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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

LOS MERCADERES DE LO AJENO. La ocurrencia de la “Marca España”

Antonio Ruiz Heredia
5-Febrero-2014

Hoy me ha parado un hombre en plena calle. Joven, de unos treinta y tantos o cuarenta. Pedía le comprase un poema por treinta céntimos…para poder, al menos, adquirir  un plátano, decía.

Estas cosas duelen hasta el infinito, sobre todo  cuando uno es consciente y sabedor de que determinados “políticos”, aquellos a los que entre todos sufragamos el sueldo, el coche oficial, las dietas y hasta la muy ventajosa jubilación, no solo no tienen los mismos problemas que el resto de los mortales, sino que se mofan abiertamente de todos nosotros –aquellos que si los tenemos– haciendo gala de ello mediante una actitud chulesca, con la complicidad del resto de sus colegas y hasta de la judicatura en más casos de los que seria prudente..

Mientras tanto, las gentes nos conformamos con ir en rebaño por las calles jaleando a algún equipo de balón-pié perteneciente a una empresa (generalmente una SL) a la que literalmente le importa un carajo lo que les pase o deje de pasar a estos aficionados –a no ser en lo referente a sacarles los cuartos–  que por otra parte son capaces de quedarse sin comer a cambio de adquirir una “camiseta oficial” o una entrada para poder ir a gritar y así desahogarse contemplando a sus “ídolos”.

Al pueblo por tanto, como vemos: pan y circo.

Se mofan de nosotros ejerciendo un abuso de autoridad y de poder sin pudor y sin límites, con la escusa de que en una ocasión –algo lejana ya–  fueron “elegidos” en las urnas; por cierto mediante un sistema electoral  bien elaborado y muy ventajoso para los grandes partidos y los de los nacionalistas, que consigue que el voto de unos ciudadanos llegue a valer hasta seis veces menos que el de otros, asemejándonos de esta manera al “deporte rey”, donde existe gente de primera categoría, de segunda y de tercera regional.

Estos “políticos”, muchos de los cuales no han trabajado en su vida ni en la administración ni en la empresa privada y que provienen en su mayoría de las “juventudes” de tal o cual partido,  se compinchan unos con otros para urdir, diseñar, presentar y aprobar, aprovechando el rodillo de las mayorías, leyes de todo tipo que curiosamente siempre les acaban favoreciendo tanto a ellos mismos como  a  sus amigos y parientes, privatizando (ellos lo  denominan eufemísticamente “externalizando”) servicios otrora públicos (de todos y para todos y pagados entre todos/as, con dinero igualmente público) de modo que una vez finalizada su “labor” o responsabilidad política, tanto si se van como si se les echa, siempre acaban en consejos de administración de empresas adjudicatarias a las que ellos mismos cedieron servicios durante su anterior etapa de presidentes de gobierno, ministros, diputados o senadores.

Final feliz…para ellos.

A la gente, la pobre gente –entre la que tengo el orgullo de incluirme–  solamente nos queda el “recurso del pataleo”, que consiste en el desahogo más básico a base de llamar la atención de estos tipos manifestándonos en la calle, gritándoles en su propia cara o en la puerta de su domicilio, para advertirles que no estamos de acuerdo con esa política neoliberal que consiente y fomenta subvenciones para los “déficits” de la banca privada con nuestro dinero;  ni tampoco con la privatización de todo lo público: de la sanidad, la enseñanza, los servicios y de lo que les pedimos explicaciones. Pero ellos reaccionan con “mano dura” creando nuevas leyes para coartar el derecho de expresión, el de manifestación… el del pataleo, en definitiva.

También cambian (alteran, bajo mi opinión, por la puerta de atrás) las leyes cuando la justicia les quita la razón y las sentencias les obligan a su cumplimiento, como ya ha sucedido en varias ocasiones, para así seguir en sus trece.

¡Mira por donde! esto debe de ser lo que han dado en denominar  “Marca España”, su marca, esa que graban a fuego sobre nuestros lomos como si de reses se tratase. ¡Qué ocurrencia! Así tal vez pretenden vender más y mejor el país, para sacar claro está mayores beneficios.

Solamente a un grupo de “mercaderes”,  cuadrilla de negociantes y especuladores que tanta amargura nos producen al resto de sufridores ciudadanos de a pie, se les podría ocurrir un concepto semejante, una denominación con la que traficar a base de nuestro prestigio e imagen. En estos turbulentos tiempos, en los que la ética parece haber desaparecido prácticamente del panorama social, donde la humanidad en su lenta agonía ha dejado paso a la más burda, vulgar y ordinaria contabilidad de todo lo que se menea, donde los sentimientos, el arte y la creación se mercantilizan hasta grados insospechados, los mercaderes han llegado a considerar el país como un descomunal solar donde aparcar sus limusinas y las de sus millonarios colegas procedentes de otros países; a los que venden, o mejor dicho saldan, parcelas enormes donde ubicar sus mansiones y centralizar sus mas que sospechosos negocios, destruyendo de paso hermosas costas, privatizando playas y montes públicos, transformando pueblitos de pescadores en urbanizaciones plenas de rascacielos copiados de modelos norteamericanos y árabes, donde sus habitantes, aquellos que precisamente serian quienes más derecho tienen a llamarse precisamente “España”, pasan a un segundo o tercer plano, ejerciendo de meros servidores asalariados, desprovistos de su propia tierra.

Pero no se trata de una cuestión ideológica como podríamos pensar desde una óptica no demasiado profunda, sino de algo puramente económico. Desde sus privilegiados puestos políticos, planifican, como digo, muy bien su futuro a base de colocar en puestos clave a familiares y amigos, hacer favores a empresarios y funcionarios de manera que aunque el pueblo termine por echarlos en unas elecciones más o menos lejanas, aunque pomposamente acaben afirmando que han pagado con el fin de su responsabilidad política, en definitiva siempre terminan marchándose “de rositas” ya que nadie paga penalmente por sus desatinos, desaciertos, barbaridades o abusos, que otros tendrán (tendremos) que resolver más tarde. Y mientras tanto, como ya he dicho anteriormente, inician tranquilamente y con el mayor descaro e impunidad su nueva vida como directores gerentes de la empresa “A”, consejeros de las empresas “B”, “C” y “D” o directamente propietarios o copropietarios de las “A”,”B”,”C” y “D” juntas, cuyas ganancias se marchan indefectiblemente a algún paraíso fiscal, sin tributar por tanto en nuestro país, ese del que tanto hablan y presumen defender desde sus  escaños.

Y si no les parece suficiente, pues crean una Fundación a su medida para defender sus intereses más que sospechosos.

Y no pasa nada. Mientras tanto, no pasa nada.

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