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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Para no perderse en las repeticiones, hay que abogar por la lectura y los buenos maestros

Manuel Menor Currás
11-Julio-2016

En la equívoca provisionalidad del presente, el único modo de no perder el tiempo y su sentido es auyentar la ignorancia y la superstición: tener buenos maestros y leerlos.

Todavía hoy, quienes no han leído a tiempo Rayuela (en 1963), se sienten sorprendidos por las instrucciones que da Julio Cortázar acerca de cómo seguir leyendo a partir del capítulo 56. Quienes se tomen la molestia de seguir tan detallado número de orden, concluirán con benevolencia que -salvo lo que prescriban sabios hermeneutas- esta canónica secuencia es tan atrabiliaria como cualquier otra, propicia siempre a la confusión. En total, son 175 capítulos, y cuando el autor trata de orientar al lector en su laberinto, se va más o menos por la mitad de sus páginas.

Provisionalidad

Cincuenta y tres años más tarde, con más pasado que futuro -y con más memoria que proyectos-, el impasse postelectoral que nos ha tocado, después de seis meses de parsimoniosa provisionalidad gubernamental, no gana en claridad de indicadores. La indecisa realidad sólo aporta múltiples repeticiones, pistas que despistan, vuelta a empezar de Penélope a la rueca, sin que se adivine un sentido direccional orientador. Como si alguien hubiera barajado mal los días, volvemos a tener delante revisiones de lo dicho, consignas insolventes y mensajes ya oídos que nada nos dicen o descolocados a propósito. Hemos cursado ya todo esto muchas veces, ha aumentado nuestra desmemoria y, sin desentrañar el misterio de lo que sucede, tenemos la tentación de reescribirlo como profecía sin incurrir en tautología.

Es verano y podemos no creerlo, pero la incredulidad desaparece con sólo revisar unas cuantas primeras páginas de prensa. La infraestructura, la estructura y la superestructura de lo que acontece andan descabaladas, como en un bosque desanimado y carente de sendero a ninguna parte: ni se sabe si vamos muy aprisa o muy despacio, como en los atascos de autopista. El movimiento es incierto, como de tortuga, nos detenemos y arrancamos bruscamente para volver al punto muerto y volver a frenar. Tantas veces lo hemos hecho ya que es imposible llevar la cuenta de lo que va y viene, desde cuando no votábamos porque no dábamos la talla y éramos “democracia orgánica”. Hasta ahora, que tan maduras nos dicen estar las instituciones, que aguantan todas las fechorías y el retorcimiento a sus palabras más hermosas.

El laberinto

Mira que es mala pata que haya habido una crisis y todo parezca manga por hombro. Ahora que íbamos tan bien, que el PIB, el crecimiento y el empleo parecía que se disparaban, el miedo ha tenido que volver para que no se despistase el rebaño. Y lo ha hecho bien, casi perfecto, como si una voluntad de Dios salvadora hubiera sobrevenido. Pero ha dejado otra vez la sensación de provisionalidad, de que no se sabe bien en qué momento estamos y ya lo cronológico no coincide con lo vivido, como empiezan a suponer los pensionistas.

Es momento multiforme, como cabe sospechar del ambiguo mensaje de la OCDE, siempre tan atenta a contentar a tirios y troyanos por si acaso. Casi podemos discernir los tranquilos avances del cansancio y la corrupción que no cesan. Vamos postergando lo postergable y el presente se vuelve otra vez ingobernable, de tan nítido que puede aparecer a cuantos tratan de ver bien lo que se mira, escuchar mejor lo que se oye y no perder la memoria ninguneada. Razones vitales poderosas impiden mantener como definitiva la inquietud del miedo: no somos islas, compartimos un mismo espacio y, con todas las dificultades que se quiera, una sana convivencia enriquece a todos. Es complicado, claro, y por eso parece que todo sigue igual, sin saber a qué página y capítulo vayamos a parar.

Bibliotecas y maestros

Todo ha vuelto a su ser laberíntico, cualquier combinación es posible y nadie parece llevar la cuenta de lo que suceda. Lo que tenemos no está para muchos trotes y son demasiadas cosas y personas las que están con respiración asistida: Obama felicita a Rajoy. Las máscaras de la sugestión y la esperanza, de la imposición y la impostura, se seguirán superponiendo y ya vuelven noticias de lo que sucede y no sucedía antes de votar el 26-J. De nuevo habrá, incluso, quien tenga tentación de modificar el pasado, aunque ya no sea tan dócil ni plástico como ha sido. No es difícil: un amplio conjunto ciudadano propende a olvidar con facilidad y se encomienda al azar impredecible. Es verano, y meterse en una biblioteca o en un museo es una aventura improbable para siete de cada diez españoles.

Por su parte, enseñar con mínima dignidad y provecho para todos seguirá siendo asignatura pendiente: no sea que maestros y profesores se envicien. En verano, muchos se metamorfosean en aves migratorias. Probablemente, hacia ese limbo donde da igual el post quem y el propter quem, la confusión de la gimnasia con la magnesia, las churras con las merinas o la velocidad con el tocino. No hace mucho estaba de moda que recordasen a sus pupilos: “a ver si vuestros padres me vienen a pagar” y ya apechugan con la docencia estacional, reflejo evidente del nivel comparativo en el escalafón del maravilloso aprecio por su trabajo. Mientras no hay consenso en si un profesor ha de acentuar su perfil de peón o sus competencias profesionales, este adelanto de futuro sigue combinándose armoniosamente con opinólogos que no desvíen a nadie de la recta doctrina ni del orden debido. Si no queremos perdernos en el intrincado laberinto y perdernos, no olvidemos estos detalles.

 

 

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