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Domingo, 24-Septiembre-2017 - 10:35 h.
LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La vuelta al cole arrastra serios problemas, exigidos de otros planteamientos

Manuel Menor Currás
2-Septiembre-2017

¿Qué pasa con la Naturaleza y la sociedad en que vivimos? ¿Qué pasa con los comportamientos idóneos para que ambas sean sostenibles y gratas? ¿Qué educación queremos?

Termina agosto de 2017, un mes que, tanto si se mira desde la perspectiva de los incendios forestales como desde los atentados en Las Ramblas y Ripoll, ha sido pródigo en calores y acaloramientos. Estamos ya en septiembre, tan propicio al estrés postvacacional como a reiterar rutinas proclives a que los desmanes de todo tipo y la sinrazón se sigan imponiendo como cansino hábito de conducta: lo que sigue molando es lo que no desentona de lo consabido. Ahora, mejor que antes: hay más facilidades para vociferar pronto al más leve indicio de desacuerdo razonado con lo trillado.

Frágil Naturaleza

Habituales en verano desde hace décadas, los incendios -en su mayoría provocados- son cada vez más temerarios y tienden a tener mayores proporciones. De las 39.000 Has. calcinadas este año -casi la mitad de lo que había ardido desde 2006-, lo sucedido en La Cabrera leonesa o en la comarca de Verín y alrededores no sólo muestra una tradición muy asentada. Habla también de una despoblación crecientemente acelerada, de una demografía envejecida, de unos campesinos hartos de abandono y desidias. Esas son las causas de que amplias áreas de la España vacía resulten insostenibles, similares a Laponia. Y a ese proceso de vaciarse en que está inmersa la Península -más allá de lo explícito en el libro de Sergio del Molino-, ha de sumarse más pronto que tarde otra dinámica ya en marcha y también muy rápida, la del cambio climático. No es que en este julio o agosto haya habido más calor que en otros meses del año: hasta ahí el clima sigue su pauta habitual en nuestro hemisferio. Es responsable, eso sí, de los fenómenos de calor extremo que se han producido y de que esas intensidades se estén repitiendo con más frecuencia estadística de la acostumbrada. Según Guillermo Altares, lo del Huracán Harvey en Houston y en su paso hacia Louisiana “es sólo el principio”. Por más que no nos guste, el cambio climático está acelerando alteraciones potentes de la vida vegetal en esas mismas latitudes, como puede verse en las plagas que la sequía ha inducido en los robles de extensas zonas de la Galicia con clima de transición mediterránea, sobre todo al Sur de Lugo y buena parte de la provincia de Ourense: las zonas del desierto demográfico gallego. Urge en estos asuntos primordiales una conciencia bien distinta de la dominante que promueven, entre otros, personajes como Trump o las dejaciones de algunas administraciones.

Débil convivencia

En el plano más estrictamente convivencial, los atentados yihadistas en Cataluña han ocasionado exhibicionismos demasiado acalorados que, en una interesada perversión política, han utilizado los muertos a conveniencia. No sólo es que, como Gregorio Morán asegura, se evidenciaran muchos fallos de unos y otros, amén de problemas de alguna prensa, contradictorios con la honrada deontología periodística. A Rajoy le han valido para sepultar muchos de los problemas que arrastra en relación con la corrupción y, de paso, evadir responsabilidades que pudiera exigirle el Congreso de Diputados, amparándose en el recuento numérico de quienes le apoyan. Tampoco han faltado quienes, en nombre de una supuesta exclusividad moral superior, han reclamado respuestas responsables a las conciencias que, en nueva cruzada, debieran sentirse humilladas por presuntos izquierdismos cooperadores del mal. Afortunadamente, no todos los curas han reaccionado como Santiago Martín, el recobrado predicador de otrora en TVE. Otros se han dirigido a la Conferencia Episcopal para que el Canal 13TV en que pone esta sus dineros suprima tertulias que suele promover, pues “dañan la convivencia”.

Septiembre, con más problemas de los previstos, acumula así suspensos y repeticiones, por más que quieran taparse tras una inexplicada precariedad del empleo mientras se realza falazmente un dudoso crecimiento cuantitativo. El utilitarismo de la satisfacción, acomodado a tradicionalismos medievales, hipervalora las genealogías de matamoros. Y acrecienta mucho, además, el número de quienes, ajenos a su propio pasado, se envanecen de ignorar que también ellos son o han sido -en reciente generación- migrantes del interior peninsular o que tienen deudas con el exterior. Tanto olvido, sumado al excesivo abandono de la razón en los asuntos que nos atañen a todos de cerca, puede ser motivo de mucha risa. El reencuentro en septiembre con la realidad suele tener esta tonta expresividad, acompañada de un ambiguo ¡ojalá no vuelva a repetirse!

Esperanza de la educación

Más prudente sería que el final de las vacaciones indujera a propósitos más eficientes. No es que por jugar con fuego podamos pagarlo en un siguiente episodio terrorista, como sugiere Íñigo Sáenz. Pero sí sucederá que si no nos arrepentimos seriamente de las oportunidades perdidas de hacer un país más coherente, más solidario y menos desigual, todo será peor. También climáticamente, por más que nos lleven visitados este año 47 millones de turistas. Como todos los años, septiembre es el momento de la vuelta al cole y a los preparativos que ello comporta. Si la mirada se pone en la necesidad de un buen aprendizaje para todos, este año debiera conllevar el repensar seriamente las políticas sociales, las educativas en particular, indispensables para una buena relación con el hábitat y con quienes lo habitan. Con el pretexto de la crisis, han sido desmanteladas o están en proceso de seguirse desmantelando para imponer textos normativos reduccionistas de los derechos de todos. Esto es lo más desconsolador, y que debió corregirse antes de la desolación por sucesos como los de este verano.

Dedicarse a echar balones fuera sólo aprovecha a los botafumeiros insoportables del poder instituido. Viven de propugnar que nuestra estructura educativa mejorará sustantivamente, al parecer, con el aumento de las privatizaciones, la reducción de recursos en la escuela pública, la inestabilidad de la estima de los docentes, el control de las evaluaciones externas y similares inventos adaptativos de las medidas que muchas empresas emplean para una gestión que acreciente, al amparo de reformas laborales indignas, la cutre provisionalidad de la protección social de todos. Sabedores por experiencia de la eficiencia de tales políticas, también aumentan los que, como Marcelo Soto, -y similarmente a quienes defendieron en el siglo XIX la escolaridad universal- indican que los recursos invertidos en educación son los mejor empleados “para detener el horror, porque si hay alguna forma de lograrlo es la cultura y el conocimiento”. No es gremialismo. Eso mismo dicen significativas instituciones que vienen avisando de los riesgos que genera la desigualdad que reproduce a diario nuestro sistema escolar. Si no se enmiendan las derivas desestabilizadoras, todo lo sucedido este verano habrá sido en vano: los lamentos se los llevará el viento y se impondrá el necio fariseísmo.

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