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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Las elecciones catalanas dejan en el aire las soluciones a los problemas

Manuel Menor Currás
23-Diciembre-2017

¿Seguiremos a la espera de disponer de las mayorías parlamentarias incontestables para imponer un determinado proyecto político? ¿Qué pinta ahí un Pacto Social y Político de Educación?

La que termina es una de esas semanas aciagas o muy iluminadoras que, según se mire, existen. TRUMP acabó culminando su destino manifiesto de rebajar las cargas fiscales de los más ricos de EEUU al tiempo que se cargaba la leve insinuación de seguridad social para los más débiles del país. Aquí sucedieron acontecimientos no menos significativos. Pese a lo satisfechos que casi todos estén, el resultado de las elecciones autonómicas catalanas remueve -o debiera remover- las maneras de hacer política asentadas en recios fundamentos inamovibles. Y en un orden de cosas aparentemente menor -pero indicativas de los imprescindibles cambios que una sociedad democrática actual requiere-, llama la atención que la mayoría de los adolescentes sea incapaz de identificar el machismo en la publicidad. En este ámbito del mal educado machismo, no cesan las noticias de calibre variado -como la del Obispado de Córdoba o la de los cánticos permitidos por el ejército-, al lado del prepotente refuerzo que le brindan quienes pretenden añadir hegemonía moral a la que detentan económica y socialmente.

¿Cuestión de Lotería?

El Gordo de la Lotería, ese artilugio de Carlos III para allegar recursos para las arcas del Estado en 1763 distrayendo a los ciudadanos con el señuelo de la fortuna, es incapaz de soslayar la renovada existencia de tales elementos caracterizadores de la vida actual. No viene mal recordar que la constante necesidad de no perder el sentido en medio de la barahúnda. “Reconciliar” y “reconstruir” son dos verbos de interés para el futuro de las relaciones entre catalanes y entre Cataluña y el resto de España: no vendría mal ahora no haber perdido el tiempo en desatinados desencuentros en que ni lo uno ni lo otro estuvieron en el centro de atención.

Es evidente que, mírese como se mire, estas elecciones del 21-D han mostrado, ahora con más claridad, que con la metodología empleada en estos años -y también después de la aplicación del artículo 155- el problema no sólo persiste sino que tiende a crecer. No solo internamente hay una fractura social en Cataluña, sino también en España. Mucho tendrían que cambiar las cosas para que, distinguiendo bien lo principal de lo accesorio, centráramos la atención en los problemas sociales y las prestaciones que tenemos para solucionarlos; ver en qué medida podemos fortalecer que los derechos de todos estén bien protegidos e, incluso, mejore su atención. La gran tentación, en este momento, es en cambio, seguir en la pasividad displicente y ramplona, a la espera de que, después de una siesta algo incómoda, escampe. El sueño consiste en tener una mayoría parlamentaria incontestable que permita seguir con el consabido programa de recortes y privatizaciones desviando la obligación estatal hacia los contratos individuales y que cada cual aguante sus problemas como pueda. Pretenden hechizarnos con un individualismo a tope en un Estado mínimo.

Pero no es hora de ensoñaciones. La crisis, que ya alcanza a más cuestiones que las estrictamente económicas, se hará sentir cada vez más en sus dimensiones sociales y políticas mostrando crecientemente la colisión de intereses entre lo privado y lo público. Es la hora de hacer política, con mayúscula, y no vemos en el horizonte más que fingimiento, brutalidad y aborrecimientos arcaicos. Lo de Trump -igual que no hace mucho lo de Reagan y Thatcher- tiene buenos discípulos en la España incapaces de ilusionar. Tiene, además, grandes imitadores en los más o menos anónimos transmisores fervientes de violentos micromachismos que enturbian la sana convivencia en las redes sociales, en la vida laboral cotidiana y en ámbitos institucionales teñidos de viejunos hábitos no sólo coloquiales. Son los esencialismos preciosistas de dominación transmitidos por las pautas aprendidas en los circuitos formales e informales de la educación correcta, la misma que niega valor a la Educación para la convivencia cívica.

¿Feliz año nuevo?

Esa calma boba que parece dominar la sensibilidad en que se mecen los últimos pasos el Pacto Social y Político de Educación -donde yacen aparcados asuntos también inefables, como si de algo intangible se tratara- es el mejor paradigma de la burocracia que se ha aplicado en Cataluña y que corre el riesgo de repetirse en este terreno, tan propicio también a la esquizofrenia. No hacer nada que merezca la pena, sólo aquello que deje la situación como estaba, bunkerizada y pudriéndose, es el culmen de la ilusión hipócrita. Y, claro, ha llegado la Navidad y hemos de aparentar que somos felices y desear que los demás lo sean. ¡Ojalá fuera verdad y que dentro de un año podamos celebrar que 2018 haya sido un año realmente nuevo!

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