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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La LOMCE estrecha la dependencia entre “suerte” y Educación. ¿Qué pasa con “el esfuerzo” si se restringe la oportunidad para todos?

Manuel Menor Currás
18-Enero-2014

Montserrat Gomendio confunde el “intenso debate” sobre la reforma educativa con lo que ha sido un absoluto monólogo acompañado de continuas protestas. También tergiversa los recursos disponibles y la moral.

Gomendio está habituada a la investigación científica y como tal se acredita. Dará, pues, por sobreentendida la subjetividad de lo que afirmaba el pasado día 16 en El País: el conocimiento como avance científico suele ser siempre provisional pero razonado. Se sigue repitiendo a sí misma, como si nada le hubieran objetado en estos dos años de ejercicio político ni nadie hubiera hecho nunca investigación seria en asuntos educativos. No deja de ser meritorio, sin embargo, que, tras otra interpretación sesgada y aparente de los Informes PISA-OCDE –sus únicos referentes–, derive ahora hacia el utilitarismo moral, pragmático, de la LOMCE, que –según resalta– traería “respuestas flexibles y soluciones prácticas a los retos”. Tal vez el reto particular de Gomendio, no como científica, sino como Secretaria de Estado, sea convencer a quienes en el trámite de su LOMCE no convenció, incluidos muchos de la provisional mayoría absoluta que la votaron. Sucede, sin embargo, que los asuntos de Educación no se arreglan con moralina. Tampoco los de Ciencia.

Las “dicotomías inexistentes”. Si no existen, como dice, ¿por qué pretende armar su discurso en torno a “la suerte” o “el esfuerzo”? Nada en el sistema educativo, ni en la educación en general o en historias personales referidas a ella, es ajeno a una rara combinación de ambos factores. Cuanto más atrás se mire la historia española, más aleatoria ha sido la posibilidad de tener una educación ya no excelente, sino mínima: todavía muchas generaciones vivas no pudieron tener ninguna, especialmente las nacidas antes de 1960. Suerte ha sido –para mucha gente– haber nacido en el momento y enclave social oportuno, que hizo ecológicamente posible el ir a la escuela elemental y, si se terciaba, a “estudiar”. Nadie de cuantos han tenido esta suerte pudo elegir el haber nacido, o no, en una familia con los medios adecuados para que pudieran prescindir de su capacidad laboral de niño o adolescente y sufragar los costes de unos estudios más o menos caros, cerca o lejos de la casa familiar. Y suerte inmensa ha sido –para algunos estudiados– haber podido encontrar en el transcurso del aprendizaje escolar o académico posterior, algún maestro o profesor que les haya contagiado de la curiosidad de saber algo más que lo que en su medio se requería para sobrevivir. Suerte impagable habrá sido que hayan tenido al menos uno, porque habrá plantado la inquietud por descubrir a otros muchos. En fin, no menos fruto de la suerte es que quienes hayan podido demostrar inteligencia en el estudio, eso les haya garantizado trabajo o, menos todavía, que se hayan hecho ricos. Estas situaciones han dependido y dependen, sobre todo, de las relaciones familiares. Ahora, más que nunca, como muestran las encuestas de INJUVE y un reciente informe de FAD.

D. Emilio Lledó, admirable por tanta sabiduría adquirida en una rica trayectoria de escritor, investigador, profesor en secundaria y en prestigiosas universidades, cuenta siempre admirado la suerte que tuvo de que, cuando tenía nueve años, en plena penuria de la guerra su maestro –D. Francisco– le hubiera descubierto el secreto de la lectura. A él –suele decir– se lo debe todo, incluida la felicidad de existir y de haber podido descubrir el hondo saber de los primeros griegos que empezaron a poner por escrito las inquietudes del ser humano. Nadie se esforzará  en estudiar nada sin la oportunidad de descubrir el valor del saber, y sólo quienes no han tenido fuertes problemas –por tener quien les cubriera las espaldas–, se atreven a ignorar y  culpabilizar a quienes padecen ignorancia, por el coste que representan. En este momento de crisis, la tentación de cargarlo todo a cuenta del “esfuerzo” de la gente, crece. Es un comodín para “externalizar” responsabilidades: “–Oiga: espabile, no le vamos a dar nada; sólo dispondrá de lo que usted sea capaz de ahorrar y controlar previsoramente como pueda”.

Y volvemos al siglo XIX. Aunque no lo crea, la Sra. Gomendio repite lo que ya era habitual decir a las familias trabajadoras –las que más esfuerzo tenían que hacer para sobrevivir– en el siglo XIX. Para sacudirse las cargas de la pobreza e ignorancia existentes, les urgían a que ahorrasen: si no ahorraban les tildaban de vagos, que no se hacían cargo de su vida. En 1880, crearon incluso “Cajas escolares de ahorro infantil”, con el fin de que el esfuerzo que suponía el hábito del pequeño ahorro para un niño humilde, le condujera “por la senda de las virtudes sociales”. Por entonces, la Facultad de Derecho de la Universidad Central declaraba ante la Comisión de Reformas Sociales que sólo el orden y no las cuestiones económico-sociales eran competencia del Estado: “la Autoridad pública no está en situación de procurar medios de subsistencia a quienes los necesiten interviniendo directamente en la distribución de la riqueza colectiva, ni cambiando el sistema de propiedad, ni tasando los salarios, ni imponiéndose a la libre oferta de capitales” (C. R. S., Información escrita practicada en Madrid, publicada en 1890, T. II, pgs. 39-40). En este mismo año, Armando Palacio Valdés publicaba La Espuma. El protagonista, un aristócrata, incitaba a sus obreros a que ahorraran, porque sólo así podrían superar sus infinitos problemas. Eso defendía ante unas guapas amigas que habían ido con él de paseo al problemático poblado minero. Una de ellas, sorprendida por la elocuencia moralizante del anfitrión –claramente contradictoria con las ínfimas condiciones laborales que sostenía como patrón–, le replicó: “–Pero duque, ¿cómo quiere usted que ahorren con una o dos pesetas de jornal?”

¡Viva la retórica! Siempre ha sido más fácil predicar que dar trigo. Nuestros gobernantes nunca han escatimado decir de la educación que era fundamental para los ciudadanos y para el progreso del país. Siempre han repetido, además –la propia LOMCE lo hace–, que era crucial, para una buena educación de calidad, que estuviera en manos de profesores bien formados. La cuestión es entonces saber por qué, después de más de 150 años de florida retórica, no dejan de sermonear con el “esfuerzo” de los niños y la “vocación” de los profesores. En vez de manosear los informes PISA a conveniencia, podrían acordar cuáles son los verdaderos problemas y concertar en serio cómo solucionarlos. Prefieren la “dicotomía” partidista y nunca hablar de “inversión” en serio. Abocados al 3,9% del PIB –casi la mitad del promedio europeo y bastante menos que en 1989, cuando la gran expansión de la educación española–, ¿de qué “esfuerzo” habla Dña. Montserrat cuando de “mejorar” la calidad general del sistema se trata? Se conoce que la suerte de la LOMCE, además de fortuita y provisional, va a ser cuestión de meigas.

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