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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Lo último es el Antropoceno, pero hay negacionismos educativos anticuados.

Manuel Menor Currás
12-Septiembre-2016

No es razonable pensar que, si se educa en la estupidez, los humanos rezumemos sabiduría. Incluso cuando estén en juego nuestros intereses, nos equivocaremos contentos.

Según algunos especialistas, estaríamos ya en otra era geológica, el Antropoceno; ya no sería el Holoceno la última etapa geológica. No sólo razonan científicamente el cambio sino la denominación por la que se inclinan, con la que quedaría más de manifiesto que la propia Tierra, como muchas de las características de la vida que en ella se desarrolla, dependen de nuestra responsabilidad.

El Antropoceno

Se basan en que la acción humana está dejando huella profunda en todo el planeta con residuos industriales, contaminación, pérdida de la biodiversidad, emisión de gases a la atmósfera, de manera tal como antes no había sucedido. Los incendios de este verano -y en particular los gallegos- podrían añadírsele de lleno. En los estratos terrestres ha quedado ya bien grabado -a ojos de estos científicos- que, dentro del Cuaternario, esta nueva subetapa viene marcada decididamente por la presencia de residuos de plutonio. La fecha de partida que le asignan, 1952, correspondería al momento del asentamiento, global y sincrónico, de los isótopos radiactivos generados por los ensayos de bombas atómicas. No sólo se trata de huellas humanas en alguna parte del mundo, como sucede con la actividad humana desde la Prehistoria, sino que representa un cambio simultáneo en el comportamiento del planeta entero que, además, ya afecta seriamente a la vida humana, como por ejemplo sucede con el clima. La referencia geológica que servirá como testigo relevante del nuevo período tiene muchas candidaturas. Entre ellas -como ha estudiado Alejandro Cearreta- la costa vasca, donde la Ría de Bilbao ha venido colmatando gruesos sedimentos de escorias de los altos hornos durante más de 100 años.

Falta todavía tiempo para que lo que estos científicos consideran irreversible, se consolide como categoría en el ámbito académico. Más tardará todavía en entrar en el currículum escolar: con la LOMCE en marcha, la tardanza puede ser mayor. Ha sucedido más veces: los desajustes entre lo que la ciencia desarrolla y la cultura oficial permite se han dado con frecuencia y casi siempre por intereses ajenos al conocimiento. Lo testimonian los azarosos días de Galileo a cuenta de los descubrimientos con su telescopio. La propia  cosmocronología ha sido testigo de ello, como puede verse en muchas enciclopedias de nuestra infancia, algunas de las cuales todavía reproducían, con leves matices, lo que el arzobispo James Usher había escrito en 1650. En sus Anales del mundo, tanto puede leerse que la Creación de la Tierra había tenido lugar el 22/10/4004 a.C., a las 19hs., como que la Expulsión de Adán y Eva del Paraíso había sido casi tres meses más tarde, tal que el lunes 10/11/4004 a.C. Aseguran hoy los paleogeólogos que la Tierra tiene unos 4.470 millones de años, con una posible variación en torno al 1% según el modelo analítico que se adopte. Fue desde el siglo XVIII cuando los geólogos, y el propio Kant, pusieron en entredicho la lectura más o menos literal que Usher hacía del relato del Génesis. Y todavía es un problema en muchas escuelas -no sólo de algunas regiones de EEUU- enseñar desde la perspectiva científica la vida humana sobre la Tierra o los orígenes de esta.

El comodín de lo “natural”

La aceptación generalizada del Antropoceno como nueva categoría en la escala temporal geológica, traerá división de opiniones. Y fuertes presiones de todo tipo porque implicará mayor responsabilidad humana en muchas de las cuestiones que afectan a la vida de los propios hombres. Si se acepta que ya estemos en el Antropoceno, parece que nos hayamos de sentir obligados a hacer algo para que lo que está sucediendo con nuestras actividades irresponsables o caprichosas no sea irremediable. El período interglaciar que ha caracterizado los últimos 11784 años ha posibilitado el desarrollo del Homo sapiens, pero el nivel científicotécnico alcanzado no sólo ha modificado sustantivamente el medio, sino que puede hacer inviable la propia vida humana. Y no es fácil dejar de ser el homo sapiens egocéntrico que solemos ser, encerrado en sí mismo, para reconsiderar nuestra interrelación con los demás seres que pueblan la Tierra. Estamos, pues, ante un asunto de gran interés no sólo científico, sino también en otros planos. La simple percepción del Antropoceno como algo nuevo y distinto, sugiere múltiples paralelismos en cuanto a comportamientos en tiempos históricos mucho más cortos e, incluso, coyunturales. En estas escalas de tiempo, más próximas a las de cada biografía, también los procesos de cambio y continuidad suelen plantear conflictos y, a veces, impiden tomar las decisiones más convenientes por interposición de intereses solipsistas de diversa preeminencia.

En política, esta colisión suele ser habitual. Las dudas corroen las versiones oficiales sobre cuanto acontece, por lo que siempre suele saltar la duda metódica de los más inquietos: “¿Cuándo se jodió el Perú?”, que decía el Zavalita de Conversaciones en la Catedral (Vargas Llosa, 1969). Y siempre hay, también, un inicio, frecuentemente reiterado de tropiezos en la misma piedra. Vean, por ejemplo, el afán de naturalizar que tienen muchos proyectos solemnes de “cambio”, ocupados en mantenerlo todo como si “la naturaleza” hubiera procedido de un determinado modo. Ante lo cual, el cómodo criterio a que suelen seguir los políticos irresponsables es no estorbar a lo que “la naturaleza” hace o, incluso, ayudarla a que lo haga mejor de lo que por sí misma suele. Dicho de otro modo, que, según este sesteante criterio, la mejor acción política será la de la no-política. La política, sin embargo, no procede en el vacío. El prestigio de “la naturaleza” como mejor criterio suele abarcar a casi todos los ámbitos culturales. No pocas enseñanzas religiosas la han tomado como guía para justificar determinados preceptos morales que imponen a sus fieles. Muchos estudios de sociología y psicología parece que sólo pretenden constatar que está ahí como determinante y, en Pedagogía, no son pocos los que sólo tratan de confirmar lo que una mirada prejuiciada ha visto sin afán de cambiar nada. Y las cárceles, curiosamente, también parecen inclinarse por esta posición hegemónica. Evidentemente, “la naturaleza” ha sido utilizada -a menudo con ignorancia culpable, cuando no por estúpida obediencia previa- para ver como “natural” lo que no era sino pura elucubración e ideario subjetivo. Ver a dónde condujo la consideración de la desigualdad “natural” o una despreciativa aplicación de la selección de las especies, aplicada a los grupos humanos, es hoy bochornoso para la humanidad: no lo era hace bien poco. Y si miramos hacia la Historia, podemos confirmar otras aberraciones, como las que han primado en la consideración de la mujer como inferior, dando pie a todo tipo de misoginias. La esclavitud ha sido también uno de esos agujeros negros. Ilustrados hubo que defendieron que, si Dios nos hubiera querido realmente iguales, nos hubiera hecho blancos a todos; a lo que los más pragmáticos añadían que, si se ansiaba comer azúcar barato en Europa, necesario era que hubiera esclavos en las haciendas americanas. Vienen de lejos, pues, las concordancias entre diversas formas de dominio, imperialismo y colonización, con los “naturalizadores” razonamientos de carácter eurocéntrico, antropocéntrico y similares.

Desmemoriados del pasado

No es fácil desprenderse del pasado prejuiciado y menos si se tienen intereses anclados en supuestos que se desean inamovibles. No es difícil, tampoco, advertir cómo en muchas de las manifestaciones de nuestra fragmentada vida política perviven maneras de apego “naturalizado” al pasado y no ceder a perspectivas de análisis y decisión que contemplen mejor el mundo en que estamos y del que somos responsables. El resbaladizo panorama que se ha creado en los últimos meses parece avalar la tesis de quienes viven mejor así. Quienes tienen poder y no se han sentido especialmente afectados por la crisis o se han visto beneficiados por ella -de manera directa o de manera simbólica, aumentando su distancia respecto a los demás- la ven como algo “natural” porque les favorece. Nada presagia de hecho que vaya a disminuir su aceptación de las posiciones más conservadoras. A la vista está cómo han corregido el voto en las elecciones de junio, sin importarles qué haya sido de la acción moral llevada a cabo por las decisiones gubernamentales en leyes principales -educación, libertades públicas o trabajo-, en recortes de servicios públicos relevantes como Sanidad, por ejemplo, o mediante fórmulas corruptas de uso de los bienes públicos.

La cuestión -como cuando a finales del XIX se abrió paso el Estado social- es que esta posición no es sostenible indefinidamente. Igual que se impuso la consideración heliocéntrica del sistema en que estaba posicionada la Tierra, e igual que se acabará denominando Antropoceno a la etapa geológica en que ya estamos desde los años 50, la única perspectiva responsable y consistente es la de la apertura democrática a los intereses y problemas de todos, único objetivo, por otra parte, a que debe atender el presupuesto público. En vertientes de la vida colectiva como la Educación, esto cobra especial significación, pues, en un mundo tan acelerado como éste, la construcción del futuro se hace especialmente urgente: no admite mucha dilatación. Y es asombroso, en cambio, el afán por mantener y aumentar situaciones de creciente desequilibrio como las que, en un comienzo de curso como éste, pueden advertirse como formas irresponsables. Segregación de alumnos, libros de texto, comedores escolares, dirección de centros, formación de profesores, interinajes de estos, ratios de alumnado, estatuto de la profesión docente, pública/privada, dotación de los centros públicos, inspección, evaluaciones externas y reválidas, currículos, proyectos tecnocráticos para unos u otros niveles, cheques escolares, formación profesional o lo que sea, son otros tantos capítulos que no caben en un encorsetado Pacto Nacional de Educación como el que siguen proponiendo como algo ya obsoleto: ni con la adopción de palabras inéditas durante estos más de cuatro años pasados, llega la política educativa del PP a la convicción que pretende mostrar la nominación geológica de nuestro presente como Antropoceno. A puro Holoceno pasado huelen, por ejemplo, las 93 medidas que, para “transformar la educación madrileña”, han venido redactando en la Consejería de Educación de esa Comunidad. Las anunció Cifuentes el miércoles pasado para una región que pretende liderar “mejoras” educativas, pero atendiendo a cuestiones, métodos y propuestas exclusivamente seleccionadas por ella  y su consejero, en sintonía con la herencia de gobernanza de esta autonomía llevada a efecto desde 2003. Los colectivos sociales afectados por cómo se ha gestionado en los últimos 13 años la educación madrileña, no parece que hayan sido consultados. Es más, algunos hay que, en previsión, han pasado más de medio curso pasado señalando exigencias y diagnósticos de modo bien distinto cuando no contrario. 

Estratos nada provisionales

Eso de dar la espalda a lo que pueda estropear los noticiarios es un vicio antiguo del que muchos medios se alimentan. A veces, incluso volvemos al NO-DO con estúpido contento para que la ciudadanía no se inquiete. Todo iría bien si se lograra hacer creer que estamos en las mejores manos y no se demanda sino la continuidad de soluciones, aunque el ensimismamiento obnubilante sea pernicioso a corto plazo. Vendría bien por ello, no perder de vista el desperdicio de tiempo precioso para los ciudadanos con tan repetitivos afanes manipuladores, ajenos al conocimiento y a la convivencia saludables. Ya Heine predijo -y no es cosa del pasado- que quien quema libros termina tarde o temprano quemando hombres.  También Jiménez Lozano advirtió en las actas judiciales de la Inquisición cómo aparecían en entredicho costumbres y hábitos que volvieron a ponerse en pie después de nuestra última guerra civil, “idénticas a las del pasado inquisitorial de cuatrocientos años atrás”. Muchas pueden parecer hoy obsoletas: control de la alimentación sin carne los días de abstinencia, del vestido o las diversiones y de la conducta sexual; control sobre los grupos religiosos minoritarios o de disidentes políticos; miedo y escarmientos públicos; prohibición de libros; ocultamiento y cambio de nombres; misiones populares que equivalían a edictos inquisitoriales; sermones de exaltación de la fe; la dramática delimitación oficial del bien y del mal, lo ortodoxo y lo heterodoxo, lo verdadero y lo falso…. Y concluía el autor vallisoletano: “Sólo me queda añadir que esta conducta, así como sus supervivencias, comprueban, sin lugar a dudas, el gran fracaso histórico de la Inquisición que con tanto denuedo trató de extirpar todo eso, y a su inútil tarea sacrificó tantas vidas y tantos sufrimientos” (Judíos, moriscos y conversos, Ámbito, 1982).

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