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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La LOMCE apenas tropieza en el Senado, sin convencer a la comunidad escolar

Manuel Menor Currás
31-Octubre-2013

La “Ley Wert” afianza su camino hacia el BOE con dudosa expectativa:  que  vaya a “mejorar” el sistema educativo español  sólo lo creen sus promotores.

El trámite legislativo de esta ley no ha podido borrar la mimetización rápida de que iba precedida. Llamada “ley WERT”, adelanta percepciones diversas que condicionan su lectura. No es la primera vez que esto sucede: en el campo educativo, es muy significativo que la primera ley española relevante  sea conocida por el nombre de su promotor. Y no es que el Sr. Moyano fuese persona experimentada en estas lides. Lo suyo era más bien “Fomento”, con todo lo que esta palabra significaba en 1857: la educación no pasaba de ser una secretaría más de aquel variopinto Departamento. Que hubiera uno específico para cuestiones de “Instrucción” todavía habría de esperar casi medio siglo. Más tardarían aún los maestros de aquellas pocas escuelas primeras en ver  garantizado un salario estatal mínimo y, respecto al objetivo de la alfabetización básica de los españoles, todavía parece que estemos en ello, o eso se quiere dar a entender a menudo. Vista así, sólo es deseable que esta transnominación última entre WERT y su ley no sea un presagio de lo que fue la primera.

Esta “Ley WERT” no ha venido a denominarse así antes de su sanción última por casualidad. Desde que se anunció, siempre ha parecido proyecto personal suyo. En el Parlamento y en los medios, siempre ha sido WERT su  gran hacedor estratégico, cada día un poco más recrecido. No es difícil saber –ni leer– en qué corrientes sociales y económicas bebe esta inminente ley próxima, pero es singular se sepa poco de quienes la hayan cocinado. Se sospecha de personas con currículum pero con poca biografía comprometida con un reconocido acerbo de saberes en este terreno y más bien poco interesada en que la sustancia de una educación de calidad  para todos sobrepase el ritual propagandista.  Algo más corporativo que personalizado –empeñado en maximizar la coyuntura–, colateral a la compleja comunidad educativa existente, le ha convencido para que proponga a una solitaria mayoría parlamentaria la defensa de la LOMCE. Debe tratarse de un secreto de partido; no de que tenga que ver con lo que, según el saber científico contrastado, debiera  primar en un objetivo de Estado de esta envergadura. Por otra parte, si se tiene en cuenta que el “corpus” legislativo generado en el campo educativo desde aquella “Ley Moyano”, ya sobrepasa la centena de leyes principales, todo apunta a que ansían consolidar la más arraigada tradición –de un ministro/una ley  ex novo–, sólo productiva para la historiografía ocupada en desvelar las parsimonias de tanta “mejora”.

Sería injusto, de todos modos, que esta Ley pasara a la posteridad con el nombre exclusivo del Sr. WERT. Su segunda en el Ministerio ha salido varias veces a consolidar, con modales y estilo similares, que creciera esa metonimia. Debiera, pues, incluirse a Gomendio en la denominación, por su demostrada identificación con este  proyecto. La impresión es que la LOMCE  fuera cosa de ambos. Desde la madrileña  c/ de Alcalá 34/36, donde, por ahora, hacen y deshacen, se contagian su desparpajo para maquillar o sesgar datos, presentar informes “adecuados”, quitar y poner asignaturas e itinerarios de un día para otro, y sorprenderse de que su “diálogo” con los implicados tenga escaso eco. Son muy parecidas sus convicciones, ajenas al discurrir de los asuntos educativos en un país democrático moderno, y al análisis de sus investigadores más reconocidos. Lo dos son intercambiables, también,  en el orgullo de asegurar que con lo suyo esto mejorará muchísimo y en no razonar en qué ni en  quiénes vayan a ser los beneficiarios de tanta “mejora” como sobrevendrá, o en quiénes quedarán fuera de ella.

 El esfuerzo coincidente de esta pareja en promover nuestra fe en sus ideas, no disipa, sin embargo, serias dubitaciones. ¿Han leído bien las distintos Informes PISA y PIACC que tanto invocan? ¿Su hermenéutica sobre la Convención de la UNESCO en 1960 es la más sensata? Cuando hablan de la eficiencia de la LOMCE respecto a los compromisos de EUROPA-2020, ¿nos cuentan una película? ¿Están siendo razonables en su negacionismo hacia toda enmienda no prefijada por el PP, hasta el punto de que no sea improbable que muchas ni se hayan leído? ¿Tras los 408 millones en que cifran la memoria económica –cargando casi el doble a las Comunidades– esconden nuevos recortes en profesorado y en medios indispensables para atender a todos los estudiantes? ¿Por qué la propia Comisión Europea, según informe del pasado 29-0, duda ya de que España pueda “mejorar” su sistema educativo? ¿La última enmienda de este pasado 31-O, retardando un año la aplicación de la LOMCE, indica fe o profunda duda? Tales interrogantes hacen desconfiar de tanta promesa renovada estos días en el Senado. Los desafíos de “mejora” planteados no casan bien con que, sin haber alcanzado la media de gasto europeo en educación, se esté rebajando aceleradamente. Nadie debiera extrañarse, pues, de que gran parte de la comunidad educativa desmienta hoy que, con esta Ley WERT,  “mejorar” en educación vaya a estar, por fin,  al alcance de todos los españoles.

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