho laboralmente- tal vez  le proporcionaran las propias cosas o los distantes contrastes que suelen mediar entre dichos y hechos. Tal es el motivo por el que, como entonces, pronto nos vayan a decir que viajemos menos y veamos más la prensa o la tele, no sea que sepamos de qué va lo que nos pasa.

La que acontece a los medios ilumina lo que sucede en Educación. Es coherente que el ministro actualmente menos valorado por los ciudadanos (según el último barómetro CIS, del seis de agosto, ninguno supera el cuatro: su calificación se queda en 2,5) trate de aumentar –con el incondicional apoyo de reconocidos/as consejeros/as autonómicas- el “fracaso escolar”: si tanto nos había costado que alcanzara tan sólo a un 32% -o que se redujera cinco puntos en estos últimos años tan fatídica estadística-, las medidas que en estos meses últimos se están tomando la incrementarán sustantivamente. Es seguro que, con menos medios y más problemas indebidamente atendidos, la eficiencia del sistema –mírese como se mire- se resienta más. Quienes llevan muchos años en la enseñanza lo han constatado. Los institutos públicos de los años ochenta, comparativamente con otros colegios privados de su área de influencia, les superaban a menudo en resultados académicos. Ha bastado, desde finales de los noventa, con aumentar los problemas que debían atender y disminuir sus recursos, para que en muchos casos se invirtiera la tendencia. Ya sé que esta aseveración encierra muchas otras consideraciones, algunas incluso propicias al debate disconforme, pero lo único que quiero subrayar es que ya tenemos una desgraciada experiencia sobre mucho de lo que va  a suceder. Por más que nuestras desaprensivas autoridades insistan en que no pasará nada especial, lo ya cierto es que están desvirtuando de tal modo el aprecio y el valor de lo que implican los procesos de enseñanza-aprendizaje que, de modo consciente –lo que sería grave- o de modo inconsciente –lo que sería gravísimo- están contribuyendo a aumentar el número de analfabetos. A cuenta de los recortes educativos y de que quienes más los están sufriendo  -los más necesitados de medios para entender la realidad: leer y escribir es eso en definitiva-, están logrando de manera autoritariamente activa –por decreto, orden y circular ejecutiva, y sin rozar el parlamento como no sea para darle al automático molinillo absolutista- ejercitar sus obsesiones acerca de la igualdad-desigualdad. Si se ocuparan de que desapareciera o se redujera la desigualdad –también en el terreno  del conocimiento-, actuarían de modo muy distinto, coherente con un concepto de calidad democrática en que escuela y medios informativos compartieran garantías de accesibilidad y libertad interna valiosas para todos. Si reducen tales condiciones -esenciales en ambos mundos-, el concepto de sociedad que les sirve de referencia es el de unos pocos rigiendo y determinando la vida de la mayoría. Como si ansiaran que no se enteraran de nada y que así fueran más dóciles: cuanto más ignorantes sean –con menos escuela y menos información de calidad-, mejores consumidores serán.

Nos dicen que todo se está haciendo en nombre de la “libertad de mercado”, como si éste fuese un ser abstracto y aquella, un bien de fácil acceso a todos. Nada nos impide personalizar el mercado como los intereses de los más ricos si queremos entender mejor el juego del intervencionismo a que un conjunto de personas locales, obedientes al mando de esos poderes coaligados, limitan a los ciudadanos españoles los medios indispensables para ejercer su libertad. Lo entendemos mejor si lo referimos a cuanto está sucediendo con nuestros ahorros, los bancos, la deuda y la prima de riesgo..., pero, en realidad, están atrapando por medio la libertad de conocimiento, libertad de información, libertad de educación,  de creencia, de expresión, de elección.... Esas cosas, las más bellas de la última Constitución, son las que están en juego cuando, en nuestra televisión –las televisiones públicas- y en nuestras escuelas –las públicas en sus distintos niveles- se coartan caprichosamente los medios indispensables para que cumplan con dignidad su función democratizadora. No nos digan -como pretendió nuestro actual presidente respecto a graves problemas económicos- que somos “soberanos” ni, menos, que más adelante vamos a serlo más con la serie de medidas que no cesan. Dígannos -en coherencia con lo que están haciendo-  que están siendo el voluntarioso brazo ejecutor de quienes quieren que estemos “intervenidos” o mutilados en nuestras libertades democráticas básicas. Joan Garcés hace tiempo que estudió bajo esta perspectiva de la vigilancia exterior como algo estructural, el desarrollo de nuestros asuntos político-económicos: su libro, Soberanos e intervenidos (Siglo XXI), va camino de la cuarta edición. En lo que atañe a la información –la primordial del sistema educativo y la coyuntural de los medios-, tampoco estamos ante un mero “suceso” transicional.

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