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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

¿La MAYORÍA SILENCIOSA respalda las políticas educativas dominantes? 

Manuel Menor Currás
7-Octubre-2013

La defensa de las tesis oficiales sobre bilingüismo/trilingüismo en Baleares, o sobre la LOMCE,  ha vuelto a invocar el respaldo de las mayorías electorales y el de una supuesta “mayoría  silenciosa”.

Como estratagema argumental  no es nuevo este recurso dialéctico: todavía  hay muchos ciudadanos con vivos recuerdos anteriores a la Transición que pueden dar fe, y siempre está abierta la historia como magistra vitae,  donde abundan los exempla. Como el de la Puerta de Toledo, de Madrid, erigida en 1827 como “monumento de fidelidad, de triunfo y de alegría”, que pretende ser un homenaje colectivo al absolutismo de Fernando VII, “el Deseado y Padre de la Patria”. Similar cariz quiso revestir, durante casi 400 años, la extensa nómina de persecuciones de la Santa Inquisición, mientras acallaban la heterogeneidad y las heterodoxias bajo el signo del Salmo 73: Exurge Domine et judica causam tuam...; un largo precedente  de silencios mayoritarios impuestos, que no queridos, invocando, además, la ayuda de Dios en el empeño.

Arthur Schopenhauer, en todo caso, nos previno hacia 1860 de que “la verdad objetiva de una proposición y su validez en el plano de la aprobación de los oponentes y oyentes de la misma son dos cosas muy distintas”.  El filósofo alemán añadía  bastante escéptico que, si la naturaleza humana no fuese mediocre y todos fuéramos profundamente honrados, no buscaríamos en nuestros debates otra cosa que la verdad. Pero no siendo este el caso –y sí muy abundante la vanidad–,  frecuente es que la verdad “deba parecer falsa y lo falso verdadero”.  De modo que ese argumento de razón centrado en la mayoría absoluta lograda en unas elecciones o, si viene al caso, en que en una huelga o manifestación concretas son más los que se han quedado en casa que los que asisten a la protesta, viene a ser una de las muchas estrategias –y no de las más afortunadas– destinadas más a ningunear al oponente que a demostrar verdad alguna. En realidad, sólo muestra quién tiene, en un momento concreto, la sartén por el mango.

En democracia, además, esta argucia argumental es, pese a la apariencia que comporta de juego libre de las mayorías/minorías, especialmente frágil y peligrosa, sobre todo si es reiterativa. Se suma a los silencios impuestos en el Parlamento en nombre del reglamento, las incomparecencias debidas, los diálogos de sordos, los recursos sistemáticos al decreto-ley, junto a muchas otras triquiñuelas de “politiqueo” hueco. Añadido todo ello al amedrentamiento y recortes sistemáticos que, con pretexto de la crisis, se imponen a la población –igual que el control cerrado de los principales medios de comunicación–, no hace sino desvirtuar el sentido mismo de las libertades y derechos que, en principio, la Constitución dice reconocer a todos. En tales circunstancias, sacar a relucir “las mayorías” para dirimir el debate educativo, aparte de aludir a políticas sectarias que poco tienen que ver con el interés general y el bien común, hace pensar más en un  ordenancismo populista que en una democracia de verdad. A este paso, la  calidad de ésta parece que vaya a depender, como en los programas televisivos, del “share”. Pero incluso así habría que ser más ponderado, ya que sabido es que ninguna mayoría electoral permanece inmutable toda una legislatura. Y, por otro lado, la mayoría social  –en España, y en EEUU– es la de quienes no votan ni votarán nunca. Si se tiene en cuenta que muchos de esta mayoría –como ya estudió J. K. Galbraith en La cultura de la satisfacción– cada vez “quedan más fuera de la conciencia de los que viven con desahogo, fuera del sistema impositivo y del presupuesto estatal” y, por tanto, que cada vez están más lejos de una redistribución justa de los recursos a través de unos servicios sociales de calidad y de una educación digna para sus hijos, el argumento de las mayorías no pasa de sarcasmo instrumental. La comunidad electoral favorecida no es la de estas mayorías sociales, las más pobres y con necesidades educativas mayores.

No estaría mal, pues, que nuestros políticos –especialmente cuando de educación tratan, porque de su autenticidad depende mucho nuestra convivencia– releyeran a Aristóteles. Hacia el 330 a.C –cuando la democracia ateniense era ya una cáscara vacía–,  nos dejó advertidos de que “la ciudad –la polis– es una de las cosas naturales y que el hombre es, por naturaleza un animal cívico –zoon politikon”. Para él, la razón de que fuera un “animal político” era clara: “la naturaleza –decía– no hace nada en vano. Sólo el hombre, entre los animales, posee la palabra [...], igual que el sentido de lo bueno y de lo malo, lo justo y lo injusto, de modo que la participación comunitaria es el fundamento de la casa familiar y la ciudad” (La Política, I, 2).

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