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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La mala educación de lenguaraces machistas ataca a Manuela Carmena

Manuel Menor Currás
20-Noviembre-2017

Con la jauría prepotente que actuó en las fiestas de Pamplona 2016, constituyen un mal síntoma de convivencia. Pocos parecen, pero atemoriza su afán de que volvamos a ser manada.

Nada es lo que parece hasta que la endeblez se muestra con toda crudeza. Hay ocasiones en democracia en que, de modo aparentemente insólito, aflora una realidad torpe, ignorante, plagada de prejuicios y enormes dosis de desprecio hacia cuanto no coincide con lo obsoleto. Buena parte de la “violencia simbólica”, ese conjunto de pautas opresoras de los demás a cuenta de que uno siempre tiene razón en sus valores, aunque pertenezcan todavía al Paleolítico inferior, tiene sus mejores momentos expresivos en tales circunstancias.

Gracietas machistas

Entre los españoles suele predominar, a estas alturas de la Historia -y a contrapelo de lo que algunos quieren-, la tolerancia y el respeto mutuo. Pero son suficientes algunos ingredientes que alteren la modorra cotidiana para parecer propicios al guerracivilismo cruel. Y todo porque las meninges de algunos especímenes se alteran profundamente al tener ocasión de expresarse. No son pocos entonces los que se desatan en profundidad y embisten, demostrando al resto que se van a enterar. Ahí están ellos para poner las cosas en su sitio. En esos momentos, la cruzada que estos impacientes llevan dentro les suele desbordar, y la tendencia a repetir los garrotazos que tan bien dibujó Goya desbarata toda mesura y la buena educación de que osan presumir. No es infrecuente en tales ocasiones que concurran dos circunstancias adicionales: la disponibilidad de un medio aparentemente anónimo, como las redes sociales, y la supuesta provocación que les representa cualquier opinión, actitud o diferencia. Ajena, especialmente si proviene de alguien a quien tachan de inferior. Su sensibilidad -indefinidamente adolescente- se desborda ante las prestaciones de Twiter o Whatsapp para trasladar sus grandiosas torpezas a los correligionarios. Estos soportes dejan de ser neutros en sus manos e, inmediatamente, desparraman improperios, invectivas, insultos, amenazas y sevicias con tal de dejar por los suelos a quien consideran culpable de haberles herido por no haber sido complaciente.

Comportamientos de este tipo empiezan a edades tempranas en modalidad a menudo consentida e, incluso, jaleada. El colegio o la escuela ya son espacios propicios para el ensayo de estas violencias micro o maximachistas. De todo hay en los años escolares -no meros juegos de niños- y más de un suicidio adolescente se ha desencadenado en este escenario en que el agresor pretende pasar como gracioso, pero a cuenta de los más débiles de la clase. Y cuando los iniciados en estas gracietas crecen, de aquellos polvos estos lodos. Les desbordan los resabios de mala crianza, el descontrol de la racionalidad en convivencia y la creencia -cada vez más absoluta- de que los equivocados, idiotas y subnormales son los otros, que no saben jugar como ellos y les recriminan su conducta. También van aumentando las ocasiones para el disentimiento e intolerancia, al mismo ritmo que se les desboca toda concordancia entre fuerza física y desarrollo neuronal. Las cuestiones de género les alteran, pues consideran a la mujer menor de edad, sólo la entienden sumisa y paciente, y objeto de presa pues “la vieron primero”. Las de carácter territorial les desorientan, pues no hay en el mundo pueblo, región o nación similar a los suyos. Las de índole simbólico-religiosa les son míticas, ya que no hay virgen como la de su comarca… Sucesivamente, las circunstancias vitales les brindan mil ocasiones para mostrar su desconcierto, por más certeza que muestren en la barra del bar, como si del lejano far-west se tratara. Algunos llegan a puestos de superioridad jerárquica o administrativa sobre los demás.

La Historia no suele servir para casi nada ante tales comportamientos. Sólo ayuda a comprobar que, en determinadas situaciones en que la vida colectiva se tensa, crecen las ocasiones demostrativas de estas violencias y todo tiende a repetirse. Con la gravedad de que estos individuos aceleran esa equivocación, en medio de la muy frecuente pasividad consentidora de los demás. Y en este momento actual -en que ya existen demasiados episodios similares en Europa, con formas de expresión machista e interpretaciones neonazis de la sociedad- son estos mismos individuos quienes tratan de vaciar de sentido los llamamientos a la tolerancia y a las formas pacíficas de convivencia como signos de dignidad y desarrollo humanos. Vivimos un tiempo convulso, en que puede ser difícil distinguir qué merezca la pena.

El chat de los guindillas

Las situaciones que está provocando la cuestión catalana entre participantes, nativos y próximos, están teniendo demostraciones palpables de sinsentido: la energía derrochada bien debiera emplearse en algo favorable al mejor entendimiento. Colateralmente, y mezcladas con otros prejuicios y rencores de difícil acomodo, hay quienes aprovechan para enturbiar más con malos modos. Intentando manchar a personas e instituciones muy dignas de aprecio, quieren vengarse de su logrado prestigio. Sólo ellos se sienten capaces de hacer justicia poniéndolas donde imaginan les corresponde, lo que hace más lamentable que Manuela Carmena tenga que sufrir lo que no se sabe con los insultos de quienes, supuestamente, debieran respetarla. Son policías municipales los que han puesto en circulación en un chat porquería odiosa. Nadie les ha obligado a pensar como la alcaldesa, pero han aprovechado el supuesto anonimato para agredirla y, de paso -por muy protegidos que se hayan sentido detrás de una gorra de plato y una porra, a la inteligencia y paciencia de sus conciudadanos. Ni el anonimato existe en las redes ni ofende sino quien puede. Si algo merece esta alcaldesa -independientemente de que se esté o no de acuerdo con sus criterios- es respeto y aunque las mentes enfermas no lo sepan, también admiración. La mención a la matanza de Atocha en enero de 1977 es de ignorantes de que la democracia en España costó bastante más de lo que este parloteo de señoritos malcriados se imagina. Carmena estuvo, y muy activa en aquellos despachos laboralistas, exponiéndose para que las pautas grises en que se desarrollaba la vida laboral desaparecieran; mencionar que es una pena que no la hubieran asesinado como a sus compañeros, es una agresión que solo pretende atemorizar a toda la ciudadanía. A sus 73 años, hay que ser muy joven para aguantar a gente como esta que parece se encontraría más a gusto con la estulticia generalizada de quienes no quisieron aceptar la libertad política. Hasta los más zotes saben, además, que esta alcaldesa es honrada, que no ha llegado a Cibeles viviendo del cuento, y que está muy bien preparada para el cargo que desempeña.

Asuntos sin resolver

La cuestión pendiente, en todo caso, es cómo eliminar estas lacras que, a lo que parece, tienen buenos patrocinadores y algún que otro buen adoctrinador intelectual. Con las noticias que a diario nos muestra la prensa acerca del maltrato infantil, la brutalidad en el ámbito familiar, el abuso sexual, los gritos, insultos, desprecios y amenazas de superiores a inferiores….. ¡Cuánta violencia gratuita! ¡Cuánto maltrato improcedente! ¡Cuánto dolor sin sentido que merece la pena prevenir y erradicar! Aristóteles hablaba de que en la POLIS lo propio es el “gobierno de libres e iguales”. En aquella Atenas del s. IV a.C. la democracia era muy leve todavía y, sin embargo, el filósofo ya reclamaba para todos los ciudadanos una misma educación, “común y no privada”. Entendía él que “el entrenamiento en los asuntos de la comunidad ha de ser comunitario”, porque en democracia todos nos debemos “al cuidado del conjunto”. Las lacras a que aludimos, y que a menudo se manifiestan de muchas otros modos -como demasiado bien saben los diversos por color de la piel, sexo, cultura, discapacidad o discriminación económica- solo son erradicables a partir de una educación digna para todos. Una democracia del siglo XXI es imposible sin una muy buena educación de todos. Los recursos ahí invertidos son los mejor empleados. Si no lo creen así, la opinión es libre, pero el caso de Pamplona que estos días se juzga y lo protagonizado por estos guindillas madrileños es un anticipo para atisbar a dónde nos conduce la ignorancia -que no virtud- de los prepotentes.

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