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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

El futuro de los libros

Antonio Ruiz heredia
3-Octubre-2012

Hace poco, repasando periódicos viejos antes de mandarlos al reciclaje, leí en un ejemplar del diario “El País” un reportaje (que cualquiera que desee consultar puede hacerlo en: BABELIA, sábado 15/09/12) cuyo título: “El futuro de la lectura” atrajo mi atención de inmediato.

En el se especula con el porvenir del libro tal y como lo conocemos ahora, que parece estar siendo lenta pero inexorablemente sustituido por eso a lo que llamamos “E-Book”, nombre que se le ha venido a dar al artefacto -en inglés claro está- para que todo el mundo sepa lo que es, pero sin que nadie nos atrevamos a nombrarlo en nuestro idioma materno, por aquello de no aparecer como antiguos o fuera de onda.

Los libros, que hasta ahora han sido pensados y escritos para ser leídos en papel, necesitan ser algo tangible, físico, duradero aunque frágil; real en definitiva. Piden ser sopesados, acariciados, olidos. Adoran que peguemos nuestro ex libris en su interior; aman los marcapáginas y les gusta viajar en nuestras manos. No pretendo desmerecer el “libro” electrónico o digital, que no deja de ser un adelanto, un soporte más para nuestra cultura, aunque se encuentre inmerso en un mundo ficticio, tanto que sólo existe mientras se lo permita la batería que lo alimenta, no siendo de esta manera más que un enfermo con marcapasos.

Insisto: quiero ver también los “pros” de este tipo de archivo capaz de contener cientos de textos, con la indiscutible ventaja de lo mucho abarcado en tan poco espacio; fácil de transportar, ligero y sobre todo útil en los viajes. Fundamental para lectores como podría ser mi caso, que tengo gusto por ir a retortero de dos y hasta tres libros simultáneamente.

Que duda cabe su utilidad para todos aquellos a quienes gustando mucho leer, aborrecen vivir en una casa atestada de estanterías.

Pero con todo,  sigue siendo no más que un mero soporte. Un soporte más.

Las estanterías, esos escalones vivos y verticales que nos ascienden al conocimiento, capaces de contener vivencias encuadernadas, historias de todo tipo; arte, ciencia, poesía… ¿Y las bibliotecas? En el reportaje de BABELIA se cita el ejemplo de la Biblioteca de Nueva York. Explica con cierto triunfalismo como han “conseguido” menos estanterías y más espacio para más personas. Pues bien, lo han hecho de un modo singular pero triste: llevándose dos millones de libros que ocupaban ocho plantas a dos almacenes externos. Ahora ese espacio robado al papel impreso será ocupado por hileras de ordenadores, zona wifi, cafeterías…y… ¿Cuántos cientos de personas leyendo?

Espero que no cunda el pánico y no imitemos en esto a los norteamericanos, como en tantas otras cosas absurdas.

Tiemblen los estudiantes de Ciencias de la Documentación (Biblioteconomía), pues su profesión se verá abocada a desaparecer, tal y como lo hizo la de los antiguos fareros, que sabían crear ese vinculo cálido y humano, ahora inexistente, entre la costa sembrada de escollos y las embarcaciones de todo tipo y condición, sobre todo en noches obscuras y tormentosas. En adelante serán tal vez meros conserjes o no serán nada, ya que a esas modernas “bibliotecas” –por llamarlas de alguna manera- no hará falta ir, pues podrá accederse a sus fondos digitales por Internet, sin contar con ellos y sin moverse de casa, para beneficio y recrecimiento del inmisericorde “michelín” que circunde nuestro cuerpo.

A la gente de nuestra generación, la explosión de la informática nos pilló con el paso cambiado. Muchos se negaron a subir a ese tren, creyéndose tal vez incapaces, viejos y/o acabados. Yo no. A los cincuenta me apunté a dos cursillos distintos para aprender y, sin pasar de ser un usuario normal, puedo decir que me defiendo más o menos en ese mundillo sin el cual parece que no podríamos sobrevivir y que utilizo no obstante cuando y para lo que me interesa, sin dejar que sea el quien me utilice a mí. Creo al tiempo haber aprendido a ver tanto la utilidad como lo negativo del mundo digital, cosa que muchos en su ceguera tecnológica y según he podido comprobar no han podido alcanzar todavía, deslumbrados por esa supuesta realidad intangible y casi ficticia, que como digo, desaparece y nos deja en pelotas cuando se va la luz o se gasta la batería.

Tal vez parezca algo parcial y subjetivo en mis comentarios, más no puede ser de otro modo siendo como soy encuadernador. Conozco el alma de cada libro que restauro: sus refajos más íntimos constituidos por tiras de papel de estraza, tela tarlatana y cabezadas bordadas. He cosido sus cuadernillos y cuando el libro, en su humildad y pobreza carecía de ellos, he zurcido una a una cada hoja en lugar de pegarlas, para evitar que se separen, mutilándolo. Le he confeccionado con cariño tapas nuevas, como cuando una abuela teje patucos protectores para los piececitos de su nieto, he pegado hermosas guardas y los he decorado, gofrando o dorando adornos, letras y filigranas en su lomo. Y luego los he colocado con orgullo en su estantería, esa que quieren vaciarnos para poner filas de ordenadores y cafeterías a la americana. ¡Como no voy a ser parcial!

Cuando un “libro” digital se estropee, su dueño me imagino que lo tirará y comprará otro. No creo que lo lleve al informático para que restaure sus dañados circuitos impresos; ésta es la era del “usar y tirar”. El supuesto “reciclaje” no es más que un mito urbano: se han fotografiado montañas (literal) de antiguos ordenadores, teclados, pantallas y demás aparatos, vilmente arrojados en campos de países pobres de África, que cobran una cantidad insignificantemente absurda por dejarnos usarlos como vertedero. Que no me hablen de reciclaje.

Pero un libro, un libro no se tira. Aunque también hay personajes que tiran sus libros sin estar estropeados o los venden, o regalan, que nunca es lo mismo ya que no se puede comparar esto último con el frío contenedor o la hirviente hoguera.

Dicen que los libros de papel tienen los días contados. Ya veremos. Como todas las cosas a veces no son mas que modas, pero también se trata de una cuestión educativa y aunque nuestros hijos y nietos trajinen con portátiles y libros digitales, es nuestra obligación transmitirles la verdad y la historia de la letra impresa sobre papel, el gozo del olor a tinta de los libros nuevos, o a añejo que han adquirido los antiguos con la edad; la sorpresa de la inesperada estampa o grabado, el tacto singular del mamotreto con su peso y el juego irrepetible de pasar las páginas con su peculiar sonido…

Antonio Ruiz Heredia es maestro y educador ambiental

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