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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Remar juntos en Educación no es fácil y la voluntariedad no basta.

Manuel Menor Currás
11-Febrero-2017

Se requiere constancia e inteligencia, si no se quiere desmoralizar a cuantos hayan decidido reorientar el sentido de su trabajo educativo hacia proyectos que implican algún tipo de compromiso.

Uno de los mejores procesos que trajo la crisis y, luego, la indignación del 15-M, ha sido el de la cantidad de personas que, en distintos colectivos, mareas y fórmulas asociativas decidieron organizarse para protestar, reivindicar y canalizar hacia las instancias políticas su descontento. De entonces acá hemos asistido a una amplia secuencia de manifestaciones demostrativas de diverso signo, entre las que cabe añadir incluso las que nos está proporcionando estos días Podemos y Vistalegre 2. No es de poca entidad lo que ahí se está jugando este fin de semana de febrero, ni debiera tomarse como ajeno a las reacciones que, sobre todo a propósito de la LOMCE, se han venido sucediendo, con personalismos y entusiasmos divergentes.

Movilizados

En el sector de la Educación, han sido muchas las veces en que en estos ocho años últimos ha habido convocatorias y movilizaciones. La demostración de que en las comunidades de padres, estudiantes y profesorado sintieron motivos para hacerlas es la amplitud de iniciativas para mantenerlas vivas: la agenda de los más preocupados no da abasto, a día de hoy, para estar en todo. Un balance de lo ocurrido y de la variada intensidad de acontecimientos producidos permitiría conocer hasta qué punto los mensajes reivindicativos hayan podido alcanzar a quienes deciden las políticas educativas, y valorar la incidencia de tales actividades en los leves cambios habidos desde el 26-J. Seguramente permitiría estimar, al mismo tiempo, los apoyos de los sindicatos vinculados a los intereses de la enseñanza pública y, también, los que hayan brindado ciudadanos y profesores con acreditado compromiso en estos asuntos desde antes de la Constitución del 78. Muchas de las reivindicaciones actuales no son una estricta novedad, sino más bien continuidad de otras anteriores

Disponer de un mapa preciso de esta morfología específica del descontento ayudaría mucho a entender la entidad de los movimientos que, en el plano estrictamente político, se han venido produciendo sin que hayan cesado todavía, no sólo en los partidos de derecha, sino también en los que supuestamente son sus adversarios en la conquista del centro o de la izquierda parlamentaria. No es esta la pretensión de este comentario, sino tan sólo observar carencias a subsanar en el logro de una sensibilidad más atractiva en las políticas educativas. Partamos de que cuantos se ocupan y preocupan de ellas en España -sea cual sea su filiación o devoción política-, más que un derecho a desarrollar en su potencial democrático, lo que más les importa es “la educación” como idea. Todos coinciden por ello en el lamento, bien es verdad que por motivos contrapuestos. Lo confirma la cantidad de libros y artículos que, en plan jeremíaco compulsivo, han visto la luz desde los años 70, y con especial ardor después de los 90. Este género literario, frecuentado a menudo por profesores y maestros, refleja una guerra más que simbólica en que lo mítico acompaña a todas las controvertidas decisiones que en este campo han sido. El acrónimo de la LOMCE testifica la última de las alternancias gubernamentales desde la Transición -lo de antes había sido monólogo cerrado-, salvadoras las unas de las otras a cuenta de “mejorar” la educación contra sus adversarios.

Salvados

Tamaño lamento salvador no ha sido igual para la economía subyacente, verdadera clave de las políticas educativas y sociales, un ámbito en que las discrepancias han sido sonoramente uniformes en casi todo lo importante. No obstante, la preocupación salvífica, redentora de todo mal, es observable también en cuantos se sienten unidos en la reivindicaciones últimas de una educación más digna para todos. No es algo nuevo, por tanto, lo que está sucediendo en la nueva generación de protestas, sino continuación de una tradición que tiene entre sus antecedentes más próximos lo acontecido desde los primeros años setenta con los movimientos de renovación pedagógica y los movimientos sindicales, para recuperar desde la clandestinidad el valor que la escuela pública había tenido en la IIª República.

El vigor de la reanimación última de las tradiciones emancipatorias de y desde la escuela procede de la desconsideración y recortes sistemáticos de estos últimos años; la primera infraestructura la pusieron, sin embargo, instituciones y avisos de quienes habían peleado desde mucho antes por razones similares. Y también ha sucedido que la dejación que reflejan los Presupuestos del Estado -y la distribución desigual de los mismos entre el sector público y privado- ha reavivado la memoria colectiva del desprecio secular hacia la democratización del conocimiento. Esa memoria de pugna por unos derechos básicos ha reavivado los pasajes históricos de manifiesto aprecio a la escuela de todos por parte del Estado, y ha puesto como referente para hoy situaciones, personalidades e instituciones que trataron de plasmar proyectos democráticos en los años duros del pasado. Cabe entender, pues, que es el mismo afán de transformación social desde la Educación el que dio sentido a aquel tiempo y el que mueve a cuantos entienden que, desde ella, se puede y debe “remar” hoy hacia un mundo más justo.

La ruta

No todo es, de todos modos, mitificación. En los renovados proyectos ha de reconocerse que la mezcla de trayectorias personales con historias vividas por otros en un pasado más o menos lejano, genera no pocos riesgos para las decisiones a tomar en el presente, incluidas las de carácter reivindicativo. Hay, de hecho, múltiples “culturas escolares”, a menudo irreconciliables dentro de un mismo centro educativo. Hay, incluso, muchas maneras de hablar de educación para negar sus problemas a base de mostrar sus mejoras. Por haber, hay incluso vigilancia panóptica constante, cada vez más refinada, sobre el quehacer escolar. Para construir a contrapelo de lo que hay una escuela más democrática, un conocimiento más riguroso de la Historia contemporánea que el descrito por Fernando Hernández respecto a los estudiantes de su Facultad de Pedagogía, no confundiría lo vivido en un corto espacio de tiempo y lugar con la Historia explicativa de cuanto sucede. Ni induciría a utilizar de continuo tópicos imprecisos y acríticos que favorecen una falsa nostalgia, pero no el conocimiento. Cualquier “diálogo” que a partir de ello surgiese, ganaría mucho si acreditase conocimiento del papel real que cumple la propia estructura del sistema educativo en la pervivencia de las desigualdades. Si estos condicionantes variasen pronto, podrían homologarse fiablemente las diversas expectativas de los demandantes de políticas educativas más democráticas, además de que ganaría la lógica expositiva de sus razones. Parece que vaya para largo. Aunque pueda resultar extraño, todavía existen ciudadanos/as -profesores/as incluidos- para quienes lo educativo es una cosa y lo político otra muy distinta, sin nada que ver.

Ser apolítico no necesariamente es reaccionario, pero empieza a serlo cuando se pregona que cuanto pueda hacer un profesor en su aula tiene consistencia propia e independiente. Desde ahí está garantizada la firme creencia en el mero voluntarismo vocacional como solución a todo problema posible. Esta veta del conservadurismo neoliberal -paradójicamente no exclusiva- es ajena a una estructura sólida de conocimiento y desarrollo de la convivencia que deba apoyar decididamente el Estado. Tan convencidos están de que tienen razón, que las limitaciones crecientes que pueda tener para enseñar quienes no tengan la formación apropiada no les importan, como tampoco suelen entusiasmarse con la parte del sistema educativo estrictamente pública. Esta pereza burocrática les hace olvidar -sin sonrojo- que hace mucho que el Mediterráneo ha sido descubierto. Verdad es que de ilusión también se vive, pero también perviven los viejos dichos, alusivos a que el entusiasmo de la voluntad -aunque sea bienintencionada-, si no está bien maridado con el conocimiento, la empatía y la habilidad estratégica, suele ser fuente de decepción y desengaño, fácilmente conducente a posicionamientos contrarios a los que en principio se pretendían

Remando juntos

En este momento, es muy recomendable calibrar el alcance que están teniendo los cambios estructurales de la vida económica y política, mientras la escuela y la educación han tendido a adaptarse a la baja a las nuevas circunstancias. Un maestro o un profesor -de cualquiera de los niveles que tiene el sistema educativo- que se interese por una enseñanza democrática y democratizadora debe estar al tanto de lo uno y de lo otro. Y con más razón si quiere corresponder a las exigentes posibilidades de “remar” -como sostiene el documental de Rudy Gnutti, In the Same boat (2016)- junto a cuantos anhelan que los avances que esté trayendo la supuesta Revolución 4.0 sean beneficiosos para la humanidad, y que la liberen de los miedos y tabúes que suscita.

Sin duda es muy recomendable ver documentales de este tipo, y que lleguen a proyectarse en las aulas y colectivos sociales en aras de que más ciudadanos se suban al barco de lo que conviene hacer, y que la masa crítica que se genere sitúe al timón a capitanes que no nos lleven a la catástrofe. Muy bien, por ese lado. Pero muy mal si no se acompañan esas laudables iniciativas de otras previas o paralelas, que tengan en cuenta que también esta información tiene largo recorrido. Sin tal humilde honestidad ante la Historia, no se avanza en el camino: otros filmaciones, libros y artículos sobre estas cuestiones, además de que existen desde hace muchos años en diversos soportes, no es la primera vez que llegan a las aulas escolares o universitarias. Si otros profesores y maestros centraron su trabajo en el aula en las noticias de prensa, fotografías, pasquines, humor gráfico y documentos efímeros de lo que iba mal, se puede mejorar su metodología; se pueden construir nuevas alternativas, y, de paso, construir la idea de que ya ha habido otra gente remando en el mismo barco.

La facilidad de tener hoy a mano la información última que circula por las redes sociales no puede inducir a errores de mirada. Debiera servir de acicate para enterarse mejor de qué mundo se está pisando. Caer en la tentación fetichista de decir que por fin tenemos ahora con las TIC algo que nunca ha estado al alcance de los escolares es puro adanismo vacío. Puede incluso ser fatal porque, tratándose de urgencias políticas y económicas, estos testimonios han de manejarse con especial perspectiva crítica. Desde luego, no con la ingenuidad de quien cree que no puede haber manipulación en ellos. Todo documento filmado tiene un contexto y un discurso que ni siquiera es siempre veraz. Verdad es que problemas como este tienen remedio frecuentando la lectura. Bibliotecas y librerías sólo requieren disposición para ejercitar esa gimnasia indispensable para desarrollar la capacidad comprensiva y crítica. Pero conste que, aunque leer así es un itinerario complejo y tal vez de canon impreciso, han de hacerlo con rigor cuantos aspiren a que desde la escuela se pueda “remar” debidamente por un mundo mejor. Los datos a propósito de la lectura, aunque dulcificados, son graves y sería gran contrasentido que quien probablemente no ha cultivado esta preocupación como estudiante ni docente, dogmatice a propósito de la enseñanza. Esa pose, muy apta para epatar entre retóricos competidores de poses, indigesta a cuantos tratan de cooperar en la decisión de “remar” juntos.

“Remar juntos” es un ecosistema complejo de sociabilidad y coherencia a desarrollar, que exige voluntad y constancia a todo docente que pretenda dar un sesgo humanista a su trabajo. No se construye por azar y, entre otras obligaciones, impone la reactualización constante del conocimiento respecto a los cambios significativos en que está inmersa la humanidad. La escuela, el colegio y el instituto son micromundos, pero no “el mundo” y no es infrecuente que estén viciadas o constreñidas sus maneras de mirar lo que acontece. El último twit puede aportar un detalle interesante, pero difícilmente dará la clave de cualquier asunto complejo que deba llegar al aula. Si quiere evidenciarse la fragilidad social y moral existente, sin lectura y reflexión previa apenas se rozará lo anecdótico. La pena sería que cuestiones como la globalización, el mal trato de los humanos a la Tierra, la desigualdad, pobreza y riqueza -que han sido tratadas por muchos docentes en sus aulas, pese a currículums oficiales más penosos que los más desechables de ahora- dejaran alucinados a docentes inquietos, decididos a reunirse para tratar de mejorar su trabajo a partir de un material fílmico, un libro, un cómic o cualquier otro soporte valioso de última generación, e ignorantes de tanto esfuerzo anterior.

Profesionalidad docente

Donde corresponde “remar” a los docentes es desde su trabajo en el aula como espacio abierto a la comunidad y su entorno. Preparar y elaborar materiales para ese trabajo, no es fácil, especialmente si se quiere disponer de los que facilitan una rápida y eficaz aproximación a cuestiones complicadas y paradójicas. Sólo buscando con paciencia aparecen, cuando los hay. Valga de ejemplo la muy buena gráfica estadística sobre desigualdades del documental de Ruder Gnuty, proyectado en los cines Verdi en noviembre de 2016. Existe desde 1971 y en una versión más incitadora de atención. Ideada por el economista holandés Jan Pen, como puede verse en el libro de César Rendueles, Sociofobia (2013: 127), es desconocida por muchos docentes pese a haber transcurrido 46 años. Lo que nos lleva a otra cuestión más ardua para un trabajo cooperativo: los mejor intencionados no tienen fácil enseñar con seriedad y sin rendirse ante el comodín de los libros de texto. Michel Foucault ya nos avisó en 1969 de que los saberes tienen su genealogía, que suele decir la verdad de todos ellos, también de los que debieran estar y no están en esos textos oficiales.

No es sencillo llevar a las aulas lo que se debe. Pero sólo un buen conocimiento ayuda a mejorar ese sentido de la profesionalidad, especialmente si innovar es entendido como deber de implicarse cívicamente. Lo referente al propio oficio de enseñar y las circunstancias concretas en que se ha desarrollado ayuda a percibir a qué quieren, quienes pagan a los profesores, que se juegue. Caer en la cuenta del porqué de las trayectorias divergentes que tiene el sistema educativo español, prácticamente desde siempre, vendrá bien a cuantos se apunten a demandar la erradicación de los desequilibrios de la igualdad del derecho de todo ciudadano a una buena educación en igualdad con los demás: sabrán mejor en qué merece la pena implicarse y, si no se logra un objetivo, no se frustrarán alegremente.

Este sistema educativo es estructuralmente desigual. De poco vale, aunque esté bien, tocar en una clase de geografía o de historia la desigualdad, la pobreza o el fascismo, en el mundo, en España o en el barrio donde viven los chavales, para creer que se ha resuelto el problema. Tales peleas, bastante más complicadas, requieren largo aliento y conjunción de esfuerzos. Si de desigualdad, por ejemplo, se quiere hablar en el aula -y “remar” para erradicarla-, tal vez no estuviera mal empezar por hacer ver que el sistema educativo es un espejo fiel de la vida social, política y económica dominantes. Hace entender mejor cómo funciona todo, y ayuda cuando menos a ser más conscientes de las contradicciones. Lo transgresor en la docencia es reconocerlas y tratar de poner los medios para remediarlas, sin prisas pero sin pausa: lo otro es apoliticismo conveniente a la “normalidad” oficial.

Los diplodocus

José Antonio Marina es de los que dicen que tiene la piedra filosofal para mover el Diplodocus. Aparte de que la arbitraria metáfora nos deje en la penumbra de toda mala dicotomía sin decirnos qué se calla, las prisas por vender una determinada idea de cambio, seguramente son muy rentables para algunos emprendedores de negocios educativos. ¡Ojo con el entusiasmo por “mejorar” cosas! Mejoras hay del sistema educativo parecidas a las de quienes han aprovechado la necesidad para construir urbanizaciones detestables, monumentos a la nada y robar. Y más atrás, hemos sufrido a regeneracionistas tan expeditivos en su afán, que tiñeron de negro la España del primer tercio del siglo XX. Esas prisas tan rentables -tan del estilo TRUMP y sus cipayos- sólo debieran hacer vigilantes a quienes quieran participar en el programa exigente y sin pausa que implica “remar” en común.

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