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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La normalidad postveraniega puede traer anormalidades sólo benéficas para unos pocos

Manuel Menor Currás
29-Agosto-2016

Prosigue el lenguaje equívoco, sólo apto para la apariencia. Los “compromisos” de PP y Ciudadanos, vistos desde Educación, sólo implican continuidad de lo ejecutado estos años por Wert.

Se ha podido oír en algunas crónicas estos días que, después de las vacaciones viene “la normalidad”. Claro que se dicen muchas cosas que no suelen ser verdad o sólo a medias: las palabras son ambiguas con frecuencia. En el ámbito occidental, y antes de que el llamado Estado de bienestar empezara a ser desfondado, las vacaciones -pagadas- habían empezado a constituir algo “normal” para la inmensa mayoría de los ciudadanos. Previo al panorama sociopolítico europeo del plan Beveridge en 1942, “lo normal”, sin embargo, había sido que la inmensa mayoría de la población trabajadora no tuviera pautado ese tiempo de ocio. Como tampoco tenía muchos otros derechos que se adscribieron al trabajo a partir de finales del siglo XIX. Es decir, que esta anomalía de las vacaciones -como la mayor parte de las “normalidades” sociales constitutivas del Estado social y, posteriormente, de los estados democráticos con dimensión social-, son algo histórico: ni siempre han sido ni, en muchas partes del mundo, son todavía. Además, los avatares políticos y económicos, tan de la mano, han dado en rebajar estos derechos “normalizados”, lo que ha venido sucediendo sistemáticamente desde 1989, incrementándose más a partir de 2010 en nuestro país.

Normalidad y banalidad

Son pocas las ocasiones en que no empleemos el término “normalidad” de manera interesada, casi siempre para defender alguna posición que consideramos incontestable o que, al menos, no deseamos nos contesten. También suele usarse a conveniencia de la pereza deontológica que suele seguir a decisiones administrativas condignas de un ambiente enrarecido. Así, una persona responsable en una asociación de cierto rango se autocomplacía recientemente diciendo que, en su ciudad, el ambiente cultural estaba mejorando afortunadamente porque ya era “normal” que más gente leyera e-books; aunque las mejores librerías hubieran desaparecido, existían todavía veintitrés, un conjunto en que lo prevalente -por los ejemplos que citaba como “buenas librerías”- eran quioscos de prensa o papelerías que, en algunos casos, vendían bestsellers; al parecer, consideraba que al buen lector le bastaba comprar libros en supermercados y kioskos. Similar es el contexto de “lo normal” en estos días, en que se buscan aclamaciones después de pactos muy teatralizados y que la “normalidad” vuelva por sus fueros a donde solía. Conviene recordar que nuestros prohombres conservadores -y no sólo los de este momento- siempre han considerado sus modos de ver y actuar como “los normales”. Algunos añaden que son los “naturales” e, incluso, “como Dios manda”, constructo muy cercano a aquel otro que lucía en muchos cinturones militares totalitarios: “Dios con nosotros” o al que brilla en el billete del dólar americano: “In God we trust”. Es la posición argumental más socorrida por todos los modos de poder que han sido, especialmente los autoritarios y despóticos desde Egipto hasta el presente, pasando por Roma, Luis XIV o Fernando VII, “El Deseado”.

Los 150 compromisos de “la normalidad”

Dentro de la volubilidad acientífica que solemos confiar al término “normalidad”, en este momento se pretende pasar como “normal” el pacto recién firmado entre el PP y Ciudadanos, por el que se comprometen en 150 propuestas para mejorar España. Con este bagaje, en que las imprecisiones son mayores que las concreciones, pretende allanarse el debate de investidura a que aspira Rajoy sin apenas mover nada de lo hecho durante estos años mientras, al mismo tiempo, se trata de situar en “la anormalidad” a los discordantes con quienes han tenido tiempo sobrado para enmendar el estilo errado de sus actuaciones. En esta tesitura sitúan especialmente a la actual dirección del PSOE que, con su simple abstención, podría facilitar la jugada de la investidura. Todos entonan laudes al líder todo terreno, pero nadie aclara por qué ahora le vale lo que en el mes de marzo no le valía, ni tampoco por qué no siguieron la senda de los acuerdos y el diálogo en tiempos pasados. Nada “anormal” habría en lo que han hecho en sus tiempos alternantes de gobierno, de arrogantes mayorías. Parece que lo hayan hecho muy bien y habría que asentar sus presuntos logros, ya que “España va bien” y no es cosa de volver a “la herencia” de cómo estaba hace cuatro años.

Esta película sólo la creen los muy adeptos. La macroeconomía y las grandes frases casan mal con la letra pequeña -pero vital- de los recortes a que han sometido todos los asuntos sociales, la precariedad de salarios y contratos y, entre otras menudencias, los gastos generales del Estado, en que se puede ver quiénes están pagando la crisis oportunista que ha dado pie a unos pocos para situarse en posición crecientemente asimétrica respecto al resto. Si se quiere algo más cercano y urgente, ahí está el uso y abuso que han hecho del Fondo de Reserva de la Seguridad Social, también conocido como “la hucha de las pensiones” de los españoles. Y, por otro lado, en asuntos educativos, es fácil traer al recuerdo -la normalidad de la memoria histórica también es esto- el pacto que no quiso firmar Esperanza Aguirre en 1997, cuando era ministra de Educación; lo promovió la Fundación Encuentro y pretendía llegar a una Ley de Financiación de la LOGSE en cinco años. Tampoco es imposible acordarse de que, tanto Mario Bedera en nombre del PSOE y Sandra Moneo, del PP, han lamentado que, cuando ya estaba muy avanzado el pacto educativo de la etapa Gabilondo, fueran las expectativas electorales que auguraban la victoria del PP las que acabaron frustrando aquel intento firme y casi ya rematado. En nombre de una supuesta “calidad”, de que tenían la clave ejecutiva, echaron por la borda años de posibles acuerdos de mejoras reales. No les importó.

Lo más evidente de estas medidas que sirven ahora de base para lavar la cara a las actitudes desarrolladas por el PP y su líder en el reciente pasado es que tratan de mantener el statu quo de lo reformado -o disminuido- a fin de que nos resignemos, a ser posible de manera definitiva, con que “lo normal” e inamovible es la trayectoria de lo que han hecho. Tratan de volver la situación social y política a “lo natural” y “como Dios manda” y ya desempolvan lo que en los años 70 del pasado siglo decía un distinguido médico castellano ante las demandas de los trabajadores de aquellos años inciertos: “Pero a dónde vamos a llegar, si hasta los obreros quieren llevar abrigo”. Esa es la direccionalidad de los firmantes de estos acuerdos que facilitarán las cosas a Rajoy en estos días venideros, dispuestos a sentar como doctrina que quienes no piensen como ellos o no les faciliten la gobernanza son unos “anormales” obcecados. En otro tiempo, añadirían seguramente algunos calificativos más que explicitaran contudentemente sus criterios de “normalidad”.

La “normalidad” educativa.
Todo ello puede verse en lo firmado acerca de asuntos educativos en las páginas 27 y 28 del documento de referencia. Son once las propuestas aprobadas -de la 78 a la 88- y tocan diversas cuestiones de un amplio panorama con graves problemas. Pretenden ser transversales y, más bien, se quedan en la superficialidad, de modo que los asuntos concernidos quedan, en definitiva, tal como han sido legislados o proyectados en estos años. Últimos. Ojalá, de todos modos, que la suerte les fuera favorable, pero con estos mimbres genéricos e inconcretos difícil, si no imposible, será una construcción coherente y estable de la educación que conviene a los españoles del común. Lo que no impedirá que se publicite ampliamente -por tierra, mar y aire- la bondad de tan feliz acuerdo, supuestamente “histórico” por ser de los pocos que se le conocen al PP en este terreno de lo simbólico.

Independientemente de que habrá que volver a estos acuerdos al ritmo de lo que se adivina, baste observar dos puntos principales. El nº 78, relativo a un “Pacto Nacional por la Educación”, da por supuesto que, mientras no se logre, sólo “se congelará el calendario de implementación de la LOMCE en todos aquellos aspectos que no hubiesen entrado en vigor”. No reforma prácticamente nada, pues a la LOMCE le queda poco por completarse en su aplicación; la da por válida en cuanto a currículum, selección de alumnos y diversificación y gestión de los centros, y la entiende como punto de arranque de conversaciones futuras. Además, este ítem -junto con el 86- mete en el mismo saco la “igualdad de oportunidades” y el derecho a elegir el tipo de educación y el centro donde escolarizar a los hijos”. Las aclaraciones van solamente en la dirección ya conocida de perjuicio a la enseñanza de la mayoría social, la escuela pública: “continuaremos -dice de manera ambigua, aunque clara- respaldando el sistema de conciertos educativos en apoyo a la educación pública y garantizando la igualdad de oportunidades” . No menos interés tiene el nº 83, que trata de que se apruebe un Estatuto del personal Docente, que, según dice, ha de estar basado en “el Libro Blanco de la Función Docente”. Tal como lo dice, y conociendo los antecedentes y situación crítica a que fue sometido este libro en los estertores del gobierno de Wert en Alcalá 34 -y en los comienzos del aparentemente provisional Gómez de Vigo, siempre en compañía del omnipresente Sr. Marina-, parece que quisieran consagrar como “normal” lo que la LOMCE da por establecido: un tipo de profesorado escolar -e indirectamente, también el universitario- que más bien haga labores de estricto peonaje más que de profesionalidad competente. Cuanto más obediente a las prescripciones y dictámenes que le impongan a través de unos directores o capataces cipayos, mejor. Es decir, que el núcleo del sistema, por mucho MIR que se proponga, no pasa de aparente lavado de cara para seguir donde estaba o, tal vez, peor.

Los “normales” privilegios

En la historia de la humanidad siempre han sido “normales” algunas cosas. Primo Levi, en su alegato contra los campos de extermino nazis, tuvo muy presente la sinuosidad de las relaciones internas que allí se establecían y cómo los que menos se fatigaban derrochaban celo para conservar su posición. “Esto -dice- me llena de ira, aunque ya sepa que está dentro del orden normal de las cosas que los privilegiados opriman a los no privilegiados: es ésta la ley humana que rige toda la estructura social del campo” (Si esto es un hombre, El Aleph, 1998, p. 46). Por eso, no hay vanidad mayor que esforzarse en hacer tragar a los demás los sistemas sociales, morales y políticos, elaborados por unos pocos selectos, ungidos de verdad y razón. Educativamente hablando, no es aceptable, por muy confusos que estemos todos.  

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