creandociudadania.org
Jueves, 23-Noviembre-2017 - 01:09 h.
LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La siesta de Rajoy no se inquieta por la cuesta escolar de septiembre

Manuel Menor Currás
5-Septiembre-2016

Ni con mayoría absoluta sería decente un nuevo Gobierno que no se enterase de la pobreza en que estamos instalados, o no se enterara de poder contribuir a causarla.

Habrá que preguntarle a Peridis cómo se le ocurrió pintar a Rajoy sesteando. En sus tiras, ya sesteaba con y en Aznar. Lo siguió haciendo desde entonces, especialmente estos cuatro años y  los ocho largos meses últimos sobre su columna de poder. Y acaba de hacerlo en estas sesiones del Congreso, tanto los días 30 y 31 de agosto, como, sobre todo, 48 horas más tarde. El viernes, 2 de septiembre, a las 19hs. afrontó el último tramo de imposible investidura sesteando. Resultado: que, como pregonan refranes socarrones del Norte castellano, propicios al decir resabiado, ni parió la abuela ni parió la burra. En tan glorioso desenlace le acompañó en la tribuna de oradores Rafael Hernando, tan dotado para el sarcasmo bronco y falaz que nada le ha quedado para el diálogo fino que, en momentos como los actuales, se necesitaba. En la sombra, le han acompañado y aplaudido, serviciales y sumisos, los otros dirigentes del PP reafirmando solemne y redundantemente que Rajoy sigue siendo su candidato en los inciertos días que vienen hasta el 25 de diciembre.

La siesta y terceras elecciones

Vamos, si nadie lo remedia, a terceras elecciones. Y ya hay quien ha dado en decir que lo de estas últimas siestas de Rajoy es buena táctica para acabar venciendo. Esa teoría se acomoda bien a una experiencia en que los problemas pasan a su lado sin romperle ni mancharle. Como cuando lo del chapapote y sus “hilillos” o las trifulcas sobre liderazgo dentro del partido en que, a base de dejar que se pudrieran, le han dado fama de tolerante. El objetivo de unas terceras elecciones acabaría hartando al ciudadano votante, dejaría un reguero de abstenciones y probablemente generaría bastante desconcierto en los otros partidos, que no se librarán de sostener complicados debates a causa de la hipotética oportunidad no aprovechada. Para empezar a hacer oposición parlamentaria en serio, según les han recordado y les recordarán, deberían haber dejado gobernar a quien obtuvo más escaños el 26-J. Ese mensaje difunden los amplificadores medios del PP -desde antes del debate de investidura-, contribuyendo a profundizar la brecha social de “la responsabilidad”, mientras eximen a Rajoy, su predilecto.

El simbolismo de la siesta enlaza perfectamente con el del señoritismo rampante del presidente todavía en funciones. Una postura muy acorde con la cantidad de despilfarros y manejos tramposos a que se ha dedicado tanto tiempo y preocupación desde cargos y decisiones relevantes. No les quepa duda de que una parte importante de “la desconfianza” con que ha sido votada su candidatura estos días pasados, ha tenido que ver con que nadie quiere arrostrar complicidad con personajes que, dentro de muy poco y a lo largo de bastantes meses, desfilarán hacia la Audiencia Nacional como testigos, cómplices o implicados en las múltiples causas que comienzan a substanciarse. Mejor -habrán pensado todos los oponentes políticos- distanciarse por razones presuntamente éticas, de marketing a la recíproca, o simplemente de puro despecho ante afrentas gratuitas de las refriegas partidistas. Ahí está ya, a modo de aperitivo, el razonamiento jurídico del TSJM a propósito de una maniobra de Aguirre con suelo público en Chamberí para que unos pocos pudieran jugar al golf: “Los intereses generales han quedado desplazados por el interés particular de la legalización, con claro desvío de poder”.

Y ahí están igualmente, decisiones sobre amigos colocados -en que el mérito y la seriedad han pasado a ser pautas extraplanetarias-, peligrosas cuestiones que, entre otros, afectan al ministro del Interior y a sus principales subordinados, o -después de declaraciones tan solemnes acerca de la corrupción- la designación del Sr. Soria para que concurra al puesto ejecutivo del Banco Mundial, tan escandalosa como lo fueron en su día la de Trillo para la embajada de Londres o la de Wert para la de París ante la OCDE, después de una gestión en Educación ajena al bien educativo que todos demandan.

Cinismo señoritil

El cinismo señoritil tiene arraigada tradición incluso donde no hay cortijos pero sí maneras caciquiles de construir servidumbres, a la antigua y a la moderna. En la Galicia del XIX, del XX y del XXI hay sobrados ejemplos que, en su momento, supo  dibujar Castelao.  Ha sido fácil de advertir en algunas réplicas del pasado debate como cuando, por ejemplo, salió a relucir la pobreza. El candidato estuvo muy en el papel del señorito para quien esas cosas no existen. Muy en sintonía con su vieja concepción de cuando escribía en Faro de Vigo -(1983 y 1984)- acerca de la desigualdad y de la “envidia igualitaria” que corroía a quienes demandaban  reformas impertinentes por no ajustarse a lo que él pensaba o al Crepúsculo de las ideologías de Fernández de la Mora, de donde bebía. Tampoco casi nadie dice pertenecer -y menos él- a la clase trabajadora, lo que no explica nada sobre la desigualdad creciente y sus consecuencias. Sí lo hace, en cambio, a propósito de la inutilidad de la estirpe de los señoritos y sus siestas, que el IBEX-35, la Bolsa y, en general, la producción y demás datos macroeconómicos parezcan indiferentes a los hábitos gubernamentales. Con el laissez-fair automático en que les han dejado moverse, la nave va… Hay, por ello, no poco de hipocresía en las apelaciones de bastantes economistas que, de tanto en tanto se entreveran en las noticias  apurando la cuestión de la “irresponsabilidad” de los que no han facilitado la formación de Gobierno. Esa gestión de la información a conveniencia conculca el derecho a la información veraz que deben los gobernantes a sus gobernados. Incapaces de no publicitar más que maravillas de lo que hacen, la pantomima -que pronto mostrarán mejor las elecciones autonómicas que se avecinan- siempre acaba por salir a la luz. Por ejemplo en Galicia, donde, en los siete años de “reinado” de Feijóo, el “crecimiento” ha sido de  56.000 parados más y, también, 700.000 “pobres”, mientras los salarios han disminuido un 6% y el déficit de la Seguridad Social crece al ritmo de 400 millones al mes.

Pese a lo cual, dentro de poco el señoritismo será instituido de obligada referencia. De momento, ya existe en el tomo XLII del Diccionario biográfico español de la Real Academia de la Historia una ejemplarizante entrada al eminente hombre que Peridis dibuja sesteando. No tiene tacha alguna y más de un profesor de historia  mandará leerlo para que cunda el ejemplo entre su alumnado. No es el único caso, porque está muy bien acompañado por Aguirre y otros que deben configurar el canon de “nueva” memoria histórica de los españoles. Ahí se inspiran quienes dicen que a Rajoy no se le conoce por haber hecho nada contra la Educación cuando, en su florido cursus político, se le encomendó esta responsabilidad. Quienes, no obstante, pasen de la versión oficial a la que se desprende del repaso de las decisiones que, según el BOE, tomó entre el 19-01-1999 y el 27-04-2000, podrán advertir, por ejemplo, que nada hizo por frenar las disposiciones contrarias a una buena enseñanza para todos que había tomado su antecesora, Esperanza Aguirre, y que, además, dejó muy bien engrasada su continuidad para cuanto aparecería en la LOCE de Pilar del Castillo, el gran anticipo de la LOMCE. Fueron ambas ministras más lenguaraces, pero como detalle significativo de las eficientes actividades que en este terreno le son asignables, no se ha de olvidar que suya es una breve Ley Orgánica, del 21-04-1999 -consultable en el BOE del día 22-, que modificó el Apartado uno de la disposición adicional segunda de la LODE. De tal modo retocó su lectura, que la enseñanza podría ser considerada no estrictamente como servicio público sino desde la perspectiva de la satisfacción de los intereses particulares. De esta guisa, la colaboración de la enseñanza privada cobraba otro sentido del que tenía en la LODE y revertía los “conciertos” a la situación de “subvenciones” que habían tenido antes de 1985. Ahí empezó el cambio significativo entre enseñanza concertada y enseñanza pública que se acrecentó luego, primero con Pilar del Castillo y, desde 2011, con Wert principalísimamente.

Las fragilidades que no ven las “mejoras”

Es evidente que la identidad personal se basa en la memoria; también la de los pueblos. Mal haríamos si no recordáramos todo esto, porque puede seguir sucediendo impunemente. Y más que puede suceder si sólo pensamos individualmente y sin contemplar que la microeconomía aparenta no tener que ver con los grandes números, que, a su vez, parecen indiferentes a lo político. Algo de mentira hay, o insuficiente verdad, cuando se olvida que  las familias, los niños o los estudiantes “frágiles” siguen ahí, dentro del PIB y sus datos macro, interpelando no sólo a los políticos más o menos desganados que tenemos, sino también a las razones, racionales e irracionales, por las que les elegimos.

Puede verse muy bien en este comienzo de curso. Estamos empezando y no viene mal recordar a los 127.000 estudiantes universitarios menos que tiene la universidad pública desde que gobierna Rajoy, es decir, un 10% inferior gracias, entre otras cosas, al R.D. 14/2012 que subió las tasas universitarias. Su consecuencia, según Julio Serrano, ha sido que “las diferencias entre los precios de las matrículas y las matrículas más caras se han triplicado en todos los casos analizados en su informe sobre Precios públicos universitarios y ayudas al estudio en Europa (CCOO, 2016, p. 77). Por otro lado, los datos que nos proporcionan todas las ONGs relevantes que se mueven entre los intersticios de lo que no hace el Estado, destacan las serias contradicciones que tenemos los españoles en este momento, pues la pobreza -como dicen los de Ayuda en Acción- no se ha ido de vacaciones. Con más de un tercio de niños en severo riesgo de pobreza -con todo lo que esto representa para sus vidas y para el país-,  la pobreza sí existe. Y crece gracias al ritmo de desempleados que no cesa y a la precariedad de los salarios. Eso, unido a los recortes que siguen teniendo los centros públicos, hace imposible afrontar el copago de los 300/700 Euros que cuestan los libros escolares de promedio, según niveles, al 60% de las familias. No se olvide tampoco que, de 2012 a 2016, el porcentaje de parados que reciben alguna prestación ha bajado un 10%, situándose en este mes de julio pasado en tan sólo un 57,7%. Añádanse a estas minucias que no ven los señoritos, las cifras que seguimos teniendo de abandono escolar, el 21%, frente al 12% de media que hay en la UE de los 28, y empezaremos a ver, además, cómo refleja la educación española la buena marcha que nos ha pintado el adormecedor candidato a la Presidencia de Gobierno estos días. Se le pueden añadir los datos relativos a la desigualdad de fondo estructural existente en este terreno, si se quieren observar los segmentos sociales que se corresponden con la enseñanza pública y privada, y tendremos el panorama casi completo de la “mejora” educativa en que andamos metidos con la LOMCE, a todas luces sostenida en el no se sabe si todavía válido documento de los 150 compromisos  para mejorar España.

La “cuesta escolar” de septiembre

En la cuesta de septiembre, se pueden simular muchas cosas pero no la felicidad. Nos sobra información para saber qué significa en nuestro medio el bien y el mal, lo justo e injusto, pese a las ambigüedades de que quieren nutrirnos. Pero por múltiples que puedan ser las reservas de cada cual, lo que caracteriza la acción democrática es que la ley y el sentimiento moral se aúnen para amortiguar las insuficiencias y carencias de la vida. Esa es la razón de la dimensión social del Estado, la que hace que un país sólo pueda considerarse más moderno y más justo -más desarrollado, si se quiere-, cuanto más impidan sus leyes y sus instituciones  que el pobre sea menos miserable y que el rico y poderoso lo sea en exceso.

Muchos datos se podrían agregar en este extraño comienzo de curso -como los de los informes periódicos de los sindicatos y de organizaciones como CEAPA-, tantas veces emitidos en estos cuatro años y sus siguientes ocho meses. Todos confirman un agrio panorama en que las intranquilizantes siestas de Rajoy no sólo no arreglan nada sino que suenan a insulto a muchos ciudadanos. A tres meses vista, y cuando los que más sufren la situación nunca suelen votar, los que lo sienten disminuirán, a los que Galbraith llamó “satisfechos” les es indiferente y hasta crecen relativamente en su capacidad de voto. Y como telón de fondo, los linajes del señoritismo sesteante -de que existen más versiones que la de Rajoy, aunque la suya sea paradigmática-, transpiran una melancolía rancia que solo conduce a más dependencia sumisa. Ya parece que se quisiera inducirnos a pensar -como antaño y sin populismos explícitos- que estamos predeterminados a producir un poco más dentro de las normas de la precariedad, entre las cuales, la ignorancia programada es más fructífera que una modernidad respirable.

[ Volver atrás ]
Ven a la Escuela Públicawww.quehacemos.org
noticias opiniones encuestas informes polémicas normativas agenda videos imágenes humor contacto mapaweb
creandociudadania.org  ®  2012