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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Una vuelta al cole desconcertada

Manuel Menor Currás
20-Octubre-2012

Visto el panorama desde el punto de vista económico, la disminución de inversión educativa en proporción al PIB español no solo nos aleja cada vez más del nivel medio europeo —que nunca hemos alcanzado—, sino que nos sitúa en posiciones que serán difíciles de recuperar en años.

No se puede negar que, pasado el verano, no haya vuelto a primer plano el suspense. No solo con las variaciones de la deuda, la pri­ma de riesgo y sus derivaciones intrínsecas, sino además por las cuestiones colaterales que, en una u otra medi­da, se ven afectadas. La vuelta al cole y, en gene­ral, la rentrée –que se decía antes–, vienen carga­das este año de manifestaciones novedosas y has­ta sorprendentes, de modo que si septiembre y octubre nos resultaron extraños, el otoño al com­pleto se presenta demasiado inquietante.

Para empezar, las peculiaridades que reviste “la realidad”, si hemos de hacer caso a las explica­ciones de nuestro Presidente, parece que ahora, después de once meses de Gobierno, empiezan a serle conocidas. Lo cual se traduce en la enor­me distancia entre sus eslóganes de campaña –largamente reiterados en los años de oposición– y sus casi 30 decretos-ley apenas vistos en el Par­lamento. En paralelo, en otro orden de cosas no menos emblemático –y que como tal ha mantenido ocupada a la sobredimensionada informa­ción deportiva–, el delantero portugués mejor pagado en España se lamentaba de qué no era «fe­liz». Si ambas manifestaciones quisieran tomarse como reflejo de lo que realmente les está pa­sando a los españoles en ge­neral, vendríamos a parar a la desconcertante conclusión de que estamos estancados o en claro retroceso hacia imaginarios colectivos de un pasado que creíamos ido. Ya en el si­glo XIX, había circulado am­pliamente –en múltiples ver­siones, incluida una del P. Co­loma– aquel cuento tan llama­tivo como conformista de ‘La camisa del hombre feliz’. La subjetividad de este objetivo final que quiere ser la ‘felici­dad’ de poco nos vale a la hora de calibrar cómo y por qué nuestra ‘realidad’ –económi­ca, social y cultural– tiene las características que tiene. La creciente desconfanza que los españoles muestran ante sus políticos no se cura, desde luego, con la apelación a que los ricos tam­bién lloran, como pretendía aquella exitosa telenovela mexicana de finales de los setenta.

Alejados de lo que vive la gente, muchos de nues­tros dirigentes políticos y líderes mediáticos ni se enteran de que el paro sobrepase ya los 5,7 mi­llones, hasta alcanzar el 24,6 % de la población ac­tiva en el segundo trimestre de este año (y crecien­do), lo que trasladado al sector del paro juvenil re­presenta ya más de la mitad de este segmento de edad, con el añadido de que los hogares con todos sus miembros en paro ya rondan el 10% (y creciendo). Cada vez más gente siente en sus carnes que el reparto de la crisis y sus recortes consiguien­tes no está siendo equitativa. Se evidencia, además, que la brecha social entre los que más tienen y los más pobres –lean el último informe de Cári­tas–, es cada vez mayor y que tiende a crecer ex­ponencialmente en este momento. Sabido es que una minoría de unas 1.500 personas –el 0,003% de la población– controla en España los casi 800.000 millones que capitalizan las principales empresas españolas, equivalentes, según lago Santos, al 8 0,5% del PIE español (Cfr.: ‘Una aproximación a la red social del poder económico en España’, mar­zo 2008). Por otro lado, conocido es también, aunque no se oiga mucho en nuestros medios, que toda la cuestión actual de nuestra deuda externa y sus efectos derivados radica en el agujero de 800.000 millones de dólares contraído por nuestros bancos. Que pidamos o no rescates viene propicia­do por sus acreedores internacionales, ansiosos de cobrar esos préstamos y sus intereses; pero quien quieren que pague esos rescates es el Estado y con él todos los ciudadanos, al margen de su implica­ción en el asunto. El resultado es que todos noso­tros, mancomunadamente, seremos los rehenes encargados de pagar durante largos años los pla­tos que otros han roto.

La realidad educativa de ahora mismo será cual­quier cosa menos feliz. Por mucho optimismo que se le quiera echar al panorama, todos los indicado­res son negativos. Y ya empiezan a aflorar, espe­cialmente desde el año pasado, los que nos evidenciarán cómo descienden rápidamente todos los signos de calidad que a duras penas y mucho esfuerzo se habían logrado en di­versos frentes. Visto el pano­rama estrictamente desde el punto de vista económico –sin adentramos en medidas muy discutibles de otro cariz–, la

disminución de inversión edu­cativa en proporción al PIB es­pañol, no solo nos aleja cada vez más del nivel medio euro­peo –que nunca hemos alcan­zado–, sino que nos sitúa en po­siciones que serán difíciles de recuperar en bastantes años por bien que se presentara el futuro. Lo más triste del caso, adicionalmente, es que de nuevo se vuelve a pro­ducir en este como en otros asuntos lo que el pro­fesor Florentino Sanz denominaba ‘efecto Mateo’: «al que más tiene más se le da y, al que menos, in­cluso lo que tiene se le quitará o regateará» (Cfr.: ‘Perspectivas actuales de la educación social’, 2003). La educación pública ya está pagando por la deu­da. Y por otro lado, la nueva ley que el Gobierno de un Presidente desconcertado ante la realidad quiere hacer con la educación española –sin recur­sos, ni pactos, y poniendo todo patas arriba–, no es precisamente motivo de optimismo para la inmen­sa mayoría de la gente. El otoño avanza desquicia­damente, demasiado enconado para tantas incóg­nitas por aclarar y, con una sensación de frustración creciente en demasiados sectores.

Publicado en "Norte de Castilla" el día 18 de octubre de 2012

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