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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

El plan quinquenal del PP -el no va más- se abre paso prodigiosamente, comprando voluntades con sus Presupuestos

Manuel Menor Currás
5-Mayo-2017

Montoro, adoctrinante, ha recordado a quienes han discutido su entusiasmo “social”, que lo suyo no era de antes del muro de Berlín -como ellos-, sino magnífico signo de “la libertad” posterior.

Estos días, han vuelto, como en el western americano, el bueno, el feo y el malo, en versión que Clint Eastwood no desdeñaría. Lo que debería ser es una rareza, y lo que no debiera existir se impone como norma pragmática de convivencia. El poder desregulado trata de imponer lo segundo, sin recato y manipular a la ciudadanía, como ha podido verse con la “borrachera” presentadora de los Presupuestos Generales del Estado (PGE). Tan educadora ha pretendido ser que la “responsabilidad”, la “libertad”, la “igualdad de oportunidades” y “el bien común”, ya valen para cualquier cosa dentro de un orden -moral y político- que se pretende inamovible a pesar de toda evidencia en contrario.

El bueno

Ha sido fortuito y, como casi siempre, excepcional. Afortunados serán cuantos tengan alguna experiencia similar a la que tuve en suerte con el orensano Luis Álvarez Tejada: amigo desde la infancia, leal aunque no estuviéramos de acuerdo, siempre atento a cómo le fuera a uno la vida, aunque a él no le sonriera. Acaba de irse justo cuando más necesario era, como siempre se va la buena gente. Desde hace 38 años, siempre que podíamos quedábamos en nuestra ciudad para seguir charlando. Imposible hablar de todo: siempre quedaba algo pendiente para darle a la hebra otro día. Igual que, cuando pequeños, nuestras madres nos incitaban a estudiar pese a las dificultades, porque mañana tendríamos la satisfacción al esfuerzo por salir adelante en una vida mejor que la que ellas habían tenido… Siempre quedó pendiente algo para un mañana. Hoy, futuro de entonces, aquel mañana se lo ha llevado.

No sé si en algún momento de este hoy hemos aprendido más que en los largos años de aquel pasado. Pero sí sé -y lo comparto con otros que le trataron en su actividad social- que nadie nos podrá quitar los aprendizajes lentos de tantas conversaciones y lecturas discutidas apasionadamente. Ni se podrá poner en cuestión que no hubiéramos puesto coraje en tratar de comprender qué pasaba en aquel pequeño Ourense como parte del mundo. El alto precio por la libertad individual -la distinta de cada cual- solo pudimos pagarlo con esos mimbres en que la amistad fiel, construida de constancia, franqueza y estima mutua, ha merecido la pena. Por eso, será difícil recorrer de nuevo la ciudad donde crecimos sin poder seguir entreteniendo el tiempo con la posibilidad de volver mañana a las preguntas pendientes de hoy. Algún modo debería haber de poder contar al buen amigo Luis cómo siga esto y que se asombrara de si habrá cambiado algo en lo que más nos ha importado siempre o si, por el contrario, seguirá siendo difícil que algo cambie en lo que quede. Deberé intentarlo, pues se lo debo.

El feo

En estas andábamos y apareció el feo. La fealdad no es casual: la ponen para que se entienda mejor de qué va todo y lo difícil que es arreglar algo. El feo de la película, aunque a veces presuma de jocoso, es de amnistías eminentes con apariencia de bondad al que los obsequiosos aduladores siempre ríen porque parte el bacalao. Montoro lo sabe y saca pecho en su comparecencia como si fuese un magnífico tribuno, aunque harte ex catedra a cuantos disienten de sus estadísticas numéricas, de su aritmética y hasta de su economía política. No es suficientemente ignorante para que sus ironías de distanciamiento le ayuden a convencernos. Se entiende demasiado bien qué quiere decir cuando alaba que lo suyo no tiene ideología porque sólo trata de sacar adelante este tinglado presupuestario e incentivar el “crecimiento”. Todo el mundo traduce que lo que quiere es que no se alboroten quienes se pueden alborotar: el resto, aunque sea la inmensa mayoría de los votantes, le trae al pairo. Mal ejemplo, pero es lo que da de sí ser el feo de la película.

No es fácil pretender ser el bueno si se tiene que ser prestidigitador en un escenario prestado: malo si te mueves y peor si te quedas quieto. Pero claramente se va de feo cuando quienes le oyeron en la presentación de los PGE escucharon como si lloviera, a conciencia de que les estaba robando la cartera mientras les insultaba con lo de “irse de copas”. En un asunto tan delicado como las prestaciones sociales inatendidas o vilipendiadas, acusar de vicioso y libertino a quien exige un derecho es un sucio trampantojo que viene de lejos. Hasta América exportamos este artilugio justificativo de todo tipo de desmanes. Y así, a finales del XVIII, un medio indígena renegaba de los suyos diciendo: “No negamos que las minas consumen número considerable de indios, pero esto no procede del trabajo que tienen en las minas de plata y azogue, sino del libertinaje en que viven”. Según algunos investigadores, sólo en el cerro rico de Potosí, en tres siglos perecieron ocho millones por las condiciones de esclavitud a que estuvieron sometidos.

Con este paradigma moral, ya tenemos aquí los presupuestos más “sociales” de toda la Historia de España. Qué entienda este dómine por “sociales” o qué por presupuestos ya es pura hermenéutica. Tenemos menos ingresos y hay que recortar otros cinco mil millones y medio, por lo del déficit de unos señores innominados. Por poner un ejemplo, lo dedicado a Educación este año es similar a hace 20 años -aunque aumente un 1,7% insuficiente-, con el agravante de que nos alejamos todavía más de la media de inversión europea. No importa. La aritmética del ministro de Hacienda es imperturbablemente tramposa ante sus afirmaciones, según él nada ideologizadas, en que todo entra en un mismo saco indiferenciado, sin aparentes distinciones discursivas entre público y privado, ni entre términos absolutos o relativos.

En este papel de feo ejemplar, a Montoro no sólo le toca contradecir sin rubor lo que decían hace nada a propósito del cupo vasco -instrumento ahora equiparable al 3% de otros mecanismos de compra de voluntades-, sino que, además, tiene que hacer ver que, por “responsabilidad” y “confianza”, estos presupuestos deberían convencer a sus oyentes del Congreso, pese a la dudosa credibilidad de su partido. En fin, confundir la “economía política” con la “política económica” es un mal que ya fue advertido en el siglo XIX español hasta por Cánovas del Castillo, cuando se estaba iniciando el paso hacia un Estado Social de derecho. Sus seguidores más fieles se han quedado en seguir exigiendo que entendamos el conservadurismo político y económico como el modo mejor de atender los intereses generales de todos y que, a cuenta de ello, admitamos recortes y limitaciones a los derechos constitucionales. De hecho, lo que mejor evidencian estos PGE es lo bien atendidos que quedan los intereses y exigencias de los que tienen más poder económico. Cualquier otra sugerencia solo le trae a la memoria a Montoro la ucronía de los planes quinquenales de la URSS. No admite que, dentro de su quinquenio en la gobernanza del Estado, su gran objetivo neoliberal haya sido lograr que la gente tragara un poco más cada año. Igual que entonces se tildaba al discrepante de comunista, rojo y otras lindezas insultantes, ahora se ha puesto de moda el “populismo”. Y mientras, a los mortales de a pie -otro mundo- se la refanfinflan estos dimes y diretes que no tienen en cuenta sus necesidades y les dejan fuera de juego.

Y el malo

Y este es el gran problema: cuando la masa crítica de desatendidos en la conversación política crece en demasía puede pasar de todo, porque es el momento del malo, el hombre del saco de cuando éramos pequeños. En este momento, ya actúan ante nuestros ojos ejemplares perfectos de lo que no queremos: este año no ha sido mala cosecha de machistas, malotes y neofascistas, amén de la muy selecta en corruptos y mafiosos a cuenta de los dineros públicos de todos. Vimos no hace mucho a Trump ascendiendo a la Casa Blanca. Este domingo, día 7 de mayo, se dirime en Francia, más bien la elección entre un malo y una mala. Votar con la mano, pero con la nariz tapada, es cada vez más una repetición y, en este caso, tanto el uno como la otra dejan mucho qué desear. También en la dulce Francia son tantos los encolerizados, tantos los indignados atrapados en la disyuntiva de una insatisfactoria decisión de voto, que se generará una profunda desafección. Probablemente gane Macron, pero eso no significa que un muy elevado número de franceses vaya a tener la sensación de que su Estado no les ha abandonado en manos de unas fuerzas que no controlan. Qué vaya a pasar con los ideales republicanos será una cuestión que, aunque gane un Macron muy arropado dentro y fuera de Francia, no será capaz de proteger.

Esa huella de lo que ocurra en Francia, tan próxima siempre a los avatares de nuestra Historia, es de gran interés para nosotros. Con actuaciones como las del feo de nuestra película, no nos defenderemos de lo que propugnan los malos y sus asociados. Quienes más lo necesitan difícilmente se sentirán parte de una España democrática en que la corrupción siga ocupando los noticiarios y en que los presupuestos les dejen como estaban. Por más que les digan que los de este año son los “más sociales de la Historia”, crece el riesgo de vivir pronto aquí escenas de oposición similares a las que se han visto en esta campaña electoral al otro lado de los Pirineos. La propia fragmentación del Congreso de Diputados, más amplia en la izquierda, habla mucho -aunque no todo- de lo que con más profundidad puede suceder si los partidos siguen ensimismados en sus dilemas internos y, abstraídos en nominalismos, no atienden a qué esté pasando realmente en la calle.

No da igual

España ya no es tan diferente, cuando la globalización informativa lo invade todo. A este paso, va a dar igual cómo termine la película si lo que prima es la individualidad extrema del tramposo o la ley que imponga el más poderoso del lugar. A medida que dé lo mismo, este país no será de los ciudadanos, que se sentirán extraños y no tendrán nada que compartir. ¿Es un territorio desabrido y desangelado lo que queremos, donde también el bueno se sienta raro?

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