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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

YA TENEMOS LA LOMCE: ¿QUÉ VIENE AHORA?

Manuel Menor Currás
28-Noviembre-2013

Después de dos años de duro enfrentamiento del Gobierno Rajoy con gran parte de la Comunidad educativa a causa de la LOMCE, ¿qué pasará después de su aprobación el 28-N?

Hace dos años, antes de las últimas elecciones generales, el PP de Rajoy afirmaba que no tocarían la educación. Al menos, no con una ley como la que legalmente alumbran ahora, pero que ya preconizaban de tiempo atrás desde sus maneras en Comunidades como Madrid y desde la FAES. Pronto el dilecto ministro de Educación de Rajoy empezó a dejar señales de cómo bordaría su gestión. A la estrella de su hoja de ruta –una nueva ley, que en la práctica acabó en “orgánica”–, le añadiría pespuntes sustantivos para una reforma universitaria y festonearía la labor con un Estatuto Docente que embridara los “excesos” del profesorado para amoldarle a la ejecución ideal de la LOMCE. Dos años después, tras el paso alegre de esta ley por la Carrera de San Gerónimo –y con la mudez en que han quedado sumidos de momento los otros dos encajes–, no es improbable que estemos ante lo que Esopo fabuló como “el parto de los montes”.

De inmediato, viene ahora la puesta en práctica de este texto legal. Y, ya mismo, el conjunto de desarrollos consiguientes, órdenes y decretos ministeriales que expliquen más en detalle el qué de los cambios que prescribe en pro de la ansiada “mejora” educativa. Con el PIB educativo cayendo hasta el 3’9%, y los consiguientes recortes rondando, cumple luego a las Comunidades autonómicas adaptar esas pretensiones a sus peculiaridades competenciales –ahora restringidas– y a sus magros recursos. Y vendrán, ya en el curso 2014–2015, los primeros pasos de implantación en los centros educativos que, por lo pactado en el Senado, se prolongará durante tres años, uno más de los previstos en diseño.

Será en el transcurso de esos tres años cuando se empiece a falsar o contrastar con la perspectiva del método científico experimental, hasta qué punto habrá merecido la pena al Sr. Wert haberse dejado alucinar con el cargo ministerial en Educación –por muy adornado que estuviera con Cultura y Deporte– para sacar adelante  una ley que le complicará en adelante su presencia en público: ni siquiera el CIS ha logrado, con su famosa cocina demoscópica, sacarle de la cola de suspensos en que los encuestados han reincidido en situarle.

En paralelo, y como prueba de fuego para el ya casi amortizado ministro, quienes se han opuesto a su proyecto durante estos dos años seguirán tratando de que dure lo menos posible en la normativa vigente. De un lado, seguirá en el aire la idea extendida –y pactada entre la gran mayoría de los otros grupos parlamentarios– de que se trata de una ley que “nace muerta”. Esto significa, en primer lugar, que,  en el caso hipotético de que el PP no alcanzara dentro de otros dos años la mayoría parlamentaria de que disfruta, “su” LOMCE estaría abocada –antes de haberse logrado implantar  del todo en la vida escolar– a ser una reliquia del pasado. Sin que podamos saber si “mejoraría” la educación de los españoles, pasaría a ser una peculiar especie legislativa nonata sui generis. Sólo muy levemente habría aventajado a la LOCE auspiciada por Dña. Pilar del Castillo y D. José María Aznar: promulgada el 23 de diciembre de 2002,  se quedó en nonata a secas. Con tal pedigrí, es muy razonable que el Sr Wert –y la Sra. Gomendio– avizoren lo pírrico que pueda ser que la LOMCE culmine este 28 de noviembre el trámite parlamentario entre los aplausos exclusivos de los suyos. Al referirse en la COPE (el pasado día 24) a lo “duro” de su trabajo, no sabemos si se refería con tal calificativo a la nada improbable futilidad de su paso por el Ministerio, causante, sin embargo, de tantas premuras, intemperancias, desplantes autoritarios, falta de tacto, sobreestimación de su excelente historial escolar…. Puede que de los malos presagios para su ley tengan culpa los defectos y manías de los demás.  O también cabe que se haya confundido de país y de tertulia. Lo cierto es que nada propicia que “su” recién nacida ley esté blindada con un brillante futuro después de tan raudo y errático esfuerzo. Tampoco hay garantía alguna de que el PSOE, en caso de tocar poder en 2015, vaya a tomar como acción de Gobierno prioritaria la denuncia de los Acuerdos con el Vaticano: el laicismo escolar declarado en su reciente Conferencia política todavía tendría que haberse traducido previamente en programa de esas elecciones generales.

Si se confirmara en 2015 esa hipótesis electoral, el modo de derogar la todavía incompleta implantación de la LOMCE depararía a los ciudadanos –de todas las mayorías– una lección práctica de Educación para la ciudadanía o, si lo prefieren, en valores democráticos. Además de evidenciarse los embelecos a que conduce este afán legislador a golpe de pulsión populista –que no popular, científica e ilustrada–, nos sería dado ver desfilar de nuevo todo tipo de opinadores –legítimos, deslegetimados y neoconversos– en pro y en contra de fantasías ajenas a lo que humildemente necesitamos. Comprobaríamos, de paso, cómo el aparato legislativo es absolutamente flexible a cuanto ansiemos hacerle decir. Y de nuevo volvería a quedar intacta la imprescindible pasión, constancia y cuidado para que de una vez pueda ser verdad –y no sólo papel– cuánto nos importa la educación de nuestros hijos y de los ciudadanos como signo de calidad democrática  a construir.

Hasta 2015, en todo caso, la gran cuestión es qué vaya hacer toda la gente que en estos dos años pasados ha tratado de entrar en razonable diálogo  con Wert y su equipo sin conseguirlo: sindicatos, organizaciones de padres, profesores y estudiantes, asociaciones de diversa preocupación, variadas plataformas y mareas ciudadanas que ven en la educación un punto estratégico de sus afanes. Es previsible que, al récord de manifestaciones y huelgas que ha acumulado el trámite de la LOMCE, hayan de sumársele todavía unas cuantas más, empezando por la del inmediato 30 de noviembre –a las doce horas, de la Plaza de España al Ministerio de Educación–, ya anunciada con el nombre de Marcha a Madrid… por una Escuela pública de todos y para todos.

La calle va a seguir siendo escenario privilegiado para visibilizar el descontento que seguirá arrastrando esta “Ley Wert”. A pesar de que, precautoriamente y para garantizarse una mayoría silenciada y miedosa, de súbditos obedientes, muy pronto regirá una Ley de Seguridad Ciudadana desproporcionada, complementaria de lo que Gallardón ha hecho con el Código Penal y de cómo el Sr.  Fernández Díaz está moldeando a la policía para que pueda equipararse a “los grises” de antaño. Parece como si, de consuno, quisieran que la calle oliera de nuevo al siglo XIX, en que nuestros militares –según se iba desmoronando el prestigio exterior de España– se dedicaron a cultivar el guerracivilismo interior, defendiendo “el orden” de unos pocos privilegiados.

En muchos centros educativos, también continuarán los actos de protesta y repulsa. La gama de acciones que algunos colectivos ya han anunciado es muy variada, con latidos distintos en cada Comunidad autónoma, especialmente en las de lengua propia. Por ello, tampoco es casual que, preventivamente, la propia LOMCE atribuya a todos los directores de los centros educativos facultades que, a título de prueba, lideraban ya algunas Autonomías para configurar una perfecta cadena de mando. Recrecido el autoritarismo organizativo –y sin que la Comunidad educativa de cada centro tenga nada que decir–, vigilarán a los profesores más díscolos, no las pedagogías más ineptas. La consiguiente punición reglamentaria de que dispondrán estos neocapataces desbordará el comisariado habitual que ya muchos ejercen, sin que se pueda ver todavía el alcance de la resistencia que la ”ley Wert” pueda seguir suscitando pese a todo. Difícil será que padres y profesores se convenzan de que no sobran políticos ajenos a los intereses educativos generales –y cientos de asesores concomitantes–, mientras se priva a los alumnos de imprescindibles guías para su aprendizaje.

En fin, el próximo tres de diciembre, la OCDE dará a conocer los resultados del último INFORME PISA, recabados en 2012 para conocer la evolución de competencias adquiridas por los alumnos de 15 años especialmente en cuanto a resolución de problemas matemáticos. Los promotores de la nueva ley ya han leído a conveniencia informes anteriores de esta organización internacional, incluido el del tres de octubre –conocido como PIAAC–, que analizaba las cohortes de adultos comprendidos entre 16 y 65 años. Su peculiar lectura ha servido de publicitario argumento a favor de “su” LOMCE cuando se estaba gestando. Ante los resultados que ofrezca ahora el último PISA –difíciles de precisar en un instante, por lo complejo y amplio de su información–, tendrán la tentación de reincidir de inmediato en lo que ya vienen diciendo. No obstante, la ocasión les deparará ahora dos opciones. La más previsible es que prosigan en esa vereda de la parcialidad y vuelvan a llenarse de razón, a posteriori, para revalidar la urgencia de “su” ley, tan suya que no han admitido enmienda alguna apreciable en su presentación parlamentaria. Seguramente imprimirán un tono solemne a sus análisis para que cunda en el imaginario colectivo el optimismo: “su ley Wert” erradicará la presunta inoperancia de todo lo anterior y “mejorará” enseguida –hasta lo sublime– las competencias de los españoles en comprensión lectora, matemáticas, ciencias, emprendimiento, competitividad, etc. Y para deslumbrarnos mejor, no mencionarán los serios daños colaterales que sí desarrollará meridianamente esta ley, nada agradables de contar a sus propios votantes por lo expeditiva y exquisita que ha quedado para certificar burocráticamente un  determinado fracaso estudiantil, ajeno, por supuesto, al fracaso estructural de un sistema que quieren esclerotizar más. 

Hay, sin embargo, otra vía teóricamente posible. A costa de renunciar al escaparate, podrían empezar reconociendo  que la “ley Wert” les venía al pelo por todas esas razones inconfesables y porque tal apaño reformista les salía prácticamente a coste cero. Pero que, una vez logrado el capricho de verla en el BOE, se avenían a quitar de en medio a Wert y, sobre todo, a consensuar de inmediato medidas para atajar los principales problemas que aquejan a la educación española… Esta segunda opción no está en el programa de lo previsible para el bien de España; me temo que aunque les recabara muchos votos entre sus decepcionados votantes.

Después del 28-N, por tanto, más bien parece que este territorio de la educación todavía seguirá plagado de trincheras, excesivas causas de pelea y  pocos materiales aptos para construir la casa común de todos, acogedora de la esencial diversidad de nuestros hijos e hijas. Pero por algún lado habrá que atajar el despropósito de esta manía estéril de legislar educativamente otra vez a la contra. Alguien deberá emprender otro camino y continuar pacientemente, porque merece la pena.

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