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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

¿FIN DE CURSO?

Manuel Menor Currás
1-Agosto-2012

Respecto al mes de junio, no creo haber tenido nunca una sensación más rara que la que estoy teniendo este año. Las circunstancias externas son genéricamente las mismas de tantos otros años en la enseñanza, prolongables hacia atrás como estudiante. Los exámenes y notas finales –ese conjunto que ahora llamamos evaluaciones–, eran como un rito de paso hacia un tiempo distinto, que ensoñábamos feliz. Nos adentraba de lleno en unas vacaciones que considerábamos eternamente largas –porque estaban empezando y teníamos menos años. El comienzo del siguiente curso se nos antojaba siempre lejanísimo y, mientras atravesábamos el solsticio de verano, creíamos que, cuando llegara, ya veríamos, porque sería algo nuevo e ilusionante.

Este 2012, sin embargo,  más bien parece que toda esa circunstancialidad del cronograma educativo sólo es un andamiaje externo, incapaz de generar las sensaciones de placer e ilusión de otrora. Este tiempo de vacaciones que está a punto de empezar repite los ingredientes externos de siempre, los más burocráticos, pero no deja olvidar otras preocupaciones, con lo que este tiempo distinto del estrictamente académico se nos antoja más aparente que real en lo que a la acidia y abulia veraniegas se refiere.. En el fondo –y más de una vez también en la superficie, como esas migrañas que van y vienen– nos van a estar barrenando esas cuestiones que han quedado sin resolver y, especialmente, muchas que nos dijeron irreversibles. Ni que “la Roja” gane la Eurocopa nos vamos a librar de ese alucinante mundo giróvago que nos ha caído en suerte.  Queramos o no –y sea cuál sea la posición que uno tenga respecto a los asuntos de la educación–, no habrá profesor que no se plantée en algún momento del verano con qué “novedades” se va a encontrar el próximo curso, especialmente si trabaja en la enseñanza pública. ¿Sabe alguien con qué cotilleos reformistas vamos a encontrarnos los primeros días de septiembre? ¿Qué urgencias nos van a entretener desde entonces hasta que el nuevo curso esté rodando de lleno? ¿Y después, cuál va a ser la especial gota malaya con que quieran disolver cuanto se había logrado?

Fueron los años de racionamiento no escogidos los que nos acostumbraron al sufrimiento y a la capacidad para sacarle algún provecho a la escasez. Las durezas disciplinarias de la escuela –mayores en esos itinerarios imprescindibles para los vástagos de familias humildes que eran los internados de diverso signo, pero siempre de estricta vigilancia católica– hacían más apetecible el final de este mes: por San Juan, aunque nos faltara de casi todo, el vislumbre de un tiempo menos rígido ya tenía premio. De algún modo,  contribuía a sostener la esperanza de que el mundo podría ser mejor del que teníamos. En algunos de estos centros, por ello, trataban de reducir las vacaciones al máximo: sólo en verano y con advertencias estrictas a padres y tutores varios del entorno del interno. Pero insisto: por diversos caminos y con variados pretextos, incluso en esos años tan difíciles fuimos encontrando espacios para la esperanza. Y esto es lo que no sucede este año. Hay mucha gente que ha peleado este curso lo indecible por que los logros que habíamos conseguido para la enseñanza pública –desde la Restauración democrática hasta hoy– se mantuvieran y ampliaran pese a la crisis económica. Pero en este momento de fin de curso, la esperanza flaquea: ¿por casualidad, conoce alguien bien qué camino es el apropiado para que, en lo que entendamos que debamos hacer como contestación el año próximo, podamos exhibir algún logro significativo?

Seguramente será éste un camino que necesitará muchas manos desinteresadas para su construcción. Es más, tal como están las cosas, seguramente habrá que irse haciendo a la idea de que ese trabajo ni se terminará nunca ni debió darse nunca por terminado. En ningún momento del transcurso de estos últimos 37 años, y más teniendo en cuenta que, en toda la historia educativa anterior de nuestra querida España es bien minúsculo lo que se había hecho. La historiografía existente al respecto no deja lugar a dudas, por más que haya gente empeñada en contarnos que “educación como la de antes”... ya no hay. Es muy recomendable leer a Manolo de Puelles o a Antonio Viñao, por ejemplo, para quitarse esta telaraña del pensamiento. El caso es que no es difícil encontrar que los estudios analíticos respecto a los problemas que tiene la educación española –informes diversos, estudios sesudos y prolongados, estadísticas de diverso valor informativo– les vienen al pelo, a las aguerridas huestes de la inequidad educativa, para proponer y ejecutar políticas que nunca habíamos imaginado. Pienso que cuantos se dedican de manera más o menos científica a la historia, sociología y demás mundos conexos a las políticas educativas que hemos sufrido, no debieran hacerle el camino fácil a estos novatores de ahora mismo. A veces, en estos trabajos queda la falsa impresión de que nada se hubiera hecho en este tiempo y que hubiera de pedirse perdón por los problemas que subsisten, como si fueran reflejo de la desidia de los docentes. En los cambios y reformas que nos han anunciado o puesto en marcha este año, todo vale. Tan atraviliarios son que significan lo contrario: desmantelamiento, destrucción y marcha triunfal hacia la nada, de modo que los esfuerzos de tanta gente a lo largo de todos estos años sean vistos como ridículos y desnortados. Esta tendencia –imperante actualmente en el Ministerio de Educación y secundada por patrióticos comisarios autonómicos y de no pocas emisoras y medios que les jalean–, se hace eco de cuantos se empeñan en repetir jeremíacamente, siempre que tienen ocasión,  que el tiempo pasado cuadra mejor a este topos de penurias del “malestar docente” y del consiguiente “fracaso escolar”. Pregúntenselo a Juan José Romera, inteligente y mordaz retratista de esta situación en: Retrato canalla del malestar docente.

También en esto el mes de junio actual es distinto: las costumbres han variado bastante. Será fácil encontrarse, sin querer, en un psicodrama colectivo en que se repita –por activa y por pasiva, oportuna e inoportunamente– lo que da de sí habitualmente la amena conversación de una sala de profesores. No será fácil que alguien indique la existencia de un curso de verano interesante para mejorar cualquier aspecto del trabajo docente y, menos, para construir un ilusionante proyecto de centro. ¿Alguien recuerda aquellas escuelas de verano de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, sin que nadie pensara en los puntos que le iban a conceder por tal “trabajo”?

Bien. Pues ¡a descansar ya!. Al menos, un poco. Esto no ha hecho más que empezar y el curso próximo necesitaremos renovadas fuerzas para resistir y mantener la esperanza. No lo dejen para mañana. Un microrelato de Julio Llamazares cuenta cómo nuestros padres se pasaron la vida pensando en “el día de mañana”: “Tú piensa en el día de mañana; tú ahorra para el día de mañana” –le decían a los hijos. “Pero el día de mañana no llegaba –continúa el narrador–. Pasaban los meses y los años y el día de mañana no llegaba. Hoy, de hecho, los padres ya están muertos y el día de mañana aún no ha llegado” ( LLAMAZARES, J., Tanta pasión para nada, Madrid, 2011, pg.155)

¡Ánimo y buenas vacaciones!

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