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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Susto o muerte

Luis Jiménez
6-Agosto-2012

Cuando un adulto le dice a un niño “Que susto me has dado”, en ocasiones la respuesta es “Pues haber elegido muerte”. Es un sencillo juego infantil que todos habremos jugado alguna vez. Parece que ahora es el Gobierno el que juega a ello con los ciudadanos, lo que ocurre es que sus medidas son algo más que sustos –desde luego no son sustos agradables– y la respuesta no está relacionada con la muerte, sino que es más probable que nos encontremos con un “que se jodan”.

Los ciudadanos están en este momento en un estado de las cosas tal que, cuando logran sobreponerse a duras penas del último susto recibido, llega el siguiente. Es una cascada de sobresaltos que parecen no tener fin y que, o cesa de forma inmediata, o llegará a poner al borde la muerte, social e incluso definitiva, a muchas personas.

Social porque ya son demasiadas familias las que están en el borde del precipicio o están cayendo por el mismo desde hace tiempo. No tienen presente, o lo tienen muy negro, y, lo que es peor, no tienen futuro. Están abocadas a mal vivir, al menos durante muchos años, antes de conseguir regresar a una senda tranquila, en donde sus necesidades básicas estén cubiertas y nadie llame a su puerta reclamando deudas impagadas. Sus entornos familiares hace tiempo que no pueden dar más de lo que ya dan, también su presente se ha vuelto gris o negro, y tampoco pueden hacer nada para cambiarlo.

Definitiva porque es probable que cada vez encontremos más personas que se rindan, que sin futuro a la vista, o con uno nefasto en el horizonte, decidan no tener presente. Serán estadísticas de una sociedad hipócrita e insensible que no recordará sus nombres ni cinco segundos después de haberlos leído en los pequeños titulares –de páginas sin importancia– de algún medio de comunicación. Quizás, con un poco de “suerte”, se les mencione en algún telediario y alguien diga: “qué pena”.

Así están las cosas. Los ciudadanos eligen entre “susto o muerte”, con la esperanza de poder superar el susto y que la “muerte” les toque a otros, desconocidos y lejanos si es posible, pero si no es así, al menos que no les toque a ellos. Vivimos en una sociedad que ha interiorizado el “ese no es mi problema”, así como el “yo no quiero líos”. Un país sin sensibilidad que, eso sí, las organizaciones sociales y muchas personas a título individual se han empeñado en despertar. ¡Ojala lo consigamos!

Mientras, el Gobierno se afana en darnos otro susto, que muchos asumirán porque no les afectará directamente –o al menos eso creen–. Un Gobierno insensible, digno representante de una sociedad de igual pelaje, está pensando en no renovar las ayudas de –átense los machos, no se caigan de espalda por la barbaridad de la cantidad– 400 euros mensuales. Argumenta, para justificar su profunda meditación, que es difícil sacar ese dinero de algún sitio; mientras que lo encuentra con facilidad para los bancos y otras amistades peligrosas para los ciudadanos. Y el debate que se lanza de forma intencionada es si podemos o no tener otras partidas que eliminar antes de tocar ésta. ¿Pero qué clase de país tenemos que no salta en masa para eliminar a un Gobierno de semejante catadura? ¿Cómo es posible que alguien pueda pensar, ni siquiera en algún mal sueño, que tiene derecho a decidir sobre condenar al hambre a otras personas? ¿Qué debemos hacer las personas que lo tenemos muy claro para despertar las conciencias dormidas o muertas de nuestros conciudadanos?

Si las ayudas de 400 euros no se mantienen, deberemos salir a las calles más aún y marchar hacia un Congreso de los Diputados que no puede seguir existiendo con los inquilinos actuales, no se merecen estar allí. Es más, aunque a alguien le pudiera parecer a priori una idea descabellada, las ayudas deben ampliarse hasta al menos el salario mínimo interprofesional y extenderse a todos los parados que no cobren prestación por desempleo, y completar las que sean inferiores. ¿Les parece mucho? Hagan cálculos, podríamos darles a todos los parados sin prestación dicha cantidad y nos gastaríamos, cifra mágica, unos 30.000 millones de euros. ¿Tenemos esa cantidad para Bankia y no la tenemos para evitar el hambre de nuestros familiares, amigos y vecinos? Qué barbaridad. Como dijo el genial Groucho Marx: “Paren el mundo que me bajo”.

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