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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

LAS DEMANDAS DE REFORMA DEMOCRÁTICA DE LA ENSEÑANZA CUMPLIRÁN MUY PRONTO 40 AÑOS

Manuel Menor Currás
12-Abril-2014

En estas minivacaciones –a pesar del gran cansancio–, no conviene olvidar lo logrado desde que los Colegios de Doctores y Licenciados acogieron las demandas de reforma democrática de la enseñanza de sus asociados.

Semana Santa es buen tiempo para el descanso creativo: para no perder la memoria del tiempo vivido, qué haya cambiado y qué no, o qué hayamos tenido que ver en ello. En 1970, Salvador Espriu publicaba un conjunto de poemas con ese título metafórico de fondo. Muy bien acogido por la crítica, enseguida tendría edición bilingüe, en Ediciones Península, el paisaje de dolor y carencias que pintaba: “Treinta dineros, en Sepharad,/ son una fuerte cantidad./ Te vendo por ellos, y hasta por nada,/ no sólo este desnudo preso,/ sino nuestra dignidad,/ el cielo, los campos, los manantiales, el trigo,/ todo el país, de mar a mar,/ lenguas, costumbres, pasado, futuro,/ el pensamiento, la ley, el fuero./ Es un buen precio,/ no te cuesta caro./ Sólo pretendo ir royendo,/ seguro, tranquilo, un mendrugo de pan,/ al sol, ras-ras, un hueso de perro./ Haz y deshaz como si yo no estuviera./ Quiero esta brizna de un corto presente/ de viejo. Después que sople el viento./ Muerto yo, y en cruz el condenado,/ con fuerte mano sujeta el rebaño./ Aparentemente toro o león,/ jamás le tengas ningún temor: largos años de nieve han aplastado/ al pueblo mío de Sepharad./”. De ese mismo año era la Ley General de Educación (de Villar Palasí).

Después de estos dos largos años últimos de huelgas, manifestaciones, denuncias ante el Tribunal Constitucional y marchas de todo tipo, el recuento de logros contables a favor de una mejor educación para todos –y en contra de la pretendida por Wert– es aparentemente pequeño. La memoria es corta –cuarenta años no son nada–, Espriu parece estarnos contando todavía qué nos está sucediendo y lo inmediato es que la LOMCE sigue su curso. Nada permite adivinar que, cuando llegue septiembre, no empiece su andadura práctica en colegios y escuelas. Salvo que el Tribunal Constitucional, habitualmente parsimonioso, pusiera pegas y diera razón definitiva a las demandas que ha admitido a trámite. Es dado observar, en cambio, cómo muchos actores de este drama toman posiciones de futuro. Entre muchos profesores, se puede ver que han bajado su voz en los centros, no sea que sus desafectos sean tomados en cuenta por neodirectores revestidos de poderes que pueden dañar su posición relacional. Para grupos de padres, el cansancio se torna practicismo: la escuela mejor, de calidad más convincente y mejor dotada, va para largo, mientras el curso avanza inexorable. Entre los partidos discrepantes, el silencio es clamoroso estos días: estamos en vísperas electorales y no es momento de dar la nota. Y a los sindicatos, acabamos de ver cómo la sequía les produce añoranzas de “pacto social” o reverdecimiento doctrinal que los preserve de una inexorable irrelevancia.

El desconcierto del “mal menor” como doctrina nos puede llevar a desistir de seguir peleando, no sea que volvamos a perder. Y, sin embargo, ahí está la historia: estos días de descanso permiten releer la hemeroteca de nuestras vidas. El cansancio no debiera impedir una mirada a lo logrado en estos cuarenta años, desde que la LGE (en 1970) puso en evidencia las inmensas limitaciones que tenía nuestro sistema escolar. Sugiero leer de nuevo un libro coyuntural de entonces: Por una reforma democrática de la enseñanza (Valencia, Avance, 1975). Lo recopilado ahí por el denominado “Seminario de Pedagogía” de la ciudad levantina es apto para no cansarse en la pelea actual por una enseñanza de calidad para todos, esa pugna que viene de lejos y nos atañe. Aparte de documentos relevantes de aquel momento, como el titulado “La escuela no ha muerto”, ahí puede leerse –como si fuera ahora mismo– que “la insatisfacción del fracaso escolar y las deficiencias generales de nuestra enseñanza…, la necesidad de un cambio democrático en todos los ámbitos, nos ha llevado a la concreción de una alternativa democrática para la enseñanza en una sociedad democrática”.

Desde algunos años antes, grupos de docentes empeñados en comprender y participar en los cambios que atravesaba la sociedad española discutían sobre los problemas educativos como forma de contribuir, desde la enseñanza, a una España mejor donde todos tuviéramos cabida. El 27 y 28 de junio de 1974 –pronto hará 40 años–, en el Colegio Oficial de Doctores y Licenciados de Madrid, tuvo lugar una reunión de representantes de 15 Colegios de Distrito Universitarios. La presidían, además de Martín Santos (Presidente nacional) y Juan Cobo (Granada), Eloy Terrón (Madrid) y Luis Gómez Llorente (Vicedecano del de Madrid). Durante tres sesiones plenarias, dedicadas respectivamente a los tres amplios colectivos de la enseñanza pública y privada, se deliberó extensamente sobre los problemas que tenía la profesión docente, en general, y los específicos de los PNNs de Instituto, los de las Filiales de éstos y los más propios de la enseñanza privada: una extensa mirada sobre el sistema educativo de entonces. En el documento resultante –anticipo de la “Alternativa para la enseñanza” que, con su correspondiente “plataforma reivindicativa”, vería la luz oficialmente el 2 de febrero de 1976, en el Boletín del Ilustre Colegio Oficial de Doctores y Licenciados, de Madrid, se revisaban los problemas generales de la enseñanza y, en particular,  los de los docentes, la escolarización, gratuidad y selectividad existentes en los distintos niveles, la enseñanza de la EGB, la formación profesional, el bachillerato de entonces con su COU, las reivindicaciones profesionales y los derechos democráticos fundamentales. En ese mismo año y en el siguiente –como recuerda Rafael Feito (Los retos de la participación escolar, Morata, 2011, pgs. 36-37)–, surgirían documentos similares en otras instancias sociales.

Nada de aquello fue en vano, pese a que el cansancio nos quiera nublar la memoria. Muchas de las cuestiones de hace 40 años se han solucionado, y muy bien, en un tiempo relativamente corto. No ha habido, sin embargo, continuados esfuerzos ni recursos suficientes para persistir en el logro de un sistema educativo digno para todos. Tampoco hemos sido capaces de convencer a muchos agentes sociales de que el de la educación es un sector estratégico en que lo más saludable sería suscitar acuerdos –no imposiciones de parte– favorables al máximo entendimiento. Lograda la ampliación del sistema a toda la población escolar, los padres, alumnos y profesores son los primeros conocedores de las carencias y asimetrías de que adolece y que, en estos dos últimos años de recortes, han aumentado. Repasar, pues, la historia reciente de nuestro sistema educativo ayudará a no caer en la enervante fatiga y a no perder de vista que nadie regala nada. Antes de la Pascua florida –y que  la vida escolar vuelva en todos los centros a la ritualidad cotidiana– estos dos breves enlaces pueden ayudarnos a ver qué falta para una versión más sólida del sistema educativo democrático ensoñado en los años setenta: (http://www.revistaeducacion.mec.es/re341/re341_24.pdf), (http://elpais.com/diario/1976/08/11/sociedad/208562405_850215.html). Leer más allá del móvil sigue siendo primordial en esta tarea: agrega interés al descabellado afán twitero y nos carga de razones para que no nos “aplasten largos años de nieve”. Si no tienen a mano al profético Espriu –tan apropiado para estos días–, traten de hacerse, por ejemplo, con Diario del año de la peste (Daniel Defoe, 1722). Su título y  primeras frases ya son sugerentes: “Fue a comienzos de 1664 cuando, mezclado entre los demás vecinos, escuché durante una charla habitual que la peste había vuelto… No se dio gran importancia a la procedencia, mas todos coincidieron en que había vuelto…”. Servatis servandis, parece una crónica realista de los acontecimientos de hogaño.

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