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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Demasiado ruido que nos deja perplejos: ¿Nos están educando para una longa noite de pedra?

Manuel Menor Currás
29-Marzo-2014

La concordancia de la LOMCE con muchos acontecimientos vividos entre el 22 y 26 de marzo, induce a pensar que la Transición no ha existido.

La muerte de Suárez, el día 23, nos trajo a la memoria lo mejor de aquellos largos, tediosos e inciertos días. Aunque los verbos satisfactorios y  los sustantivos mitificadores nos han hecho dudar de si han existido: sus detractores de antaño, enemigos declarados y conspiradores de cámara, se aunaron en la aparatosa honra póstuma de la adulación falsa. El Roto, tan certero otras veces, se mostraba dubitativo en su ilustrada crónica del día 26: “Yo no sé si lo nuestro con los muertos es admiración o necrofilia”.

Las Marchas de la Dignidad del día 22 –silenciadas mediáticamente con la muerte del Duque- nos habían hecho elucubrar sobre cuánto hayamos avanzado o retrocedido desde que el de Cebreros iniciara su mandato presidencial. Si los cambios históricos, como el movimiento, pueden medirse por la relación entre un término de partida –1976, en este caso–, y uno de llegada –2014–, no puede decirse que en asuntos como los que motivaban las marchas y manifestaciones de ese sábado, hayan cambiado mucho nuestras condiciones de vida. Hay, incluso, aspectos relacionales, constitucionalmente significativos, en que ni con las imparables modas y transformaciones habidas, puede decirse que no nos hayamos movido hacia atrás. Aquel consenso de entonces tan acríticamente alabado estos días, no se ve ahora por ningún lado y, como sucede con el tiempo atmosférico, también con lo evenemencial ocurre que, más que los grados centígrados, lo que cuenta es la sensación de tiempo. En este caso, pues, lo relevante es el sentimiento de desconfianza creciente que la gente tiene acerca de las instituciones y personalidades políticas. El CIS es testigo de que, por mucho que nos digan que los grandes números empiezan a ir bien, se ha asentado la sensación de que nada funciona o funciona mal, y que esa es la causa primordial de lo que les está pasando. De modo que lo que la gente vive poco tiene que ver con lo que le están contando: igual que antes de la tan mentada Transición.

La violencia gratuita –especialmente la acaecida cuando casi había terminado la manifestación madrileña de ese día 22– está sirviendo de apasionada cortina de humo, apta para que todo bien pensante crea que no pasa nada; que los problemas que indignan a la mayoría de la gente –la que sólo vive de su pauperizable trabajo–, o no existen o son un invento “interesado” de grupos “ideologizados”. El final atropellado y triste del pasado sábado en Recoletos-Colón –al margen de quien haya sido su “autor intelectual”– sólo tiene unos beneficiarios claros: los que viven mejor en la oscuridad trapacera del chanchullo, con un “orden” sin libertad de expresión transparente. Y una derivación colateral importante: los jóvenes actuales ya no necesitan que les contemos cómo era esto antes del 76: cómo fue, por ejemplo, el Proceso 1001, todavía en diciembre del 73. En las calles y en la Universidad, sobre todo, pueden ver por sí mismos qué pasa entre el poder y la gente cuando ésta pretende decir que no le gusta lo que ve o tiene que soportar por la violencia estructural de una economía incontrolada. Tan poco hemos cambiado en el protocolo público de estos asuntos que, de hacer caso al presagio de Forges –también el día 26–, “a este paso la única oferta de empleo para jóvenes va a ser la de agentes de antidisturbios”.

La prensa de ese mismo día recogía, sin embargo, unas declaraciones de Gomendio reclamando, frente a las carencias de nuestros alumnos, competencias absolutas sobre nuestro pasado: “Historia de España dejará de ser conflictiva porque la definirá el Estado”. Como si no hubiera cambiado nada desde que estos saberes  entraron en los planes de estudio decimonónicos –al ritmo pautado por la Real Academia de Historia (RAH)–, reclamó para el Ministerio su competencia para fijar “al cien por cien” qué historia estudiar, e ir así hacia “un contenido homogéneo para todos los estudiantes”. Según la secretaria de Estado –nada original en este afán recentralizador, al repetir consignas que Aguirre hizo circular en sus años ministeriales– esta asignatura se había vuelto “muy localista” (Ver: http://www.publico.es/actualidad/510350/gomendio-historia-de-espana-dejara-de-ser-conflictiva-porque-la-definira-el-estado). De estar muy avanzados en 2014, no se entendería la desconfianza que reiteran estos planes respecto a los profesores: no sea que se desmarquen demasiado del viejo tradicionalismo decimonónico y se empeñen en explicaciones documentables de los hechos o en desmitificar los más “memorables”. Por este camino, los libros de texto que tuvimos que memorizar en los años cincuenta y sesenta  –incluidos los obligatorios “Libro de España”, “Historia Sagrada” e “Historia del Imperio español”– volverán a revivir en nuestras escuelas, como si estuvieran “exentos de ideología” y ayudaran a entender mejor  qué está pasando.

También la música nos ha devuelto al pasado estos días. Lo que más sonó en las Marchas del día 22 fueron canciones previas a la Transición. Quienes esperaban en la Plaza de Colón la cabecera de los manifestantes, entre las siete y las ocho y media de la tarde pudieron escuchar cómo la Solfónica interpretaba piezas de aquel repertorio. Y revivieron así experiencias de las manifestaciones, huelgas y movidas de tan difíciles años; como cuando Cruz Martínez Esteruelas cerró la Universidad de Valladolid –para ejemplo de estudiantes protestones y satisfacción de un rector humillado por una “huevada”, José Ramón del Sol–, en el curso 1974-75. La capacidad asociativa de la música tiene la virtualidad de conectar presente y pasado. Esa tarde desabrida del pasado 22, sonó varias veces el Canto a la libertad que había escrito José Antonio Labordeta en 1975, cuando tan sólo era poeta y profesor de Historia en un instituto de enseñanzas medias (los IES actuales): “Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos…”. Pocos signos hay tan sensibles a lo que cambia, continúa o regresa como el paisaje sonoro que acompaña nuestras vidas: oyendo tan reiteradamente al cantautor aragonés –cuando las generaciones jóvenes no pueden ilusionarse con proyectos de futuro–, no pude sino recordar a Celso Emilio Ferreiro, cuando escribía: “E pois que cada tempo ten o seu tempo, iste é o tempo de chorar” (Longa noite de pedra, 1962).

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