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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

No es verdad que los diálogos de la Moncloa tengan que ver con los de Platón

Manuel Menor Currás
2-Agosto-2016

Siguen primando los decretos, contrarios a las formas democráticas, que no favorecen ni la buena educación ni las posibilidades del buen gobierno. El ideal sigue siendo sostenella y no enmendalla.

Vuelve a oírse mucho lo del diálogo y, últimamente, hasta el consenso vuelve al ruedo mediático. Pero están que no cesan en su amor patrio por el poder: hasta Maíllo muestra afán dialogante. E, indefectiblemente, vienen a la memoria las veces que en estas dos pasadas legislaturas derrocharon sordera quienes ahora reclaman audiencia para sus posibles propuestas. Dispuestos están, incluso, a pactar 125 puntos que acaban de encontrar ahora en aquel acuerdo de Ciudadanos y PSOE, no sabemos si ya fenecido del todo y que tanto denostaron. En cómo lo han dicho estos días siguen con idéntica prepotencia que casi siempre que ha habido mayorías absolutas en el Parlamento y vimos funcionar “el rodillo”. ¿Cuántas veces, en estos últimos años, no pensamos que esta institución -el lugar de la palabra y del oído abiertos- carecía de sentido ante cuestiones que pasaron por allí sin apenas el mero trámite hacia el BOE? ¿En cuántas ocasiones la calle ha tenido que servir de ágora ante decisiones infumables? ¿Qué quedó por hacer como no fuera esperar a unas elecciones para ver si cambiaba algo? ¿Ha de confiarse ahora en que, en nombre de ocho millones, los mismos que siguen al mando -que no quieren provisional- hayan aprendido qué les conviene a los otros dieciséis? ¿En nombre de qué?

Lo que hemos aprendido

En asuntos educativos, no olvidamos cómo aprendieron a “dialogar” en la etapa ministerial de Esperanza Aguirre -que se negó al pacto que le tendieron desde la Fundación Encuentro en septiembre de 1997- y, sobre todo, con la propuesta de consenso en la etapa de Gabilondo. Lo tremendo es que siguen igual. No se fían del Parlamento y acuden al Real Decreto, esa fórmula legislativa similar a cuando las decisiones no venían de La Moncloa sino de El Pardo. Desde diciembre del año pasado no acuden a dar explicaciones, porque -en una interpretación constitucional laxa- alegan que no les toca. Y son reticentes al procedimiento que marca el art. 99 para la investidura porque temen, como mínimo, que les reprochen gestos y actitudes nada dialogantes con los demás grupos parlamentarios. Pero, entretanto, para que no les olvidemos no se privan de decretar. Y sus autonomías también concuerdan en decretos a contrapelo de toda mesura dialogante: en la semana pasada, comentábamos lo de los directores de centro a dedo, como gran aportación para atender los intereses de alumnos, profesores y padres.

Lo que nos siguen enseñando

El decreto fue el peculiar instrumento normativo preferido por Wert para sus inefables diálogos con quienes pasaran por su Departamento a cumplir los rituales básicos que preceptúa la legislación para determinados pasos legislativos más complejos, como por ejemplo, el proyecto de Estatuto de la Función Pública Docente, que todavía el Sr. Marina trata de reanimar. El repaso de sus decisiones habla de unos modales en que lo que contaba era el yo autoritario, displicente con los enfoques de fuerzas sociales que no fueran las que le habían situado al mando de la Educación española, las que, una vez cumplido el objetivo de “la mejora” general planificada desde antes de que tomara las riendas, le llevaron al retiro dorado de París. Hace un año de esto, como recuerda Cintora. Para conmemorarlo -y siguiendo las enseñanzas de la LOMCE que el prohombre del desplante nos dejó como legado antes de arribar al Sena con Gomendio, a representar vaya a saberse qué-, ahí están los recientes decretos a propósito de las reválidas y selectividad que se avecinan. La fórmula que había establecido en 1975 Martínez Esteruelas -el ministro que, en febrero de ese año, ya había demostrado su amor a la expansión del conocimiento a 8.000 estudiantes cerrándonos la Universidad de Valladolid- se agota en este septiembre inmediato. Con semejante pedigree, ahora han logrado satisfacer a la inmensa mayoría de estudiantes, sindicatos, asociaciones y colectivos sociales, en nombre de que así se “mejora” la enseñanza de todos. La prueba es que, como tienen tanta fe en sus modos de proceder y en lo que hacen selectivamente, la decisión la han tomado justo en el momento en que todo el mundo se va de vacaciones, como un golpe bajo de Rajoy y Méndez de Vigo para que sean más divertidas.

Podrá decirse que es un acto de “mala educación” -como nos decían antes a la mínima-, pero si estas cosas sí se hacen, más bien parecen una muestra más de ansiedad regresiva: fruto de un mal controlado síndrome de eternidad en que el bienestar ciudadano fuera una desgracia vitanda. Dudoso es que no vayamos a otra más sublime, pues ya no es extraño prever unas terceras elecciones o, como mucho, algún acuerdo in extremis donde todos -y especialmente Rajoy- dejen de jugar al individualista MONOPOLY para salvarse de increpaciones gruesas inapelables. De momento, hablar de diálogo o sordera equívocamente, para no mover ficha, se acabará pronto. De ser cierta la conclusión de la última entrevista monclovita, ya se puede ver “el fin del diálogo entre Sánchez y Rajoy hasta que C´s diga sí al PP”.

Y Platón

Para el tiempo incierto de este agosto, que para muchos será de desencuentros, es más recomendable que nunca recordar lo que, en 1966 -hace cincuenta años-, escribía el maestro Lledó sobre Platón y sus Diálogos: “¿No era el diálogo la única forma de expresar la historia ideal de Atenas, la vida intelectual de sus habitantes? ¿Qué otra manera había de manifestar comunitariamente lo que pensaban y las cosas de que hablaban? El diálogo era la forma adecuada de la democracia, y el que un aristócrata como Platón ´dialogase` fue una lección más de su magisterio”. ¿Estaremos a esa altura en septiembre? ¡Buen verano!

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