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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Informe PISA-2012: lecturas para el desacuerdo educativo

Manuel Menor Currás
3-Diciembre-2013

Los titulares que ofrecen los medios sobre este quinto Informe patrocinado por la ODCE, repiten las profundas discrepancias en torno a la LOMCE

Más que el Informe Pisa propiamente tal, lo que es noticia es la tan dispar manera de leerlo que tienen unos u otros medios. “Cada un fala da feira, según lle vai nela” –decían en la Galicia agrícola de los años cincuenta– y de ahí todavía el “asegún” impreciso y elusivo en que nos escudamos con frecuencia. No sólo los gallegos.

Este Informe siempre es largo y complejo. Sin embargo, nada más aparecer oficialmente a las once de esta mañana, ya dividió a los periodistas de guardia en  dos campos semánticos bien diferenciados. Por un lado, los lectores del “suspenso”, “sigue debajo”, “vuelve a suspender” y el “debe mejorar”. Por otro, los menos, quienes titularon que “mejora”, “escala posiciones”, “asciende” o emplearon sinónimos de similar aire significativo. Poco más cabe leer en las noticias de urgencia que salieron de la sala de prensa del MECD –especialmente a los medios electrónicos– respecto a la última fotografía de la educación española. Según los presupuestos ideológico-sociales de los patrocinadores de cada cabecera, la continuación del relato ha sido más o menos coherente con el titular prefijado y casi nada ha tenido que ver con la rica y amplia información que encierran estos informes, ni menos con las pretensiones y el protocolo de lo que estipulaban previamente, para su realización, la ODCE y el MECD, en Marcos y pruebas de evaluación de PISA 2012 (Matemáticas, Lectura y Ciencias).

Las  dos cuestiones primordiales que han considerado relevantes apenas difieren de lo que en anteriores informes han destacado. Por un lado, el ranking o posición relativa de los 25.313 alumnos o alumnas españoles de 15 años, encuestados principalmente en torno a competencias matemáticas e, indirectamente, acerca de su comprensión lectora y científica. Dónde se sitúe España respecto a los otros 64 países participantes en esta macroencuesta trienal, es el aspecto predilecto. En un país en que tanto se valoran actualmente los resultados deportivos,  el PISA sigue tratándose predominantemente como si de una competición liguera se tratara, a la inversa, sin embargo, de cómo –cuantitativamente– suelen tener presencia los asuntos educativos en los medios. Por otro lado –y como refuerzo de lo anterior– cuenta mucho si España ha superado o no la media de los países encuestados, determinante automática del suspenso o aprobado en esta lid.

Algunos medios, más sutiles, tienden a explicar comparativamente los datos, de modo que se pueda entender en una secuencia longitudinal, en qué punto de evolución nos encontremos, al menos desde que en el año 2000, existen estos informes. Conste que la ODCE se ha venido preocupando por la educación de los españoles desde 1962 cuando, a raíz de la entrada de España en esa organización, publicó un documento titulado Las necesidades de la educación y el desarrollo económico en España, imprescindible para entender los porqués de la últimamente tan mencionada Ley General de Educación (1970) y en qué medida esta LOMCE última supone o no alguna mejora respecto a ella. En el corto plazo, a tres años vista del PISA anterior, parece evidente que la educación española haya mejorado. En las tres competencias estudiadas, los estudiantes españoles están más próximos a las medias de estos otros países. Pero por lo poco que se puede ver la relación del PISA-2012 con el pasado educativo, este aspecto no merece mayor interés a la mayoría de los medios. Parece que fuera mejor un presentismo desmemoriado.

Han crecido, también, los medios que no se contentan con los datos globales. Muestran mayor sensibilidad a algo que era más raro ver en ocasiones anteriores, como que haya autonomías y autonomías. De las 14 analizadas, la mitad superan ampliamente la sacralizada media de resultados que arroja el conjunto de países del estudio, independientemente de que la LOE –todavía vigente– haya sido el marco legal de la educación impartida en todas ellas. El asunto es relevante una vez más para apreciar cómo las características socioeconómicas –y su peculiar evolución histórica– de este conjunto territorial no es idéntica a la del resto de España, ni que el aprecio por los condicionantes de la buena educación sea cuestión baladí: 55 puntos de diferencia entre los resultados de Navarra y Extremadura no se pueden explicar de modo simplista. No cabe duda de que este aspecto es inoportuno para los amantes de una homogeneización absoluta de los términos en que se produce mejor o peor educación.

No menos inoportuno –pero igual de interesante– es que en algunos medios hayan puesto algún énfasis en los diferenciales existentes de unos estudiantes a otros desde antes de empezar a estudiar. Nadie duda de que las necesidades de partida de tanta diversidad de estudiantes y los condicionantes sociofamiliares –tan crecientemente desiguales en España– pesen todavía enormemente en la satisfacción de la experiencia escolar de cada uno. Habida cuenta de la repercusión cultural –el acuerdo con el lenguaje, pautas y exigencias del aprendizaje escolar– que tienen para el aprendizaje de las competencias lectoras, matemáticas y científicas, no pueden por menos de pesar fuertemente –rebajándolas o mejorándolas– en las medias globales de unos u otros países en este género de estadísticas. Si la mera escolarización no es suficiente –si no se trabaja bien el cómo y qué enseñar–, sería magnífico que crecieran en los medios los análisis y estudios detallados de estas correlaciones, tan importantes para entender qué educación tenemos y qué educación queremos. Para decir que hay estudiantes “rezagados” y otros “excelentes”, no hace falta el PISA: sobran dos minutos en demasiadas aulas burocratizadas.

Esperemos, no obstante, que este Informe –ayudado por otras investigaciones– ayude también a detectar en qué medida los procesos educativos y los medios para desarrollarlos tengan o no que ver con estos resultados, los positivos y los negativos. Y ojalá que este tipo de investigación cualitativa tuviera la acogida debida en los medios y en los propios informes de la ODCE. Sería de agradecer, porque al sistema educativo le vendría bien: empezaríamos a hablar de verdad de educación y no tan sólo de lo que prejuiciadamente creemos que debe ser. Por lo visto y oído hoy, al propio Ministerio de Educación parece que tan sólo le importen los resultados cuantitativistas en estas tres competencias y un burdo economicismo implícito. Principalísimamente porque han querido dar a entender lo acertado de la LOMCE, justo en este momento en que acaba de ser aprobada en el Parlamento. Para esto, a la Sra. Gomendio parece bastarle con que los resultados del PISA-2012 no pasen de “estancados”, desproporcionados –dice– con la inversión española en educación desde 2003. Como si lo conseguido y por conseguir viniera del aire, nada ha dicho de la peculiar apuesta del PP en muchas Comunidades desde hace años, de los “recortes” que hemos tenido en los últimos dos ni de los que aguardan al sistema hasta que lleguemos al 3,9% del PIB. Nada tampoco del inmenso trabajo de tantos profesores entregados; nada, por supuesto, de la enorme contribución de la enseñanza pública a esta tarea de dignidad a contrapelo. Cuando en 2015 –al final de esta legislatura–, volvamos a tener el siguiente Informe PISA, podremos comprobar  en qué medida las disminuciones de igualdad de oportunidades programadas en la LOMCE –y del coste cero previsto para ésta– habrán hecho “mejorar” los rendimientos individuales y territoriales más frágiles del sistema educativo, único modo de aumentar la calidad del conjunto. Seguramente la Sra. Gomendio y el Sr. Wert ya no estarán para contarlo, pero por ahora, sólo desean que les creamos: su “modelo” va a producir un vuelco significativo en la “calidad” del sistema educativo español. Eso –como también decían en la Galicia de mi infancia–, “é poñer o carro diante dos bois”.

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