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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Giner de los Ríos y la modernidad

Antonio Ruiz Heredia
2-Junio-2013

En 1868, bajo el férreo reinado de Isabel II, Francisco Giner de los Ríos, junto con un variado grupo de profesores y discípulos, como Gumersindo de Azcárate, Nicolás  Salmerón, Sanz del Río, Fernando Castro, Castelar, etc., sufrió separación forzosa de su cátedra, al tiempo que otros abandonaban sus clases para mostrar su oposición y desacuerdo con las disposiciones y métodos en contra de la libertad de cátedra, impuestas por el ministro del partido moderado Manuel Orovio, y se manifestaban abiertamente en contra de la oficialista y tradicional enseñanza impartida en los centros públicos de nuestro país. En aquellos momentos a los profesores se les obligaba a hacer profesión de fe religiosa y hasta política para poder ejercer su labor docente.

Con la República, proclamada en febrero de 1873 tras la revolución de septiembre de 1868, se comenzaron a ensayar nuevas reformas educativas, llegando Giner a publicar la “Revista de la Universidad de Madrid”. Una vez terminado el llamado “sexenio democrático” con el hundimiento de la Iª República y la restauración Borbónica, regresaron los antiguos  métodos y Giner, al negarse a aceptar las normas  imperantes en materia religiosa, moral y  política,  fue arrestado y sufrió confinamiento en la prisión militar de Santa Catalina,  Cádiz, siendo separado una vez más de su cátedra. En 1876, fundó en unión de unos cuantos profesores e intelectuales afines, la “Institución Libre de Enseñanza”; posteriormente pudo volver,  en 1881, a la cátedra de Filosofía del Derecho.

Enfrentados a la “escolástica” tradicional  (“Todo pensamiento debe someterse al principio de autoridad”) estos intelectuales krausistas (1) llevan a cabo una gran batalla educativa, una autentica revolución para lo cual no tienen más remedio que fomentar y defender sus ideas desde un ámbito privado, al margen del Estado.

Por eso me ilusiona pensar que la “marea verde”, que es la figura, la imagen, el rostro en definitiva de todas nuestras aspiraciones, que tienen que ver con la conservación y el fomento de la escuela pública, igualitaria y gratuita, tal como la define nuestra Constitución, (a la que yo añadiría también “laica”), se asemeja en cierto modo a aquella autentica revolución educativa que nació, podríamos decir que, a partir de la “1ª Cuestión Universitaria” promulgada por Giner y aquellos profesores ilustrados y que como reacción fundaron un ente de índole privado conocido como “Institución Libre de Enseñanza”. Las consecuencias fueron inmediatas, siendo creadas  las “Colonias Escolares”, la “Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas” (futuro germen del CSIC), la “Residencia de Estudiantes”, la “Dirección General de Primera Enseñanza”, las “Misiones Pedagógicas”…

Además, esta corriente fomentó el nacimiento de otras entidades, tales como: el “Club Alpino Español”, la “Real Sociedad Española de Alpinismo Peñalara”, el “Centre Excursionista de Catalunya”, la “Asociación para la instrucción de la Mujer”, o el “Museo Pedagógico Nacional”.

Cien años después, en los albores del siglo XXI, la Historia pretende gastarnos una broma pesada, básicamente por culpa de los acontecimientos derivados de la mala política de aquellos que nunca aprendieron de ella, de manera que nos hace recordar de forma lamentable aquellos años convulsos de la fundación de la ILE, aunque con una variante: el movimiento que nace está formado por padres y madres, profesores, alumnos y en definitiva muchos de aquellos integrantes de la llamada “Comunidad Educativa”, defensores todos ellos de una escuela pública, gratuita y de calidad, que se revuelven juntos contra la imposición religiosa dentro de la escuela, la falta de inversiones y mejoras, la segregación del alumnado,  contra las leyes que nos retrotraen a pasados históricos ya superados y la privatización (lo que los neoconservadores denominan eufemísticamente “externalización”, que no es sino la gestión privada de los centros pero con cargo al erario público).

No se trata pues de ideología, sino de simple y puro mercantilismo.

De modo que, una vez mas y por obra y gracia de unas fuerzas políticas y religiosas, estancadas en el pasado, que únicamente pretenden perpetuar sus privilegios, nos vemos avocados a batallar contra un sistema que, no solamente dilapida el dinero de nuestros impuestos para el beneficio de algunos y en contra de nuestros intereses, sino que nos obliga a perder tiempo, entusiasmo y energías que podíamos emplear en otros asuntos y, sobre todo, hipotecan el futuro de nuestros hijos y, por tanto, de la sociedad y el país entero.

Nos encontramos sencillamente ante una estafa de dimensiones colosales.

 

Antonio Ruiz Heredia es maestro y educador ambiental.

 

(1) El Krausismo fue la doctrina del siglo XIX que defendía la tolerancia académica y la libertad de cátedra frente al dogmatismo. Las implicaciones pedagógicas de la filosofía krausista promueven la puesta en contacto directo del alumno con la naturaleza y con cualquier objeto de conocimiento, dando gran importancia a las clases experimentales y las excursiones.

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