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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Entre el BREXIT inglés y las “dos ciudades” educativas españolas

Manuel Menor Currás
17-Junio-2016

La “mediocridad” horaciana es lo que corresponde a la democracia, sin privilegios propicios para el desafecto fundamentalista. Paradójicamente, eso es lo que también precisa el sistema educativo público.

Puede que sea el destino o que sea producto de la naturaleza humana, empeñada en repetir, por miedo, ignorancia o cualquier otra razón incrustada en las neuronas, los problemáticos itinerarios del pasado. Pero aquí estamos ante una coincidencia nada astral que, según nos repiten con abusiva imprecisión, es “histórica”. Con leves días de diferencia, se han juntado el referéndum inglés de este próximo jueves y la reiteración, en tierra española, de una jornada electoral imprecisa el 26-J. En común tienen que, con tres días de diferencia, se intentará decidir una inconclusa posición de los ciudadanos respecto a cómo les vayan a gobernar.

El brexit y las dos ciudades

Si triunfara el brexit puede que pronto salga a relucir Felipe II y su “armada invencible”, pero lo que hace relacionables las dos fechas de este mes de junio es mucho más inmediato para cuantos vivimos en 2016. Ambas tienen más que ver entre sí de lo que parece. Con la decisión que adopten los ingleses se irá reduciendo la mitificación que un día hicimos, también los españoles, de la pertenencia a esta Unión Europea, el antiguo Mercado Común que envidiábamos en los años sesenta. Con lo que decidamos nosotros el 26-J, pueden cambiar bastante o quedar todavía más confusas pautas de nuestra vida colectiva que, desde hace bastante tiempo, acusan necesidad de reestructuración profunda. En muchos españoles crece el interés por el referéndum del brexit. Lo ven atractivo pese a los muchos inconvenientes que pueda tener porque, al menos, daría la oportunidad de que se airearan sus problemas de armonía social.

Más allá de la insularidad y sus connotaciones, la veta más inteligente de la tradición política inglesa ha sido siempre reacia a cierta esclerosis con “lo que hay”. Podrían recordarse las sucesivas reformas para ampliar la capacidad de voto. Les costó lo suyo, pero les trajo la ventaja de no haber sufrido guerra civil alguna en más de doscientos años. Tuvieron los problemas de “las dos ciudades”, contradictorias en estilos y perspectivas de vida, pero pronto trataron de conciliarlas, y el propio primer ministro Disraeli las describió en su muy divulgada novela, Sybil (1845). No quiere decirse que en España esta perspectiva no haya sido puesta en evidencia más de una vez. Ahí está Galdós y, en especial su novela Misericordia (1897) -que tanto admiró María Zambrano-, para mostrar un esquema similar de estructura social. Con la diferencia de que el paso de los años la mostraba más duradera, reacia a la sana modernización y, de añadido, que derivaría en conflictos mucho más dramáticos que los que en Inglaterra hayan tenido lugar en el mismo período. Esa distancia entre los dos países en cuanto a presteza o lentitud para limitar las diferencia y en promover, por tanto, las leyes e instituciones sociales que pudieran corregirla, ha seguido muy presente, aunque se haya reducido en estos últimos años. La propia posibilidad de este referéndum inglés, marca una diferencia muy notable en cuanto a cultura democrática. No se tenga en cuenta, por supuesto, el feroz fundamentalismo del lunático asesino de la diputada Jo Cox, que aquí ha proliferado tanto.

Asimetría o convergencia

Lo que suceda a partir de nuestra abstención o nuestro voto el próximo 26-J no será inmune a lo que se haya decidido tres días antes en Inglaterra. Sería muy interesante, por ello, que, antes de votar o no votar, se tuviera en cuenta que una de las cuestiones principales que se ventilan es si nuestras “dos ciudades” de ahora mismo confirman o no -a partir del 27 de junio- que siga creciendo la legalidad de su asimetría o si se retoma el camino de una mayor convergencia. El encaje de posiciones al respecto, es primordial. Múltiples formas de despiste, de renovados miedos o estratagemas tratan de que así sea, y la propia cuestión del brexit inglés ya está sirviendo de pretexto para inducir el voto conservador. Cuando las cotizaciones de Bolsa de estos días han mostrado zozobra, las transmisiones de esta información económica han implicado desconfianza acentuada, sin que nadie nos contara cómo era posible esta especie de capacidad divina de las altas finanzas para la actio indistans, o cómo nuestra individual inclinación votante podría corregir, aunque sólo fuera un poco, las desgracias que empezaron a profetizarse. Lo que nos nos querían decir -aunque lo digan de manera explícita, aparentemente descontextualizda- es: si no nos votáis a nosotros no sabéis en lo que os estáis metiendo, os vais a enterar.

En el plano de los asuntos educativos -siempre tan expresivos de las otras políticas-, el panorama de lo que está pasando es plenamente coherente con esta perspectiva del miedo y la confusión deseada como presión que nos acompañe de fondo mientras pensamos si votamos y repasamos a quién. Por si acaso, de manera genérica ahí están, entre variadas templanzas, tácticas y predilecciones, las noticias del Banco de España reafirmando la hoja de ruta a tener en cuenta, poniendo en primer plano la demografía como algo estrictamente natural y ajeno a la ideología, pero determinante de la economía. Ahí está Podemos, poniendo en primer plano, por contra, el sentido patriótico de sus programas, supuestamente para restarle radicalidad democrática. Ahí está Ciudadanos reclamando por enésima vez una ”regeneración” que les muestre como “una cosa normal” pero dentro de la órbita de los intereses del Ivex-35, el Banco de Sabadell y las juventudes del PP. Y ahí está también el PSOE, según las encuestas perdiendo con la ciudadanía que ha sufrido más con los sucesivos recortes que ellos mismos iniciaron, lo que motivaría que se esté hablando de eclipse mientras tratan de reubicarse no se sabe bien dónde.

De manera más específica, según a dónde miremos podremos ver qué nos compensa más hacer. Un buen criterio es observar las propuestas sobre políticas sociales y examinarlas con más detalle desde la justicia social que puedan conllevar. Esta perspectiva dará sentido, por ejemplo, al sonsonete de ”la recuperación” y “el crecimiento” y comparar, a la luz de lo sucedido con las inversiones en educación los peculiares matices por los que todos los partidos la consideran crucial, entre otras cosas, para el cambio de modelo productivo. Tal vez veamos que aquello del punto de apoyo para la palanca, que Arquímedes demandaba para mover el mundo en el siglo III a.C. , no tenga nada que ver con el exotismo que rige muchas de las floridas declaraciones políticas sobre educación. Pueden comprobarlo con los datos que suministra el Boletín Estadístico de Empleados del Ministerio de Hacienda: en el período 2011-2016 se han destruido 44.872 plazas fijas de enseñantes, sustituidas en buena medida por empleo precario. Se hace más claro de este modo, de qué nos hablan ahora mismo los candidatos que dicen que estamos en la buena senda, porque “está creciendo el empleo”: vótennos que sabemos lo que hay que hacer. Otra constatación fácil consiste en retener lo que unos y otros desgranan en cuanto a “diálogo” para “consenso” o “pacto educativo”. De entrada, ya es llamativo que todos -con mucho más definidos perfiles- lo vean imprescindible ahora: la tan mencionada como inatendida importancia de la educación encontraría, al fin, un camino decente. Pero, ¡oh paradoja de inconsistencias verbales!, de nuevo nos encontraremos con lo difícil que va a ser este anhelo preciado. Vean, si no, el análisis de Pilar Álvarez y Juan José Mateo sabrán ya que estos comicios no acercan un pacto de Estado en educación. Es decir, que “los partidos chocan en campaña por el modelo educativo, clave para los pactos”.

En consecuencia, todo parece presagiar que, a la hora del recuento de votos que se produzca el 26-J, el debate político principal va a seguir polarizado principalmente en torno a dos modelos principales de armonía social que urge precisar, un asunto neurálgico en que las políticas de Educación vuelven a ser símbolo primordial de la pelea electoral. En síntesis, se tratará básicamente de qué tenga preponderancia: lo que propone el PP -que nos es muy conocido por su LOMCE- o lo que propugnan desde la órbita más o menos próxima a Unidos Podemos. Los programas de los otros partidos es posible que sólo añadan leves matices a estos dos modelos. E indudablemente, dos cuestiones principales estarán en el aire ante, de, desde, en, entre, por, según y tras estos dos modelos: si la situación privilegiada en que se han movido los colegios concertados se revisa a fondo y, por otro lado, si la laicidad de la escuela pasa a revisarse igualmente. También puede suceder que todo quede como está, aunque tocado en matices de sostenibilidad.

¿Un brexit para la educación española?

La democracia -dice un “experto en fanatismo comparado” como Amos Oz- urge a todos anularse algo a sí mismos para facilitar la realización de los demás y el bienestar de la generación que nos sigue. Sin embargo, todo está por ver. En lo que va de campaña y precampaña ya se han visto signos sobrados de miedo a que las dos cuestiones indicadas pasen claramente a primer plano en la legislatura que -con más certeza que la de las posiciones hegemónicas que salgan de las urnas- se iniciará el próximo 27 de junio. El ruido para que todo cambie sin moverse y que, a ser posible, mejore todavía más el lugar relativo de la enseñanza concertada -y la privatización creciente del sistema educativo-, no ha hecho sino empezar. Métodos como los que hemos visto de manera tan destacada en Madrid y Valencia en los últimos años, están en proceso de reelaboración no sólo publicitaria. De todos modos, la historia de la problemática relación privada/pública es ya demasiado larga como para no adivinar que irá in crescendo. En caso de que los temores de aquella a que se confirme que, cuando menos, se le exija riguroso cumplimiento de las normas reglamentadas, seguirán invocando como inamovible, que en el art. 27 de la Constitución está garantizada la “libertad de elección de centro” y “los derechos de los padres”, indiferentes a cualquier otro razonamiento. Y continuarán repitiendo una inconsistente narrativa, que no atienda a sus precedentes y no arriesgue otra lectura que la que confirme como dogma canónico la abusiva práctica que de ese artículo han hecho desde 1978 hasta el presente. Una tesitura apologética en que seguirán obviando planteamientos abiertos como el sostenido, entre otros, por el llamado Foro de Sevilla, o de manera similar, por los autores de La educación que necesitamos.

Con tales antecedentes, no es descabellado que, en caso de que, tras el 26-J, se prolongara otros cuatro años la ya alargada historia de las “dos ciudades” -o dos redes del sistema educativo- que con merma de la enseñanza pública está vigente en España, muchos afectados por discriminación afectiva dieran en imaginar como opción un brexit para los asuntos educativos, ampliable -mentalmente al menos- a muchas otras cuestiones. A imitación del que va a tener lugar en Inglaterra, determinaría la independencia de la concertada respecto a las subvenciones del Estado y que pudiera desarrollar su tan acendrada “vocación de libertad” sin ataduras. Podría así abstenerse de cumplir los reglamentos que la LODE estableció para poner orden en un paisaje que armonizara la correspondencia mutua entre estas “dos ciudades”. Siempre renegaron de ellos y si, desde entonces, han tenido amplio incumplimiento, se abriría paso otro orden menos infantilizado y sin excusas para la restricción mental. La imaginación también vuela para los minusvalorados y tal vez muchos vean preferible -como paso previo- que, para evitar este trance desabrido de un híspido referéndum, se inste a Inditex para que nos preste provisionalmente como consejera de Educación a esta baronesa laborista, economista y exmodelo que acaba de fichar. Si se comprometiera a seguir siendo “activista por la igualdad” en este terreno, podría ser una garantía de que, por fin, algo se mueve en serio en la política educativa. Claro que, adicionalmente, estos ciudadanos exigirían en primera instancia que se retiraran los sucesivos proyectos encomendados al Sr. Marina por el PP y por la Universidad Antonio Nebrija.

La ciudad educativa de Aristóteles

En serio: procuren que, con su capacidad de voto, no se haga más daño a la educación de todos. Convénzanse: con esa excelencia que pregonan perdemos todos; a la democracia no le pega esta aristocracia señoritil dominante. Aristóteles -como algunas veces recuerda Emilio Lledó- ya lo dejó claro: “Puesto que el fin de toda ciudad [polis] es único, es evidente que necesariamente será una y la misma la educación de todos, y que el cuidado por ella ha de ser común y no privado…” (Política VIII, 1).

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