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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

El optimismo ante las Olimpiadas es llamativo

Manuel Menor Currás
6-Septiembre-2013

Faltan todavía unas horas para que sepamos si Madrid va a ser la ciudad olímpica del 2020. En el lenguaje oficial, es una “ilusión de todos”. Nos han insistido mucho estos días en el trabajo “bien hecho” de cuantos llevan dedicándose a este objetivo desde hace años. En caso de que mañana se alcanzara esta “ilusión”, deberemos estar contentos los siete años venideros.

Puede ser coherente la contención que, en estas horas previas, parece moderar las intervenciones de los empeñados este asunto. La época es sombría y, en general, triste, de modo que los esfuerzos que el proyecto pueda haberles supuesto para este tercer intento no deja de suscitar serios reparos a quienes verían mejor empleado similar énfasis y constancia en otras latitudes de los asuntos públicos. No es cosa de que se frustre este “sueño” de unos pocos que, supuestamente, sería beneficioso para todos. ¡Ojalá que lo logren! Pero que no sirva de coartada para una pesadilla caracteriológica colectiva. Para lo cual, cuando mañana hayan pasado estos momentos de indecisión, será bueno en el retorno obligado a la realidad no olvidar que –según nos han dicho–  “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.

Menudo contraste de ocupación y preocupación consiguiente que están mostrando estos mismos en otras cuestiones. No es momento de aburrir contando todo lo que, día tras día, están haciendo, por ejemplo, en asuntos educativos, tan expresivos de lo que de verdad importa a nuestros eximios responsables políticos. Su acreditada constancia en este campo –como en los de la investigación y el conocimiento, la sostenibilidad productiva, la sanidad  y los dependientes de la tercera edad– es tan paradigmática como contradictoria con la constancia que han puesto para el logro de las Olimpiadas. Vean tan sólo  tres claros ejemplos de estos últimos días.

Los 30.000 universitarios en riesgo de tener que abandonar sus estudios, consecuencia del alza experimentada en las matrículas de curso estos dos últimos años y, por otro lado, la crecida dificultad en alcanzar una beca. Al problema le están saliendo ahora perspectivas de arreglo chapucero, a costa de una rediviva beneficencia y caridad que, con apariencia de benevolencia bienpensante, oculte y desplace las obligaciones del Estado en el terreno educativo. A este paso, pronto se reinstaurará también la puerta distinta que tenían que franquear diariamente en muchos colegios del pasado quienes pagaban y quienes eran acogidos en nombre de diversas filantropías.  El doble y triple circuito que ya rige en todo el sistema educativo saldrá reforzado ampliamente, en aras de una más diferenciada manera de ser ciudadano en España.

A propósito de las becas y el esfuerzo por la excelencia, tan pregonado, merece la pena releer la deseseperada carta de una alumna de Telecomunicaciones, con una media de 8,9 que, al solicitar una de las que convocaba el Boletín Oficial de la Comunidad de Madrid para este curso, se encontró con la desagradable sorpresa de que no tenía derecho a ello porque no había disfrutado de beca el curso pasado. Pueden leerla –con las pertinentes cuestiones que le ha suscitado la sorpresa– en la edición electrónica de El País (de hoy mismo).

La supresión del pago de cuotas al Consejo Internacional para la Ciencia.Veníamos pagándolas desde su fundación en 1931 y nos permitían estar presentes en diversos comités cientíicos con programas internacionales de difícil carácter multidisciplinar, tales como los riesgos de desastres, la seguridad alimentaria, la salud en las ciudades, los desafíos demográficos y climáticos. Además del nivel y relaciones que abría a nuestros investigadores,  permitía al Gobierno tomar decisiones en estos dominios estratégicos de manera acorde con la ciencia disponible y no a la buena de Dios, según la ocurrencia más disparatada.

Invocar la crisis para estas cosas –en paralelo con lo que dicen conforma “un sueño de todos– convierte el ansiado optimismo en acrecentado bochorno.

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