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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

El doble de mejor

Manuel Menor Currás
6-Mayo-2013

El pasado 27 de abril, tal vez hayas oído decir a una alta dirigente de la política madrileña que “España está el doble de mejor que en la última crisis”, al lado de otras majezas como la de que era "motivo de optimismo" que "por primera vez" en la historia de España muchos jóvenes cualificados estuvieran trabajando en el extranjero. "Estoy segura –añadía– de que el número creciente de jóvenes españoles con buenos trabajos en el extranjero tendrá un efecto muy positivo en nuestra economía y en la manera en que los españoles encaran retos futuros"...

Aquel día el comentario sonaba especialmente duro y ajeno al contexto en que se mueve hoy la vida ciudadana común. Contradecía sus vivencias de varios años agónicos. Pasaba por alto su distancia creciente con lo que decide un poder ejecutivo empeñado en gobernar por decreto, al margen incluso de lo que le reclaman en un Parlamento casi romo. Hacía oídos sordos a las reiteradas manifestaciones y huelgas de los perjudicados a causa de decisiones draconianas en educación, sanidad, empleo, justicia, desahucios y prestaciones sociales desaparecidas. Pero, sobre todo, emitía un diagnóstico onírico y surrealista justo después de que conociéramos las cifras de paro de la EPA de abril, las particularmente onerosas de la gente joven y las que nos daban el vergonzante honor de tener casi dos millones de familias en rampante exclusión económica y social. A pesar de todo ello, al parecer estábamos “el doble de mejor”.

Lo más extraño es que, por muy exótico que pueda parecer, el talentoso punto de vista de la aguerrida defensora de esta tesis ni es excepcional ni, tampoco, casual equivocación. Se repiten demasiado opiniones de esta índole y  algunas como la del “que se jodan” ya son paradigmáticas, indiciarias del autismo de una elite de selectos –ignorantes cuando no estúpidos–, ajenos al devenir cotidiano de las “masas”, todavía mansas y no en fase de “rebelión” suficiente. Ya se vuelve a mentar lo del ciego guiando a otro ciego... y hay quien relee a Diderot y su Carta sobre los ciegos para uso de los que ven (Endymion/ La Piqueta, 1978), para tratar de distinguir la desdicha y el dolor entre tanta indiferencia. Porque quienes hacen gala de tanta ceguera siguen ahí, dirigiendo una orquesta que desafina profundamente, aclamados y votados por quienes tienen que sufrirles. Y siguen con su delirio aunque perciban que, en ocasiones, se pasan, como si se hubieran emborrachado con la perspicacia estratégica de unos dichos y hechos devastadores y escatológicos. Acostumbrados a que se coree “su verdad”, ni caen en la cuenta de que las palabras son irreversibles y, cuando intentan corregirlas, lo que suelen generar es un sintomático añadido de disfunción y fracaso. Unos días más tarde, la susodicha lideresa –émula a su manera de Dña. Margaret–, ante una encuesta del CIS –amarga para los intereses de su partido y para el otro hegemónico de la actual oposición–, no escatimó contarnos de qué iban sus verdaderas obsesiones, y todavía el día 3 de mayo –con motivo de la fiesta de la Comunidad–, volvería a mentarnos de qué iba su irrefrenable optimismo solipsista: “no sólo las administraciones sino las empresas públicas y cuestiones que no necesariamente debe prestar la Administración deben ser reducidas, privatizadas o suprimidas”.

Menos mal que, pese al cabreo que nos producen las palabras de muchos de nuestros egregios próceres –repletos de hipócritas contradicciones factuales–, solemos reaccionar con ironía humorada. Alguien me ha recordado estos días cómo, en Galicia, se solía decir, de hace mucho, que “mexan por un e hai que decir que chove” (se ciscan en uno y hay que decir que llueve). Un dicho del mismo cariz ejemplarizante que el que la sabiduría –labrada en el choque permanente contra el caciquismo expansivo que corroía todas las relaciones sociales– aconsejaba a  un testigo decisivo en un juicio oral. El juez, consciente del valor de su testimonio, pero no del alcance de las respuestas en el entorno que compartían testigo y acusado, trataba de sonsacarle a la brava: “–¿Pero usted lo vio o no lo vio?”. Y el buen hombre, cazurramente le respondía: “–Por un lado, xá ve, e por outro, qué quere que lle diga” (“por un lado ya ve y, por otro, qué quiere que le diga”). El problema es que el humor ya no es capaz de remediar el horror y empezamos a temer que el tiempo se agota para esta fórmula de terapia colectiva. Muchos no quieren asistir al duelo de que son causantes, e incluso protestan de que se vayan a llorar las penas por la calle o ante sus casas, ponen todo género de obstáculos a quienes persisten en contar la realidad y, como resultado, las palabras se empiezan a quedar cortas, con riesgo de que se resienta gravemente la convivencia plural, responsable e inclusiva.

El lenguaje como tapadera, excusa, ocultación, doble sentido, evasión, cazurrería, salirse con la suya, la viga en el ojo ajeno, el color del cristal con que se mira y la ley del embudo, o sea, el deslizamiento de sentido hasta el valor cero, ha sido algo practicado abundantemente entre nosotros para sustentar la opacidad de una gran parte de las relaciones sociales. Los antropólogos lo saben bien y, entre los lingüistas, ya Roland Barthes –entre muchos otros– nos hablaba en los setenta de la división de los lenguajes, la guerra entre unos y otros, el discurso de la historia o el efecto de la realidad (El susurro del lenguaje: más allá de la palabra y la escritura, 1984). Como que fuera algo connatural, arraigado en nuestros genes de tal modo que algunos políticos, a la más mínima ocasión, nos lo devolvieran en un espejo, excesivo, eso sí, y enormemente distorsionado con demasiada frecuencia. Sociolingüistas ha habido –e historiadores– que han estudiado los lenguajes de determinados grupos sociales en algunos ritos, leyes y acontecimientos especialmente significativos. Estudios hay de este tipo, por ejemplo, sobre la Revolución Francesa, la restauración canovista o el vocabulario de la Comuna parisina, que toman la codificación lingüística de tales momentos como objeto directo de observación analítica. Lo que parece relativamente nuevo es que, hace ya nueve años que Lakoff desveló el valor creativo de la lingüística cognitiva –No creas que es un elefante– para hacer atractivo el mensaje conservador de los republicanos de EEUU. Su metodología sistemática para dominar la agenda informativa y electoral habría consistido en “saber enmarcar el debate” aunando lo simbólico, lo emocional y los valores morales, para así condicionar y ayudar a  que los oyentes aunaran la comprehensión y la autenticidad de lo que se quería que pensaran y votaran. Algo más tarde, en 2009, Juan Carlos Monedero escribía: El Gobierno de las palabras (Fondo de Cultura Económica), ya daba por hecho cómo nos habían robado las palabras para cambiar los nombres de las cosas, y analizaba la opacidad de la democracia transparente, las mentiras y confusiones deliberadas en que nos meten, los riesgos en que nos encontramos como ciudadanos y los territorios primordiales en que la autenticidad del discurso y el futuro de la democracia son primordiales en este momento.

Puedes disculpar que muchos candidatos a sentarse a las orillas del poder desarrollen de manera natural la predisposición postmoderna  a trastocar los códigos lingüísticos y el campo semántico del lenguaje. De este modo, y con algo de apariencia subversiva controlada, pueden epatar a sus jefes para que se fijen en ellos y los coopten. Lo malo es que esto no es un mero juego más o menos contracultural o de pseudo-creatividad artística vanguardista. Algunos y algunas, adaptados a esta farsa de alevines con aspiraciones de ascenso meritocrático, se confunden: cuando se dirigen a los ciudadanos desde el poder alcanzado sólo se siguen mirando a sí mismos; se dan a creer que son  dueños de la verdad absoluta; dan a entender que somos injustos con su gestión despótica poco ilustrada y no les entendemos. Les gustaría quedarse solos desarrollando sus sagrados programas de regeneración de nuestros presuntos excesos. Por eso subvierten el sentido denotativo de las palabras, se han especializado en el eufemismo cotidiano y tratan de ocultar su inepcia tras las palabras edulcoradas del diccionario de sinónimos y antónimos. Y así nos están pudriendo la democracia, adulterando todo lo que habíamos decidido compartir: la corrupción no es sino otra forma de deslenguado desplazamiento y verborrea cínica

Piensa, pues, que con su particular jerga tóxica nos están mostrando “su razón”: el “doble de mejor” es poco; a muchos de ellos esta situación de crisis programada les ha cuadruplicado y quintuplicado su bienestar. No pienses partiendo de tus propios esquemas de racionalidad comprensiva ni invoques a favor de los mismos una compasiva igualdad democrática. Si has puesto tus neuronas, voluntad y tiempo en el compromiso por estas cosas; si te has arriesgado por defenderlas y que fuera más posible la libertad, la educación y la sanidad de todos..., como si de una casa protectora se tratase, te costará admitir que lo que oyes y ves a diario pueda suceder. Pero entiéndelo. Antes de la palabra fue el caos: cuando S. Juan dijo que in principio erat verbum (1,1), sobreentendía que habrías leído la famosa narración creacionista que, casi al inicio de la Biblia, dice que “la tierra era algo caótico y vacío, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo” (Génesis, 1.2). Por ahí andamos con esta crisis: por el caos y rozando el abismo de lo inhóspito. A la intemperie, faltos de palabras que pongan sentido y esperanza, nos sobra aburrimiento: por la carencia de sincera honestidad y cercanía que nos muestra de continuo tanto personajillo impostado y vacuo; y porque nos quieren callar –como en el burocrático clericalismo ancestral– con la paciencia de los muertos.

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