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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Censura, miedos e ignorancia limitan una educación que potencie la convivencia

Manuel Menor Currás
2-Diciembre-2017

Muchos responsables invocan la importancia de la escuela española en vano. Procuran que camine aceleradamente hacia el individualismo y que no sea un espacio para construir algo de todos.

La cadena perpetua impuesta a los ejecutores de “los vuelos de la muerte”, que durante la dictadura argentina se llevaron por delante a cantidad de opositores y sus familias, ha suscitado en los medios españoles reacciones entre las que sobresale la del horror por los crímenes ahora oficializados, cuando ya todas las abuelas de mayo y no pocas madres también han muerto. Casi todos han reconocido el derecho a saber de las víctimas y se han referido a sus ejecutores como “torturadores de la dictadura”. Cuando, sin embargo, mencionan demandas de asociaciones españolas en demanda de dignidad y memoria para lo acontecido aquí en la guerra y postguerra, todavía suelen dar voz a cuantos ponen como excusa para obstaculizar tales intentos el pretexto de no “reabrir viejas heridas”. Doble vara de medir, hipocresía, ley del embudo y el relativo color del cristal con que se mira: todo en uno, muy acorde además con lo aprendido en el seno de las familias y en la escuela.

La herida de la censura

El precio a pagar por cuantos se ven atrapados por este tipo de pautas selectivas de conducta suele ser altísimo. Los docentes o periodistas que, por deontología profesional, se han visto obligados en conciencia a escribir o hablar sobre cuestiones conflictivas han podido ver cómo era vilipendiado su trabajo, por muy documentado y contrastado que estuviera el modo de explicar el resultado de su investigación. Las maneras siguen siendo muchas, desde el silencio al insulto y desde la banalización al despido si la opinión no se doblega a quien paga o controla. En televisión y prensa es muy frecuente, sin que la pérdida de prestigio del medio cuente como objeción a esta práctica configuradora de la opinión de los demás. Cuando gobierna la derecha pura y dura -confiesa el Gran Wyoming- la censura es absoluta: no se puede hablar; lo ocurrido en Telemadrid o Canal 9 se parece más a lo que sucedía en la etapa franquista que a una democracia. Y cuando gobierna el centro izquierda, hasta un poco de autocrítica les asusta. Lo hemos visto en muchas ocasiones, y no solo en asuntos fuertes como el de la OTAN o la guerra de Irak; también en otros más recientes, como el itinerario del PSOE desde hace más de un año, los papeles de Bárcenas y muchos otros.

Esa estructura, que muchos periodistas conocen muy bien -por cómo han sido apartados de los espacios más visibles en tales momentos-, se repite en muchos otros ámbitos y tertulias, en que la autocensura impone un autocontrol estricto. En la secuencia escolar, todavía sigue vigente como currículo oculto que lo primero que debe aprender un estudiante -dígase lo mismo de toda persona que inicia cualquier trabajo asalariado- es conocer a su profesor. Exámenes hay, pruebas de selectividad y hasta oposiciones, en que ese saber es principal para no quedar fuera de juego. Fácil es en tales ocasiones tener problemas por optar abiertamente por tesis que, sin ser controvertidas entre los expertos, no han penetrado en las mentes de quienes por azar u oficio juzgan y deciden. ¿De dónde surge, si no, la duda de que la Audiencia Nacional haya exprimido la eficiencia de su Reglamento en asuntos que atañen al PP?

La herida del pánico

En la propia vida interna de los centros educativos se han vivido en estos años acontecimientos similares, expresivos del pánico a deconstruir lo asentado en mala información. Aparte de que bastantes de ellos continúen titulándose con nombres cambiados del que fuera original, la pretensión de exhibir aniversarios impolutos ha deparado no pocas sorpresas. Ha confrontado maneras de recordar, ajenas al imprescindible reconocimiento del conflicto de la guerra civil, y ha decantado posiciones irreconciliables. Esas cuantificaciones que suelen motivar conmemoraciones -cuando se pasa de los 50 a los 75, 100 o más años- no siempre significan madurez ni que se haya evaluado el camino recorrido. A veces, solo conllevan equidistancias de la nada, cuando no infantilismos escondidos en los repliegues intencionados del olvido.

No todas las experiencias en este terreno son como la que aparece en María Lisboa. El título de este bonito fado portugués, es el que adopta un relato de Ángel Chica en que cuenta lo bien que se desarrolló una de estas conmemoraciones, la del Instituto Giner de los Ríos en la ciudad de la desembocadura del Tajo. Según la Gaceta de Madrid, del 21.09.1932, había sido creado por Orden Ministerial el día 12 de ese mismo mes. La celebración de su 75º aniversario brindó a su comunidad educativa una magnífica ocasión para el desarrollo de los mejores valores que pueden derivarse del conocimiento. Otros casos ha habido, sin embargo, en que ha primado la ignorancia manipuladora: el mero recuerdo de los contrastes diferenciales que se pudieran plantear en cuanto a métodos y organización, y cómo el paso de los años había sido de retroceso, ha servido para sostener la incomprensión intolerante. Por extraño que parezca, también en un mismo trabajo educativo existen preocupaciones distintas, muy difíciles de aproximar y, como en otras profesiones, a veces las decisiones operativas penden de quienes no ven en el pasado lección alguna: como si en cuestiones innovadoras nada hubiera existido antes de que nacieran.

Cuanto acontece en los centros educativos es muy representativo de lo que sucede en la sociedad. Ahora que las redes sociales lo invaden todo, y la confusión es creciente, aumenta la preocupación institucional contra los posibles ataques informáticos de terceros países. Incluso se avecinan mayores controles sobre cuanto circula en Internet con el pretexto de frenar ataques personales. Es evidente el desmadre que mueve a muchos usuarios a emplear este medio para emitir todo tipo de inconveniencias que, habitualmente, suelen tener que ver con excelsos grados de narcisismo e imbecilidad, como se ha podido ver en el caso del juicio de “la manada”, cuyos chicos fueron calificados como tales por su propio abogado. Pero también es de gran relevancia la aportación que estos medios han hecho a nuestras vidas y bien merece -como todo avance técnico- que se cuide la educación de su instrumentación si ha de conjugarse su provecho individual y social.

El dirigismo moral

Lástima sería que, igual que sucedió con la imprenta -“maravilloso arte de escribir”, como fue llamado el de Gutenberg en 1455-, viera muy limitado el equilibrio entre su facilidad de uso y el derecho o la libertad expresiva de todos. En aquel entonces -y con distintas variaciones de intensidad limitadora hasta hoy-, ya en 1487 el papa Inocencio VIII quiso mantener la tipografía al servicio de la fe, exigiendo su autoridad censora o la de sus obispos sobre cuanto se editase, un control que por otra parte pronto se convirtió en importante fuente de financiación también para la Corona. Al Nihil obstat le siguió enseguida el Index librorum prohibitorum, que tuvo vigencia entre 1564 y 1966 para delimitar la ortodoxia y la heterodoxia. Con la Inquisición, que originada en el siglo XII se había extendido a toda España entre 1478 y 1821, Iglesia y Corona constituyeron un enorme y prolongado instrumento de poder. Tanto, que la Iglesia procuró que su envidiable dirigismo en lo que se debe decir y enseñar continuara vigente de diversos modos. Cuando el Antiguo Régimen ya había declinado en Europa, aquí el Concordato de 1851 y el posterior de 1953 lo exigieron tanto que condicionaron las sucesivas leyes educativas. Y los vigentes Acuerdos de 1979 sostienen todavía esa preeminencia privilegiada, como se ha encargado de refrendar la LOMCE en 2013. Los años de la postguerra propiciaron, además, que los otros soportes expresivos también fueran vigilados de cerca. El cine, el teatro y las canciones, las revistas y la prensa, fueron objeto predilecto de ese afán de control infinito para que la ciudadanía no se disipara con asuntos que la desviaran. Aquellas calificaciones de las películas -que con tanto celo inició en junio de 1940 la CONCAPA, en las fichas FILMOR- ya trataron de orientar a los padres de los adolescentes antes de que la propia Iglesia estableciera una oficina especializada en baremar su proporción de“peligrosidad”.

Eppur si muove

Así se ha construido el aprendizaje actual de los españoles y por ahí siguen algunos derroteros nostálgicos. De nada sirvió la equívoca Ley de Prensa de que presumía Fraga en 1966: apenas modificó la arbitrariedad discursiva del NODO desde 1942 o la que empezó a difundir TVE en 1956. Tantos años en lo mismo -como si nada debiera cambiar, pese a lo pactado el 06.12.1978- no es de extrañar que hayan llevado a Rajoy a no saber por qué habrían cambiado el nombre de la calle donde había vivido en Pontevedra. Su particular “sentido común”, y lo que considera “normal”, sigue anclado en los moldes de antes. Galileo, al menos, cuando en junio de 1633 tuvo que firmar lo que le pusieron delante sus inquisidores, supo zafarse con una restricción mental que le libraba de comulgar con ruedas de molino.

El problema va a ser cuando, acrecentada la desinformación, como parece que vaya a suceder, pues ya el 86% de los españoles no distingue las noticias falsas de las verdaderas, mientras grupos, supuestamente muy concienciados, no cejan de enseñar desde su púlpito los fundamentalismos montados en torno a una perspectiva de la Naturaleza anclada en un pasado acientífico, sin que sean desmentidos sino animados. Y cuando algunas organizaciones afines a esta perspectiva misógina jalean tales pronunciamientos y, por si acaso se cambiaran algunas disposiciones vigentes en la LOMCE, ya preparan su oposición alborotadora y ruidosa.

No contentos con que casi un tercio de alumnos y alumnas vayan a sus circuitos privados o concertados de educación escolar, les parece poco que haya un centenar largo de colegios que individualizan ya por género a sus educandos/as. Y les da igual que esta separación se extienda igualmente a los trabajadores unisex de algunos de estos centros. A estos apóstoles y a quienes les protegen no les importa que los roles sexistas que potencian contribuyan a seguir construyendo una desinformada sociedad, más individualizada, en que los abusos y la violencia cundan al amparo de una supuesta superioridad masculina. Son indiferentes a que que un tanto por ciento de adolescentes, que también ronda el 30%, piense que la violencia dentro de las relaciones de pareja sea “normal” o que los celos son una señal inequívoca de amor mutuo. Anhelan, sin embargo, y por ello pelean, que sostengamos sus chiringuitos con nuestro dinero: lo conseguido en la LOMCE les parece poco. Tienen en Administraciones tan importantes como la de la Comunidad de Madrid, devotos seguidores que se toman como obligación secundarles fielmente: en los presupuestos de estos años últimos se puede ver cómo los apoyos a estos centros educativos que segregan por sexo ha alcanzado ya bastantes millones de euros, como si no hubiera mejor objetivo en que gastarlos.

Los orígenes

Lo afirma Milagros Pérez Oliva: “los estereotipos sexistas no vienen de la luna”. Y la desinformación interesada tampoco. Algo ha detectado Facebook, que ya da consejos para detectar falsedades en su propia red. Nuestro MECD todavía no lo ha hecho ni parece que vaya hacerlo, ocupado como anda en la flexibilidad profesoral del profesorado: uno de cada tres profesores escolares ya es interino en alguna Comunidad autónoma y, en la universidad, tiene departamentos donde se supera ampliamente la ratio de provisionalidad. La última reunión con los sindicatos, a propósito de los acuerdos de empleo ha sido un fiasco. Y con su protección de la interferencia continua de la creencia particular en la racionalidad de una gestión democráticamente equitativa en las cuestiones educativas principales, vacía de sentido democrático el sistema educativo, de modo que no parece que se pueda ir muy lejos ni en convivencia ni en solidaridad. Falla de raíz, y lo que de verdad construye, no es la autonomía personal sino un sinsentido que, en la medida en que se haga común, acelerará más la cerrazón individual. Se cumplirá el sueño neoliberal.

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