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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

En nombre de la libertad

José Luis Pazos Jiménez
15-Abril-2013

Resulta paradójico que los sectores sociales responsables directamente de pasados históricos en los que la libertad estaba secuestrada o directamente prohibida, y defensores a ultranza de esos escenarios, sean ahora los que justifican todo, o casi todo, bajo el supuesto de actuar en defensa de la libertad. ¿Qué entenderán por libertad?

Es muy habitual que la desregulación y la dejación de funciones por parte de responsables políticos, que con ello promueven la desaparición del Estado, enmascaren sus actos bajo la supuesta libertad que dan a los ciudadanos. En la inmensa mayoría de los casos, tal cosa no se corresponde con la realidad. Lo cierto es que buscan precisamente liberar a quienes deberían estar sujetos a reglas estrictas para que los derechos colectivos e individuales estén protegidos.

La verdadera libertad está unida a la posibilidad de elegir libremente entre todas las opciones posibles, incluso de inventar otras nuevas y llevarlas a cabo. Y, en un utópico universo en el que ello pudiera ser posible, deberíamos, además, garantizar que nadie resultara afectado en su propia libertad por el simple hecho de que otros ejerciéramos la nuestra.

Para poder cumplir las premisas anteriores, la persona debería aislarse en un entorno que no interactuara con el resto. Incluso aunque pudiera cambiar de planeta, en una pequeña medida, siempre actuará sobre el entorno y los demás resultaríamos afectados de alguna forma. Es más, su simple desaparición tendría efectos, aunque pueda no parecerlo. Por tanto, seamos sinceros: la libertad absoluta no existe, ni existirá jamás.

La construcción del concepto Estado es justamente aceptar esa realidad. Reconociendo que nuestros actos influyen en los derechos de los demás, tanto de forma colectiva como individual, y que algo o alguien debe protegernos a todos y cada uno de nosotros para que nadie actúe de forma que nos perjudique gravemente, cedemos una parte de nuestra posible libertad absoluta para buscar un beneficio común. Y ello nos lleva a regular lo que excede lo permisible para que todos podamos sentirnos cómodos y conformes con la cuota de libertad cedida.

Es decir, quienes aluden de forma insistente a la libertad de las personas para justificar sus actos, en demasiadas ocasiones, lo que hacen es destruir el Estado para retirar reglas, liberar actuaciones, dejar hacer a quienes quieran invadir espacios que no les son propios. No nos defienden, nos atacan, aunque la miopía social pueda no ver lo que tiene delante de sus ojos.

Libertad es capacidad de optar. ¿Tenemos todas las personas las mismas capacidades de optar por las diferentes posibilidades que existan o podamos concebir? No, rotundamente no. Luego, por tanto, cuando se ponen en marcha actuaciones que nos dejan sin protección ante múltiples posibilidades, en realidad sólo ganan libertad aquellas personas que tienen grandes recursos a su alrededor. La inmensa mayoría, que no podrá elegir entre todas las alternativas, simplemente porque muchas no están ni estarán nunca a su alcance, se tendrá que conformar con elegir entre lo que se les deje elegir. Su libertad, en teoría plasmada sobre el papel, en la práctica no existirá. Unos tendrán más libertad, otros menos. Nos gustará o no, pero es así.

En nombre de la libertad, si realmente queremos tener todas las personas las mismas posibilidades de optar, tenemos que regular la libertad, tenemos que encauzar la libertad, tenemos que medir qué dosis de libertad podemos tener todos para que nadie tenga menos.

No faltará quien diga que regular la libertad es ir contra la libertad. Falso, ningún ataque puede ser más grave a la libertad que hacer creer en la posibilidad de la libertad absoluta. Ante ello, estamos indefensos, estamos desprotegidos, estamos en manos de los dictadores, de los que usarán nuestra libertad para conseguir sus intereses.

Cuando se habla de la libertad para optar entre lo público y lo privado, en realidad se pide que los que pueden pagar lo privado puedan hacerlo y no tengan obligación de atender lo público, de sostener lo público. Se busca que los derechos dejen de serlo y nos sometamos a la ley del más fuerte, del más poderoso. Que, en nombre de la libertad, pasemos a ser esclavos.

En imprescindible reflexionar siempre, ante cada medida que se anuncie en nombre de la libertad, en qué medida podremos elegir entre todas las opciones que se ofrezcan, en qué medida nuestra capacidad de actuación estará condicionada por cuestiones tales como nuestra situación económica, social, relacional, ambiental,… Sólo si la medida garantiza los mismos derechos a todos, con independencia de sus condiciones personales, tanto colectivas como individuales, será posible, sólo posible, que nuestra libertad sea un poco más amplia.

Imaginemos por un momento que quisiéramos poner en marcha una nueva medida que garantizara que todos tuviéramos libertad para viajar a cualquier parte del mundo, en igualdad de condiciones, tanto en la duración del viaje, como en la calidad del mismo. ¿Bastaría con obligar a las agencias de viajes a que atiendan a todas las personas de igual forma? ¿A que tuvieran acceso a toda la información posible? ¿A contratar los servicios que quisieran, sin trabas? No, la libertad de quienes intentaran viajar seguiría estando condicionada por sus circunstancias personales. Podrían elegir un viaje a cualquier parte del mundo, de la duración que quisieran, con la calidad que buscaran. Pero, la inmensa mayoría, continuaría viajando en sólo en sueños.

Sin embargo, si reguláramos que podemos elegir un único viaje hasta que todos hayamos disfrutado del mismo, a donde queramos, con la duración que fijemos de igual forma para todos, con la máxima calidad posible en cualquier caso, habría quien diría que coartamos la libertad. Tendríamos que regular todos los extremos a tener en cuenta. Tendríamos que aportar los recursos entre todos para que el fondo común pudiera pagar todos los costes sin que los viajes dependieran de la capacidad individual, sino de la colectiva. En ese caso, con el esfuerzo proporcional de todos, la elección que cada uno pudiera hacer sería atendida. Todos seríamos igual de libres para elegir.

La libertad regulada es la construcción del Estado, del fondo común que hacemos con nuestros impuestos, de lo que nos iguala a todos que es lo público. La libertad sin reglas es: la destrucción del Estado; la ley del más fuerte; el “tanto tienes, tanto vales”; el olvido de los más por parte de los menos, que son los que más tienen; es la esclavitud de la mayoría, su ausencia real de libertad.

Cada vez que alguien nos hable de eliminar reglas para hacernos más libres, pensemos en si realmente lo que busca no será esclavizarnos.

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