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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

José Ignacio Wert en el IES Isabel la Católica

Manuel Menor Currás
13-Noviembre-2012

A punto de jubilarme, con los 33 años últimos de mi vida profesional en este Instituto tan próximo al Retiro, una compañera me regala el suplemento que publicaba El Mundo poco antes de iniciarse este curso, el 9 de septiembre de 2012. Después de un año de recortes extremos, con los estudiantes anunciando la primera huelga, el Magazine hablaba de “Un empollón para cambiar la educación en España”. A una gran  fotografía en portada de cuando era niño, se sobreponía otra de Wert en la actualidad, con sus 62 años, en una de las clases de mi centro. En el interior, otra fotografía del ministro a toda página, sentado en el bello laboratorio histórico de Geología, enmarcaba una habilidosa entrevista destinada mostrar sus particulares maneras de entender la educación. Suave y ligero de maneras, cuando todavía no habíamos visto el despliegue total de sus propuestas contrareformistas, hablaba entonces de su “ánimo de diálogo, de mantener todos los contactos abiertos con la comunidad educativa” (pg. 22).

Sabido es que este ministro –como otros muchos políticos actuales y pasados– no estudió en este Instituto ni en ningún otro. A sus hijos –como él mismo dice en esta entrevista– los envió al Colegio Estudio, “colegio privado no religioso, basado en los principios de la Institución Libre de Enseñanza”. Esta valoración tal vez pueda explicar que se haya acercado al final del verano –y cuando todavía muy poca gente andaba por el Isabel– al Instituto que, cuando se fundó, en los años veinte del siglo pasado, se denominaba “Instituto-Escuela: Sección de Retiro” y que, como el IES Ramiro de Maeztu –también del Instituto-Escuela: “Sección de Hipódromo” – había sido inspirado, con más certero rigor, en los ideales pedagógicos de la ILE. De ser cierta esta hipótesis, estaríamos ante un claro ejemplo de camaleonismo adaptativo. La fotografía de Wert en un lugar cargado de historia y de calidad conceptual de la enseñanza –pública– publicita una gestión discutida y crecientemente contestada, al servicio de intereses e ideología privadamente selectivos.

Puede que el Ministro no estuviera advertido: los empollones no lo saben todo y, a veces, lo saben mal. Pero esa fotografía –testigo de un utilitarismo abusivo de un bien de todos al servicio de una causa particular–, contrastada con lo que este señor ha venido diciendo desde entonces –como “hablador impertinente” que dice él mismo haber sido–, es calificable como “irrespetuosa”, calificativo que también él adjudica a su propio pasado, sin que se le hayan visto modales de “estar en camino de corregirse”, sino más bien todo lo contrario. La historia de este centro educativo, especialmente en sus primeros años –hasta que el 3 de abril de 1939 le fuera impuesto su nombre actual por los golpistas antirepublicanos–, en nada se parece a lo que Wert dice propugnar con sus réplicas en el Parlamento ni con su anteproyecto de “mejora” del sistema educativo. Por lo que le llevamos oído, y por lo que ha decretado y propuesto, tienen trayectorias radicalmente contradictorias. Los orígenes del centro próximo al Retiro tienen lugar dentro de los proyectos renovadores de la JAE (Junta de Ampliación de Estudios) para la investigación y la educación cuando ambos campos eran un erial en España. La creación del Instituto-Escuela (Real Decreto de 10 de mayo de 1918) supuso un ensayo de enorme valor pedagógico dentro de la monotonía y escasez de institutos de segunda enseñanza, y representó un ejemplo práctico de gran interés para cuantos estuvieran realmente interesados en cambiar el qué y el cómo enseñar. Entre otras novedades a las que este ministro parece refractario, destaca que su selección del profesorado fuera exquisita –como puede verse por el listado de destacadas personalidades en diversas especialidades, que impartieron docencia en esos años–; un reglamento eminentemente educativo que regía la organización escolar (R.D. de 10 de julio de 1918); que primara la coeducación y que, de ordinario, no hubiera más de 30 alumnos/alumnas por clase o que las finalidades prioritarias del sistema fueran de carácter eminentemente humanista, de acuerdo con los planteamientos de José Castillejo e, indirectamente, de Giner de los Ríos (Ver: PALACIOS BAÑUELOS, Luis, El Instituto-Escuela. Historia de una renovación educativa, Madrid, MEC, 1988).

Si se leen detenidamente las Memorias que, obligatoriamente tenía que remitir el Instituto-Escuela a la JAE, se pueden encontrar otras noticias no menos interesantes netamente contradictorias con el proceso que vive actualmente el sistema educativo de la mano del Sr. Wert. Destaca el afán por una dotación cada vez más satisfactoria para todos, en material didáctico –importado a veces directamente del extranjero–, en biblioteca escolar, en excursiones y actividades extraescolares, en salidas incluso al extranjero, en la organización de la cantina escolar..., en la creación de un ambiente de colaboración para el desarrollo de un proyecto de interés público de primer orden, en la remuneración del profesorado y en la formación de futuros profesores. Por su parte, tanto la ubicación como el propio edificio de la Sección de Retiro del Instituto-Escuela –actualmente denominado Isabel la Católica– hablan de verdadera obsesión por la excelencia educativa. Pocos solares hay en Madrid de su calidad estratégica, ambiental y económico-catastral: al lado del Retiro, del Museo del Prado y del Botánico, detrás del Observatorio Astronómico y en un entorno educativo en que ya había la Escuela de Ingenieros de Caminos y se estaba construyendo el Centro de Investigación Ramón y Cajal (hoy perteneciente a la Politécnica). El edificio en sí, con sus tres plantas, grandioso hall, 15 aulas y tres salas especializadas para dibujo, proyecciones y enseñanzas artísticas, fue inaugurado en el curso 1928-29. Pero lo mejor eran su biblioteca, en el espacio más luminoso del edificio, justo al entrar –de su dotación original se conservan todavía 2000 libros, de magnífica edición en muchos casos–, y los laboratorios de Física, Química, Biología, Geología y Agricultura. En uno de ellos, el de Geología, es donde se hizo la fotografía Wert, a contrapelo de lo que la magnífica dotación y organización de este centro público haya podido representar, tan contrario, por otra parte, a la eficiencia instructiva que este ministro defiende con su peculiar sistema de “mejora”. Los mentores de este centro público –objetivamente magnífico– querían otra rentabilidad educativa: que los alumnos/as del mismo pasaran de la experiencia a la lectura y de esta a la reflexión escrita o hablada, participada con los demás.

Es evidente que Wert no ha ido a sentarse a uno de los laboratorios históricos del IES Isabel la Católica –en origen, del Instituto-Escuela– para aprender en qué consistió una de las mejores experiencias que se han producido en la historia educativa de nuestro país, una de las de mayor calidad y exigencia también en el plano de la enseñanza pública. No parece que ese modelo le inspire nada. Tampoco parece que haya ido allí para oír y ver, dar ánimo a los profesores, alumnos y familias que actualmente trabajan o frecuentan aquel espacio académico: qué les falta, qué necesitan, qué proyectos pueden hacer y con qué finalidad, en qué haya derivado y por qué la historia ilustre de ese edificio desde los diez años primeros de su existencia. Tal vez quiera redefinir –aunque lo niegue– lo que fueron sus duros años siguientes, hasta l970, cuya Ley General de Educación le parece demasiado moderna.

No se extrañe, por tanto, el Ministro de la LOMCE de que no baste con hacerse la foto. Desentona y no da un valor añadido a su gestión política. Prueba de ello es el rechazo que suscita. A estas alturas –y cuando ya vamos por la segunda huelga general– ya sabrá que no es lo mismo dedicarse a cocinar encuestas para quien quiera pagarlas que salir bien en las que, de manera más o menos independiente, hablan de lo que uno hace o deja de hacer. Al ritmo que va, por muchas fotografías que acumule del tipo de la que le preparó El Mundo en el Instituto aledaño al Retiro, le va a costar ser aprobado por cuantos tienen interés serio por una educación pública de calidad. Y si su “diálogo” sólo está atento a lo que desean las elites, pero es sordo a las necesidades y problemas de la gente común, que no le quepa duda de que no dejarán de llegarle mensajes de todo tipo: el primero y principal es que su nueva ley orgánica sólo durará lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Podrá simular modernidad y eficiencia, pero el resultado de su gran contribución al sistema educativo español sólo será una creciente ansiedad innecesaria hacia otra nueva ley que remueva la que está promoviendo. Su adanismo creativo en esta glaciación sólo incita a recitar, una vez más, la triste elegía de Ovidio: Cum subit illius tristissima noctis imago...

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