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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

A los Reyes Magos no les es fácil tener sitio en un mundo adulto sin trampas

Manuel Menor Currás
6-Enero-2018

Esta festiva celebración cultural admite -también para el sistema educativo- variables interpretaciones. Siempre que los oportunismos no se coman las ilusiones de cambio, podrá seguirnos atrayendo como cuando éramos niños.

Lo que cuenta el Evangelio de Mateo acerca de los Magos que “venían del Oriente” y “adoraron” a Jesús en Belén (2,1-12), es tan escueto que no da para entender la prolífica imaginación que los artistas de la cristiandad han desarrollado. Algunos evangelios apócrifos fueron más ricos en material narrativo y en concreciones de la tradición transmitida: que eran tres y que poseían los dones de la sabiduría y la riqueza. Asimismo, en la imaginación de quienes la escribieron, dibujaron o esculpieron, algo contribuyeron también algunas referencias del Antiguo Testamento, alusivas al reconocimiento que el Mesías tendría de parte de reyes de Tarsis y Sabá, en Oriente (Salmo 72, 10 e Isaías 60, 6).

Baudelino y los Reyes Magos

Los evangelios canónicos habían sido fijados a mediados del siglo II (Ireneo de Lyon lo testifica hacia el 185 en: Adversus haereses), y los apócrifos trataron de llenar un vacío de conocimiento biográfico que, según destacados exegetas como Rudolf Bultmann, aquellos apenas habían procurado. De todos modos, el interés de sus textos reside, no tanto en lo que cuenten acerca del “Jesús histórico” cuanto acerca del “Cristo de la fe”; es decir, acerca de cómo algunas de las primeras comunidades cristianas creían en Jesús o le veían como Salvador. Son de diversas épocas, entre el siglo II y IV, y variados formatos, pero se conocen genéricamente como “apócrifos” por su condición de esotéricos, solo aptos para iniciados en el conocimiento de lo escondido u oculto. Esta condición pronto hizo que no figuraran entre los que supuestamente transmitían la fe oficial de la primitiva Iglesia; su fidelidad a esa historia siempre se estimó que era escasa.

Hacia mediados del siglo XII, el mito de los tres Reyes Magos ya estaba plenamente asentado. Vidrieras y capiteles, además de magníficos libros miniados, le dieron generosa acogida en la Europa creyente, y con excelente iconografía como la desarrollada en la catedral de Autun o en el cenotafio de San Vicente, en Ávila (con dos representaciones). Ha de mencionarse además, muy especialmente, que el orfebre Nicolás de Verdún inició en 1181 la elaboración de su relicario, famoso por el tamaño y riqueza de su factura. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico Barbarroja, había recibido las presuntas reliquias de los Magos en Milán -como cuenta Umberto Eco en Baudelino- y las había entregado al obispo de Colonia, en el curso medio del Rhin, donde atraerían a multitud de peregrinos. La construcción de la gran catedral de esta ciudad, iniciada en 1248, encontró su razón de ser -a lo largo de 632 años- en la dignificación de estas reliquias; en el propio escudo de armas de esa población, la más grande de Renania-Westfalia, hay tres coronas en referencia a los tres monarcas.

El Belén de Arturo Baltar

Las abundantes variaciones en torno a una tradición narrativa de cuya vigencia nadie duda permiten asombrarse ante la invariabilidad que algunos grupos quieren atribuirle. Para estos guardianes de la verdad es fundamental su interrupción y ya son varias las ocasiones en que, ajenos a tan prolífica historia, generan en las fechas previas al cinco de enero algún falso debate en torno al desfile festivo. Casi siempre interesados en exprimir al máximo la intolerancia hacia otros modos de mirar, estos poseedores de la verdad han dejado este año entre las muestras de sus afanes el vituperar que hayan sido chicas quienes protagonizaron la cabalgata en Vallecas, con la asistencia además de una drag queen. La supuesta irreverencia, con una de tantas posibles representaciones alusivas a una tradición fluctuante, trataba de ser un revulsivo en un momento en que la contabilidad por violencia de género alcanzaba límites insospechados, y en un ambiente en que pesaban las machistas circunstancias morbosas de la muerte de Diana Quer. El ruido en rasgarse las vestiduras ha querido desplazar la atención que brindaba la cabalgata. Han preferido dar su nota peculiar a cuenta de una supuesta “Navidad desvirtuada”, cuando el reciente pacto sobre este problema continuará dejando incierta su difícil solución.

Las variaciones operadas en los últimos años sobre la invención relativamente reciente de las cabalgatas de Reyes ya no tienen apenas nada que ver con lo que tradiciones artísticas como las de los belenes napolitanos han dejado inscrito en la Historia del Arte: el muy espléndido del Museo Nacional de Escultura, de Valladolid, data de 1734. Tampoco tienen apenas que ver con las formas que el Belén de Baltar -el escultor ourensano del barro, recientemente fallecido- realizó hace 50 años, ajustado a una cultura rural con la que el tan apreciado Arturo fabulaba sabiéndola en rápida desaparición. Algo similar había hecho ya el autor anónimo del Auto de los Reyes Magos -primera obra teatral de la lengua castellana, probablemente del siglo XII-, al mencionar, en sus 147 versos, oficios relacionados con la sabiduría en su momento: escribanos, potestades, abades y gramáticos.

Si hace mucho tiempo que las urgencias comerciales se han apropiado de la imaginación del escenario navideño -y sobre todo de las horas previas al seis de enero-, con más razón parece que puedan hacerlo cuestiones sociales como la intencionadamente atendida en Vallecas, necesitadas de máxima atención. La preocupación por educar -oportuna e inoportunamente- en los cánones de una mejor convivencia no debiera inquietar a nadie, por muy pegado que se sienta a supuestas esencias irrenunciables. Como parece haberlo entendido la reacción del juez a quien se había acudido en demanda de justicia en esta farisaica querella.

El cuento mágico del crecimiento

Mientras lo emborronaban todo con tales distracciones, los sustantivos mundos de lo importante quedaron inatendidos. No obstante, seguirán coleando en la penumbra, no en demanda de regalo gracioso -como suele corresponder a la fiesta de Reyes-, sino de la justicia distributiva que justifica el papel del Estado actual en la cultura occidental, hasta que acaben encontrando un desarrollo más perfecto en las actuaciones de los poderes legislativo y ejecutivo. La atención que hoy merecen en España es la de unos votantes empeñados en que el trato merecido por todos sea el implantado hace 80 años: los lapsus freudianos son muy significativos. No caen en la cuenta de que el mundo se mueve y, como antaño, les gustaría ver situados a los políticos en el lugar de los ciudadanos y que estos se situaran, condescendientes, debajo de aquellos. Con secretismos cada vez más exclusivos de muy pocos, tratan de sostener esa ficción hasta que las contradicciones hagan insostenible el anticuado artificio.

Reacios a todo cambio, zanganean con los problemas burlándose de cuanto se mueva y, soberbios ante las objeciones que de continuo les ponen los más frágiles, pretenden ilusionar al personal -como cuando creíamos en los Reyes Magos- con las cifras macroeconómicas. Pero los datos del PIB no encierran la magia de la satisfacción universal. El IPC termina el año 2017 en el 1,2%, con los pensionistas y funcionarios perdiendo -una vez más- poder adquisitivo y, según los PGE (Presupuestos Generales del Estado) del año que acaba de concluir, las pensiones sólo subieron el 0,25 y el 1% respectivamente. Y tampoco parece que en los PGE de 2018 esta situación vaya a mejorar. Con los tiempos cambiados, principalmente a causa de mala gestión y la prórroga de los presupuestos del año pasado como mínimo hasta marzo, el nivel adquisitivo de estos millones de personas va a seguir por debajo de la carestía de la vida. ¿Por qué, pues, tanto énfasis narrativo en la subida del salario mínimo, cuando es con la condición de que la economía suba un 2,5%, y no cesa la precariedad del empleo y, sobre todo, la de quienes no lo tienen? ¿A qué viene tan frívola futilidad cuando el salario que perciben tres de cada diez mujeres es inferior al salario mínimo, y han sido casi cinco millones de trabajadores los que no han tenido subida salarial en estos diez años últimos?

La objeción a los relatos del poder oficial siempre vienen de la vida concreta de las personas. Y si la mayoría gobernante pudiera verlo así, supondría un concepto limitado de sí misma y muy excelso de los demás, sin vana pomposidad. Pero desde sus sillones oficiales se sienten muy cerca de Dios mientras las vidas a pie de los ciudadanos les quedan demasiado lejos. Creen que todo está en su sitio, y cada cual en el suyo, por el bien común. Rajoy no puede reprimir, además, esta creencia alegando un supuesto “sentido común”, con el problema subsiguiente de que, por más que se esfuerce en restar importancia a lo que realmente la tiene -cual vigía guiado por una estrella-, dice cuentos que ni al más crédulo confortarían.

Un reciente Informe del BBVA asegura que, en estos años de su Gobierno, ha sido reducida drásticamente la inversión en dos bienes o derechos primordiales en un Estado Social como la Educación -hasta un 60% desde 2009- y la Sanidad, que habría retrocedido el 37% en el mismo período. Si pese a todo, y a incertidumbres como las de las catástrofes naturales, recaba la atención de la población contándole que hay un “crecimiento sostenido”, equivale a decir que los muchos atrapados en estos escenarios inciertos le importan un pito. Y que los relatos reales de los Ministerios -en especial el de Sanidad o el de Educación- únicamente han de obedecer a los intereses de las grandes corporaciones de inversores.

Y los magos

En esta fiesta de los Reyes Magos de 2018 sigue siendo buena lectura Sybil, una novela en que Benjamín Disraelí (1804-1881) reconocía en 1845 la existencia de dos ciudades tan distintas en un mismo espacio, que tienen normas vitales de difícil conjunción democrática. Ahí están, también hoy, en convivencia paralela con “los recortes” operados estos años, las noticias de Gürtel y Púnica. El poder judicial nos está familiarizando -de manera canónica y no apócrifa- con los selectos procedimientos que, en contra de la lealtad, dispusieron los magos de la política y la economía particular para hacerse con dineros públicos que, al parecer, no tenían quien los guardara. Nada de relato fantasioso sobre los Reyes Magos hay aquí ni de posible adaptación al tiempo presente, sino pura novela negra en tiempo real.

Podemos preguntarnos, por tanto, si lo que nos cuentan estos expedientes judiciales ha de tener más aprecio que las misteriosas razones que se esgrimen para justificar los acuerdos y normas que rigen el actual cumplimiento del artículo 27, respecto al derecho universal de los ciudadanos a una educación democráticamente digna. O si podremos celebrar en la cabalgata de Reyes de 2019 -como derecho exigible- que las privatizaciones y formas de subvención privilegiada a prestaciones de obligado cumplimiento para el Estado, hayan sido revertidas a una gestión pública exigente y rigurosa. Sería para seguir creyendo -como cuando éramos críos- que los Reyes Magos existen de verdad.

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