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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

¿Sabe usted cuánto cuesta una plaza escolar? ¿Es más barata si es privada?

Manuel Menor Currás
14-Junio-2014

En tiempos de mudanzas múltiples, no necesariamente alumbra un tiempo nuevo. Y es una pena: por el tiempo perdido y las medias verdades que no dejan paso a la verdad.

Decía San Ignacio de Loyola a sus seguidores que en tiempos de tribulación mejor no hacer mudanza, refiriéndose primordialmente a la actitud moral que era preciso mantener cuando arreciasen las dificultades que pudieran dar al traste con sus proyectos vitales. El autor de El Gatopardo, por su parte, era más bien partidario del cambio omnímodo, sustancialmente para permanecer en lo mismo sin que se modificara el control estructural del poder. Este “lampedusismo” o “gatopardismo” y aquel aquietamiento ante posibles modificaciones profundas podrían servir de metáfora para muchas de las posturas, maneras y ambiciones que estamos viviendo en un momento no tan “histórico” como se pretende.

Como en el sistema educativo viene a reflejarse casi todo –incluida nuestra poca soberanía–, la fe única en el poderoso recetario que nuestros políticos han de administrar como propio está haciendo que su evangelio venga constantemente teñido de razones contrarias al bienestar social. Ya se hable de profesores, becas, plazas universitarias, etapas educativas escolares, formación profesional o bachillerato y, por supuesto, de educación infantil, permanentemente se les tuerce el acento de sus decisiones hacia la razón principal de su gestión: cómo hacer ver a los ciudadanos que –al igual que hacen otros políticos en Sanidad, en Justicia o meramente en Interior– que todos estos bienes son muy caros y que son cada vez más difíciles de sostener como asunto público de todos; que mejor es el copago de todos estos servicios y, mejor todavía, su privatización absoluta, de modo que cada palo aguante su vela y cada cual se pague lo que pueda según sus presuntos merecimientos y esfuerzo. De todas las fórmulas de convicción con que han jugado para que lo aceptemos con agrado –e, incluso, con la más ferviente admiración por estarnos sacando, como verdaderos héroes, de un atolladero imposible–,  ya nos tenían advertidos desde hace mucho los clásicos de la sociología e historia social. Nunca como ahora, además, ha estado tan a mano en las librerías, y en muchas webs, otra gran variedad de títulos bien intencionados, críticos en cuanto a hacernos pensar sobre el lenguaje manipulador con que nos cuelan lo que quieren para que usemos nuestra libertad en el sentido que más cumple a sus deseos: “¡Qué gran verdad es la propaganda!, decía El Roto en 2003 (El libro de los desórdenes, p. 47).

Un magnífico ejemplo de manipulación de las cuestiones educativas –trasunto de muchas otras– nos lo ha dado a conocer hace dos días un recién creado Observatorio por la Educación Pública (OxEP), con un estudio en que se analiza El coste de la plaza escolar en la pública y en la concertada. Después de deducir el conjunto de aspectos que se ponen en el debe de la educación pública –y no en la cuenta de la privada-concertada–, tales como la inspección, la atención a alumnos del mundo rural y poblaciones de menos de 10.000 habitantes, los diferenciales de ratios de alumno-profesor y profesores por aula, como asimismo los casos de especial dificultad, la diferencia de coste entre un puesto escolar en la concertada-privada (4.184 €) o en la red pública (4.185 €”), es tan sólo de un euro. La pública no derrocha dinero: nunca –como han propalado ampliamente los medios hasta convertir este asunto en tópico– ha sido doblemente costosa y, además, si se tienen en cuenta los costes adicionales que la privada genera a las familias, el diferencial a favor del menor coste de la escuela pública asciende muy significativamente (Ver: http://www.oxep.org). Es recomendable leer este informe para desmentir el interesado bulo y, si sus autores lo perfeccionan, descubrirán otros elementos no tomados en consideración que aumentan todavía más las diferencias realmente existentes, expresivas de un mayor coste de la enseñanza privada-concertada. Sin entrar en otras consideraciones, la constancia de una explícita manipulación y ocultación de estos datos cuantitativos –que debieran desmontar una baratura demasiado cara, por los estropicios colaterales que genera– es un indicador muy fiable para entender “la calidad” que nos venden con su gestión nuestros responsables de políticas educativas: contraria a la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, empeñada en reducir costes en lo irrenunciable de su buena educación y mendaz en cuanto a la distribución del dinero público de todos. Adicionalmente, la lectura de este informe complementa bien el entendimiento de otros asuntos principales. Uno, que en las manos de los actuales gestores lo que rodea la educación es cada vez más un negocio privado y no una inversión de futuro compartido como país, lo que puede confirmarse con las conversaciones que llevan a cabo en este momento la UE y EEUU para un tratado de libre comercio entre ambos: la educación y la sanidad entran de lleno en el paquete de asuntos a negociar (Ver: http://www.eldiario.es/economia/DOCUMENTO-UE-EEUU-Tratado-Comercio_0_270523019.html). Un adelanto de este enfoque economicista lo ponen de manifiesto las desconfianzas que en todos los países de la OCDE ha suscitado la gestión interesada de las pruebas PISA por parte de PEARSON, la misma empresa matriz de Financial Times y The Economist (Ver: http://www.finanzas.com/xl-semanal/magazine/20140427/ocultainforme-pisa-7150.html). Y dos, que estos gestores nuestros son absolutamente incrédulos respecto a la capacidad del sistema educativo para superar diversidades de partida y establecer un mínimo de igualdad de oportunidades: pueden deducirlo, no sólo de las características selectivas tempranas que establece la LOMCE, sino también de las prácticas que, a través de los programas de mejora de centros, bilingüismo, TICS y dirección de centros ya se están implantando. Una circular del Gobierno de Cantabria –mencionada en otra columna anterior– señalaba claramente que “el mayor esfuerzo de los centros hacia los alumnos que han fracasado” ha de centrarse en “conseguir que transiten por las etapas obligatorias de la educación por su camino natural” (sic) (Circular del 8/05/2014: Consejería de educación, nº registro : 08077).

Hace 50 años de los “25 años de paz” de entonces,  y casi sesenta han pasado desde que Luchino Visconti adaptó al cine la novela que Giuseppe Tomasi di Lampedusa había escrito a finales de 1954. La cuestión principal, en todo este tiempo, sigue siendo esencialmente la misma: aunque todo tenga que cambiar, que no cambie demasiado y que quienes tengan el control de los cambios posibles en las alturas del poder se intercambien del mejor modo, a ser posible sin que quienes lo sufren y padecen no se enteren mucho. Lo que acabo de referirles que sucede con las políticas educativas en marcha ha tenido su reflejo cuando estos días se ha hablado tanto de fidelidad a la Constitución y a la democracia, de sucesiones coronadas o de deseables perspectivas republicanas. Ocupando casi todo el espectro electromagnético, casi siempre se habla a medias y, en la expectativa de que todo siga parecido. Se aceptan todas las creencias, con tal que se pueda seguir sosteniendo inmutable una misma fe; se sostienen incluso equilibrios extraños, ambidiestros, sin inmutarse demasiado y siempre con una misma expectativa de un futuro en que todo podrá cambiar con tal que se mantenga la normalidad, es decir, ese paisaje en que –se piensa– cuanto está sucediendo es normal, de sentido común y hasta de voluntad divina.

La “buena educación” recibida se vuelve a repetir así en la sana pedagogía oficial. Estos días, aunque muchos conceptos de los concernidos por las circunstancias hayan sido difíciles de explicar, no han faltado los empeños en “hacer pedagogía” o –en plan bienaventuranzas– enseñar al que no sabe, especialmente a quienes se fían más de su memoria histórica que de lo que otros se empeñan en contarles por todos los medios y en todos los tonos. Nos quieren creyentes y con miedo. A pesar de que, desde que votamos el 14 de diciembre de 1966 ya hemos visto y oído de casi todo: promesas, honras y deshonras, vilipendios, intransigencias ignorantes, incumplimientos y corrupciones –como adivinó a tiempo Jesús Torbado en una de sus primeras novelas–, estupideces, exhibicionismos horteras y, sobre todo, esas medias verdades que nos ponen en el brete de la incredulidad y la desafección lógicas y nos hacen “malos alumnos”.

El estreno de “la Roja” en el Mundial, sin embargo, favorece que haya más tiempo disponible para reflexionar –y menos para flexionarnos ante lo que nos quieran contar–, porque ya hay demasiados ciudadanos que no tragan que parezca inteligente no hacer mudanza porque no toca, o que no comulgan con que la mendacidad y la doblez estén tan bendecidas por la razón de Estado o la relajada moral de una buena restricción mental bien repetida. De las múltiples especies celtibéricas de expertos en que nada varíe en el transcurso de nuestras crisis actuales –y tan sobrados con lo bien que llevan el cronograma de su tratamiento–, tal vez pudiera liberarnos Baruch Spinoza, quien aseguraba que “si los hombres fuesen capaces de dirigir siempre su conducta por un deseo moderado y la fortuna se les apareciese siempre favorable, su alma estaría libre de la superstición. Pero como a menudo se ven en tan miserable estado que no pueden tomar ninguna resolución racional; como flotan casi siempre entre la esperanza y el miedo, por bienes inciertos que no saben desear con medida, su espíritu se abre a la credulidad más extrema; vacila en la incertidumbre; el menor impulso le mueve en mil diversos sentidos, y las agitaciones del temor y de la esperanza se añaden a su inconsistencia. Observadle si no en circunstancias cambiadas: lo encontraréis confiado en el porvenir, lleno de jactancia y de orgullo” (Tractatus theolologico-politicus, Voorburg-La Haya, 1670).

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