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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

“Lo nuestro y los nuestros” sintetiza una ética sin estética democrática

Manuel Menor Currás
21-Abril-2018

Segrega a los no adictos, como indignos de compartir el espacio público. En educación, es el colmo de la privacidad narcisista.

Lo dijo Cospedal cuando empezó la cuenta atrás del máster de Cifuentes: hay que “defender lo nuestro y a los nuestros”. No es un protocolo de alta política que ya hubiera previsto Maquiavelo como parte de los secretos de Estado y su exquisita fontanería. Más que una teoría, es una deontología particular que suele aflorar si los criterios y proyectos de otros evidencian que nuestra retórica se haya quedado hueca ante hechos contradictorios.

Es la irregularidad ordinaria en que la estética se contradice con la ética en casi todo lo que tocan unos pocos, con prerrogativas frente a lo “normal” del resto, a quien piden se les pliegue. “Lo nuestro y los nuestros” son, de este modo, ese segmento de selectos que, si no por nacimiento como en el Ancien Régime, por razones de inventado pedigrí se sienten con poder suficiente para imponer su perspectiva, sus intereses y su dominio. Es decir, que se arrogan -en nombre de cualquier supuesta superioridad- el derecho a ser tratados de modo distinto. Últimamente, les hemos oído mucho ante los tribunales: ni leyes ni obligaciones les son iguales; tampoco derechos y libertades y, menos, las responsabilidades. De hecho, cuando son pillados in fraganti lo ignoran todo, son inconscientes.

Conecta con lo acontecido desde 1789, cuando una parte importante de la burguesía revolucionaria se hizo conservadora y hasta retrógrada tratando de que los derechos conquistados quedaran retenidos para los de su clase, a la defensiva del resto social. Los persistentes privilegios que una supuesta igualdad legal trata de encubrir, además de explicar toda la lucha por la equidad, es lo que ha dado color a las variadas reformas y restauraciones acontecidas, y cuando tratan de construirse personalidades neoliberales de última generación y un renovado neoautoritarismo.

Ahora resulta que Cifuentes renuncia a las pompas y vanidades del máster -no a las del cargo- y, mientras es cuestionada la credibilidad de la URJC, los otros alumnos y profesores son el atrezo de una opereta en que, sea lo que fuere, ya han perdido: su esfuerzo, su tiempo y dinero han sido devaluados en esta burbuja boloniense de inconsistente y confusa titulitis. A su vez, Méndez de Vigo, IX Barón de Claret a quien han recordado hace poco sus fervores originarios, sigue haciendo del pacto educativo su razón de estar en Alcalá 34 después de que Wert se marchara tan alegre al París de la OCDE. Para entretener y despistar, ruega “encarecidamente” al PSOE que lo apoye para que Educación recupere -en 2025- un 5% del PIB.

Privacidad subvencionada

Pero la LOMCE sigue ahí tan ricamente, como si no la hubiera puesto en entredicho este divertimento y no fuera urgente un proyecto realmente inclusivo. A este paso, lo legislado en 2013 pronto será parte constitutiva de la “cultura tradicional” que canta el Barón de Claret. Es -parece añadir- el mejor desarrollo del artículo 27 CE, pues es el último; todos los niños y adolescentes están escolarizados, pero sería ridículo pretender que “lo nuestro y los nuestros” dejaran de tener “su libertad”. Ocho magistrados del TC concuerdan en que “lo nuestro y los nuestros” merecen colegios cada vez más parecidos a clubes privados de las familias escogidas, con secciones segregadas para niños y niñas, idearios particulares -incluso fundamentalistas- y subvenciones pagadas por quienes tienen “envidia igualitaria”.

Y así sucede que, en el proyecto de PGE 2018, se han reservado más de 1.484 millones de euros a fin de cultivar esa privacidad desde los 0-3 años, mientras las escuelas infantiles públicas son escasas. Este símbolo de la piña que formamos todos en la unidad del Estado es el que, a lo que se ve, encanta a muchos obispos de la Conferencia Episcopal, satisfechos con el TC. Quieren que olvidemos, sin embargo, que la fraternidad expresiva de justicia y libertad solo es aquella en que -como dice Ángel Puyol- “quienes tienen mejor posición social y los que tienen menos compartan el máximo de espacio público posible”.

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