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Domingo, 24-Septiembre-2017 - 10:41 h.
LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

¿Es sectaria la felicidad? ¿Qué felicidad corresponde a los segregados?

Manuel Menor Currás
24-Marzo-2017

También en Educación, una sana economía política de la felicidad ha de gestionar el malestar de quienes no están integrados en igualdad con los demás y no consiguen integrarse.

Hace mucho que nos vienen adoctrinando respecto a la provisionalidad de casi todo y de todos. Incluso en cuestiones importantes como el morir, nos han ido enseñando, mientras han podido, lo inconmovibles que eran las pautas establecidas bíblicamente.

Felicidad.es

Una denuncia anónima en 2005 hizo que el entonces Consejero de Sanidad en Madrid, Manuel Lamela -hoy reconocido privatizador de la Sanidad pública-, diera crédito a que médicos de Leganés, coordinados por Luis Montes, fueran acusados de “homicidio” por atender dignamente a sus pacientes en el momento de su trance final. Después de sobreseída la acusación en 2007, pronto se popularizó el dicho de que “En España se muere mal”, y el teólogo Francisco Prat publicó un libro sobre Bioética en residencias (Sal Terrae, 2008), en que hablaba de que la Iglesia pecaba de dogmatismo en estos asuntos, y, a conveniencia, en muchos otros. De 1998, cuando Ramón Sampedro decidió evitar los sufrimientos de la tetraplegia que había contraído en 1968, venía el debate mediático sobre eutanasia. Estos días, ha vuelto a escena la cuestión en el Congreso, donde su pudo comprobar la influencia de la doctrina católica acerca de “este valle de lágrimas”, y que esta cuestión todavía es buen pretexto para escenificar los desencuentros de la oposición parlamentaria. Ya veremos cómo se decanta el BOE o si continúa como está.

Más provisional todavía -y no menos complicada por dificultades de todo tipo- es la secuencia del vivir. Tal vez por ello, periódicos como El Norte de Castilla o La Razón -únicos que pueden leerse en algún Meliá de la vieja Castilla- daban amplia cobertura el pasado día 20 a que “España mejora tres puestos y se queda en el 34”, superando ampliamente a China pero no a Noruega, que pasa a ser el “reino de la felicidad”. Comentaban el último Informe Mundial de la Felicidad, supuesto indicador sociológico que trata de contemplar factores como los ingresos económicos, junto a percepciones más subjetivas acerca de la libertad, la generosidad, la honestidad, el buen gobierno, la solidaridad o la salud. Según este Informe, los tres primeros países más felices serían: Noruega, Dinamarca e Islandia. Curiosamente, no advertía esta prensa sobre la carga semántica que arrastra el término “felicidad”: qué haya sido en su sentido estricto, en qué haya consistido y a qué se haya atribuido para, a continuación, centrar en ello el esfuerzo ético, político o económico -juntos o por separado- exigible a los humanos. La “felicidad” ha sido uno de los constructos normativos más usados a través de la historia para casi todo: para animar y disuadir, para gobernar y desgobernar, para someter y liberar, para emancipar y dominar, para comprar y vender. No hay publicidad que no trate de sugerir o proponer su parcela de felicidad al posible cliente y engatusarle. Y a pedagogías de “la felicidad” obedece el éxito que siguen teniendo los cuentos y libros de autoayuda, como también los horóscopos y consultorios de todo tipo. De gran predicamento en el reciente pasado fueron los confesionarios, todos los libros de moral y, algo antes, incluso los muy exquisitos libros de buen gobierno de príncipes. En Política, ya la mencionaba Aristóteles y, en pleno XIX, fue muy empleada como estímulo moralizador de la clase trabajadora, supuestamente para separarla del vicio -ese otro constructo manejado estos días por el jefe del Eurogrupo frente a “los países del sur” europeo-, aunque lo que se quería con su precepto era cortocircuitar la fuerza que pudiera alcanzar la fraternidad de clase. Hace cinco años, la ONU declaró el 20 de marzo como “Día internacional de la Felicidad”, y así, sin más, suena raro. Conminados a ella, en diciembre pasado -en pleno festejo comercial feliz- el País fijaba objetivos en esto de “la felicidad”.

In.felicidad.es

Siendo muy subjetiva la percepción de “la felicidad”, su provisionalidad es altamente variable. Sería, pues, de interés saber si el valor que pueda difundir la perspectiva de la ONU sobre nuestro país -su posición relativa en el puesto 34- a partir de un topos tan aleatorio como instrumentado, se sostendría, bajaría o mejoraría incluyendo otros informes. Organismos institucionales de no menor prestigio tratan de informar, por ejemplo, sobre asuntos de corrupción y similares, cuestiones de “memoria histórica” o libertad de expresión. ¿Qué pasaría con la felicidad española si se agregaran a estos los que se interesan por cuestiones nada etéreas como el salariado y el precariado creciente? En la política de “la felicidad” también ha de incluirse qué pasa con los pobres, los empobrecidos y los pauperizables a punto de empobrecerse. ¿Qué nos dice este informe feliz, sin embargo, acerca de la igualdad de las mujeres? ¿Nos aporta luz sobre el uso y abuso de monopolios como los que afectan al control de la energía o la gestión del agua? ¿Atiende al descontento manifiesto que se advierte en las manifestaciones y huelgas que ritman nuestra cotidianidad feliz? Como dice Cinta Montagut, es un río interminable el silencio.

Casi nada dicen las posiciones relativas -provisionales, según qué cosas- que puedan atribuirnos los rankings internacionales. Informes como los relativos a la brecha creciente entre ricos y pobres no son ejemplares. Tanto da que se miren a escala mundial como si sólo se refieran a España: que 8 personas tengan en el mundo la misma riqueza que 3.600 millones de personas, tiene su duro correlato en nuestro país, donde 800.000 menores viven en familias sin empleo. Muy poco satisfactorio es igualmente contemplar el detalle de “la felicidad” al calor de lo que preceptuó la Declaración de los Derechos Humanos en 1948 -por inspiración de lo declarado en la Francia de 1789 y, antes, con la independencia de EEUU en 1776- en el sentido de que todo ser humano ha nacido libre. Cuatro breves ejemplos a nuestro alcance, ponen de manifiesto nuestra limitación: 1) Las leyes acerca de LGTBI que tienen que ver con la educación no impiden las prácticas subrepticias que tratan de que se protejan trampantojos como el del autobús de color butano que tanta hipocresía esconden. A este paso, este vehículo y sus patrocinadores van a ser un bien de interés cultural de altísima consideración. 2)Otro tanto va a pasar con lo que pretendía erradicar la Ley de Igualdad, que cumple diez años con muy poco que celebrar, como no sea el esfuerzo que derrocha gente de bien, también en los centros educativos. 3) No muy distinto es el panorama que en sucesivas sesiones se está dibujando en el Congreso con el conjunto de iniciativas que algunos medios califican como “leyes anti-Rajoy”, entre las que ocupa lugar especial la LOMCE y, a su lado, la conocida como “ley-mordaza”. Y 4) ¿qué hemos hecho con las recomendaciones sobre Derechos Humanos que el Comité homónimo de la ONU nos hizo el 20.07.2015?

Narrativas

La aspiración a la felicidad es un recurso genérico, inespecífico y fluctuante que, de puro uso en la narrativa coloquial, nuestra tendencia sentimental desborda a menudo hacia el sentido de la provisional existencia. Ese estímulo, sublimador en dar sentido a un destino que nos iguala, se aplica en política a la transitoria provisionalidad de cada día. A Rajoy, un adelantado del “sentido común” y sus sinónimos, le vale para dar coherencia narrativa a su activa inercia de no dar a entender si sube o baja. Ahora mismo, está centrado en una lección magistral sobre “felicidad” al hacer de la alternativa electoral un gran proyecto político. Pretende salvar así -como si fuera “algo natural” y “como Dios manda”- el esfuerzo en que no sea ésta una de las legislaturas breves de la historia democrática española. Con esa perspectiva electoral de recambio desplaza a quienes no se avengan a “dialogar”, y a “pactar” como a él le gustaría. Su particular “felicidad” residiría en que las débiles bazas de sus adversarios favorecieran que este diálogo, encuestas y subcomisiones en que nos ha metido no pasaran de artilugios -ya conocidos- para entretener, calmar y apaciguar, mientras se demoran soluciones que descabalen supuestos logros que adornan el relato feliz de su mandato.

En auxilio de situaciones provisionales como la suya, vienen especialmente bien la catequesis y el masaje patrocinados. No vayamos a Razón y Fe de 1901; La Razón actual, sin ir más lejos, nos explicaba el pasado día 20 -el mismo que nos mentaban “cómo va el índice nacional de felicidad”- el baile de escaños en la intención de voto última y, antes de centrase en torno al “imparable avance del bipartidismo” deseado, anunciaba en paralelo la buena nueva: “Rajoy volvería a ganar y lograría más diputados que PSOE y Podemos juntos”. De inmediato, y a doble página, principalmente con gran fotografía de la retransmisión de la misa del domingo en la 2, un mensaje claro: “A esto se le llama servicio público, que no privilegio. En un Estado aconfesional, que no laico. Iglesia de todos, que no Iglesias excluyente. Fe catódica. Y católica”. Con leves matices, esta doctrina compacta se repitió en otros medios, poniendo más en claro el mensaje de Rajoy para su aparente provisionalidad. Buen aviso para los más ansiosos de “dialogar”, quienes deberán admitir la posibilidad de ser acusados de no querer “dialogar” ni “pactar” si no se avienen a continuar donde estamos, discretamente autosatisfechos y encantados por el feliz inmovilismo logrado. A la vista de lo que dio de sí el debate de la estiba, en contra del decreto que tenía preparado el Gobierno, Antón Saracíbar llamaba el pasado día 22 a que las opciones progresistas aunaran sus fuerzas en la dirección de dar más presencia a la socialdemocracia y a los sindicatos; pero era muy consciente del desequilibrio y problemas internos que tienen esas fuerzas, ”muy desequilibradas en el actual contexto político y social”.

En consecuencia, a la luz de las provisionalidades existentes, tomen nota cuantos cifren sus esperanzas de mejora del sistema educativo en que la Subcomisión para el Pacto Social y Político llegue a un consenso concordante con las cotas equitativas de deseable “felicidad” colectiva. Lo que cabe leer en los mensajes que se emiten desde Moncloa es que la estrategia de amagar y no ceder es la más idónea para sacar partido a su posicionamiento inicial respecto a la LOMCE y sus variaciones. Todo el arte de este “diálogo” consiste en que se acepte su monólogo o no hay nada que hacer. Quien quiera dialogar poniendo sobre la mesa cuestiones relevantes que distorsionen la construcción de un espacio público democrático en Educación, sin ningún tipo de exclusión y con equidad en la distribución de las cargas y beneficios de la sociedad, será acusado de obstruccionista. Puede que los apelativos se queden cortos en la medida que crezca la reticencia a este feliz modo de “dialogar”.

Emancipaciones

En nuestra particular singladura nacional en pos de “la felicidad” se vende como un milagro el éxito creciente de “la mano invisible” del mercado en nuestros asuntos educativos y sanitarios. Sucede especialmente en Comunidades autonómicas como la madrileña, precoz en combinar proteccionismo y librecambio en contra de la enseñanza pública. Lo estúpido sería que, en nombre de “la felicidad” que esta praxis genera para unos pocos, el resto callara cuando, en la conducción de esta nave, tenemos cada vez más náufragos y disminuyen los navegantes. Ahora que también la Andalucía de Susana Díaz parece decantarse por la “liberalización” educativa, merece la pena recordar lo que, a propósito de la colonización de su tierra, Eduardo Galeano decía en Las venas abiertas de América latina (1971): “gracias al sacrificio de los esclavos del Caribe, nacieron la máquina de Watt y los cañones de Washington”. ¿A quién beneficia hoy tanto sacrificio de unos y tanto morro de otros?

La coyuntura parece favorable a que un Rajoy bajo apariencia mutante siga enmascarando privilegios de algunos con arreglos que prolongan los problemas de la mayoría ciudadana. Su particular “populismo” trata, sin embargo, de proseguir, sin inmutarse, su forma de pilotar este barco con la aguja de marear de la anterior legislatura. Nadie parece haberle indicado que la apariencia de resignación de los no contabilizados en las proyecciones demoscópicas es poco fiable, ni que las ansias de emancipación de cuantos descubren que les roban la posibilidad de soñar su felicidad es impredecible. Veremos…

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