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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Los profesores de Historia que vivieron la Transición, en trance de jubilarse.

Manuel Menor Currás
29-Mayo-2016

También han hecho historia los profesores de Historia. La que vivieron desde los setenta les convierte en testigos nada cómodos para lo que las élites anhelan ahora de la educación.

HACE 40 AÑOS que la promoción de licenciados de Geografía e Historia en la Universidad de Valladolid emprendió el vuelo fuera del alma mater. Desde 1971, habían compartido aulas en la vieja Universidad de comienzos del XVIII, en el centro de la ciudad. Este 28 de mayo, 56 de ellos se volvieron a reunir en el aula Alonso Berruguete, ahora ocupada por alumnos de Derecho. Entre sorpresas por el tiempo transcurrido, e inmediatas risas y afectos recobrados, recorrieron los preciosistas pasillos con azulejería de Talavera, se hicieron la foto conmemorativa en la escalera donde tantos mítines de protesta habían vivido en los años setenta, recordaron amigos no localizados y, sobre todo, a cinco ya fallecidos -Carlos, Pilar, Chema, Mamen, Emilio-, y se arroparon junto a uno de los mejores profesores que habían tenido: Teófanes Egido, cálido y atento como siempre. Vinieron luego más fotos, muy animada conversación en torno a productos de la tierra, un vídeo de repaso del pasado y promesas de no tardar tanto en volver a recordar juntos. Las memorias múltiples tuvieron espacio para complementarse; quedaron animadas a seguir dialogando sin esperar a que el tiempo diezmara más al grupo. ¡Gracias a los cinco o seis compañeros que se empeñaron en hacer viable la socialización de lo compartido en aquel tiempo! ¡Y enhorabuena a cuantos/as, dispersos por Castilla-León y Cantabria principalmente -pero también en sitios tan lejanos como Bogotá-, les ha tocado hacer este país un poco mejor, sobre todo con el trabajo docente!

Transición incompleta en Educación

No sólo estos 40 años últimos, también los cinco anteriores fueron muy principales en nuestras vidas. Si de alguna promoción puede decirse que vivió la Transición -transición incompleta en Educación-, ésta es una de ellas. De 1971 a 1976, le tocó el final áspero y bronco de la etapa franquista y los inicios de lo que alboreaba tras la muerte del dictador. Hito significativo: les cerraron las Facultades en febrero de 1975, hasta el inicio del curso siguiente. Al ministro Martínez Esteruelas y al rector José Ramón Del Sol les iba la cruda cirujía -sobre todo después de “la huevada” y como harían ver las trágicas consecuencias que le acarrearía a este- y no les importó dejar a 8.000 estudiantes en la calle. Era el final de un programa, en que proseguían la “minuciosidad y entereza para no doblegarse con generosos miramientos a consideraciones falsamente humanas”, que -al parecer de Ibáñez Martín ejerciendo como ministro de Educación Nacional en el paraninfo de esa misma Universidad, en la inauguración del curso 1940-41- “era vital para nuestra cultura amputar con energía los miembros corrompidos e implacables de guadaña la maleza, limpiar y purificar los elementos nocivos”. En nuestras continuadas protestas estudiantiles de los setenta, a esta generación le pilló de todo: carreras de obstáculos continuadas ante los grises y sus caballos, huelgas intermitentes ante los desmanes autoritarios que se prodigaban, saltar por las ventanas a la calle por pánico evidente, el TOP (Tribunal de Orden Público)… Un ambiente duro y desquiciado donde, como milagro de solidaridad inesperado, floreció una “universidad paralela”. De pronto, cafeterías, bares, algún salón parroquial y su fotocopiadora, unos pocos profesores comprometidos con sus alumnos y el ingenio de éstos, colaboraron lo indecible para que todos los colgados de aquel decreto tan del Pleistoceno tuvieran a punto lo indispensable para salir airosos en los exámenes de septiembre.

A aquellas autoridades y a muchos otros profesores, lo del cierre les pareció normal y hasta deseable: las nuevas generaciones de chicos y chicas -otra nada pequeña revolución, frente a lo que habían sido los estudios de mujeres en la Universidad- eran de un melenudo salvajismo que había que atajar, no fuéramos a volver a las andadas. Su aprecio por la democratización de la enseñanza quedaba en evidencia. A Del Sol nadie le quería de rector, salvo los incondicionales afectados por las Montañas nevadas. A Martínez Esteruelas ya se le conocía su afición a la educación de las élites, como había dejado de manifiesto en su ley de la selectividad (30/1974, de 24 de julio: BOE del 26): no fuera a convertirse en un libertinaje la ligera apertura que había preconizado la LGE de Villar Palasí en 1970.

Hacia una historia oral

Los recuerdos de los asistentes a la conmemoración de los 40 años transcurridos fluían con viveza el otro día, como si se tratara de un proyecto de “historia oral”. Se acordaban perfectamente de los pocos profesores que les enseñaron algo de verdad, y de lo agradecidos que les estaban por haberles enseñado a leer en el pasado. Pero también salió a relucir la rutinaria ignorancia supina de muchos más; la agresividad estudiada de alguno para evitar preguntas y dudas; cómo un incompetente plagiador había suspendido a una compañera por ver que subrayaba en el libro original lo que él aparentaba de sabiduría propia en unos papeles amarillentos; o cómo Félix -que había trabajado en Japón-, se atrevió a corregir la atrabiliaria pronunciación de un profesor que pretendía explicar -en versión original- los nombres de los personajes de “la era Meiji”… Hasta salieron a relucir tres casos de compañeros vetados para continuar su carrera docente en la Universidad por motivos tan variopintos como, por ejemplo, que la hija de un ininteligible catedrático -que luego documentaríamos como quemador fascista de libros en la plaza del Ayuntamiento, en 1936- pudiera tener beca de investigación quitándosela, con un vil pretexto pactado con el rectorado, a otro estudiante, contento como estaba de que en el BOE había aparecido la concesión a su nombre. No era fácil, por demás, licenciarse en esta área de conocimiento en Valladolid: había de salvarse alguno de los personalísimos programas pedagógicos del dómine supremo de Geografía, cambiantes todos los años y a expensas de un inexplicado examen oral de tres minutos. Era un misterio saber por qué tuvo algunos fervorosos devotos su Departamento. Y como signo de que aquel ambiente de rancios abolengos tendría prolongadas consecuencias, ahí estaba el caso de uno de los mejores alumnos de aquellos años, al que seguimos apreciando como magnífico, Miguel Ángel Moreno. No se licenció a causa de dos o tres asignaturas que le quedaron pendientes y ahí siguen, a causa del cabreo supremo de haberle dicho en público a otro mandarín de entonces que lo que estaba explicando era una antigualla y, más o menos, que no tenía ni idea. Era verdad: pasando del XVII y XVIII aquel profesor -sin ser el único- continuaba hablando mientras se le oscurecía el discurso cada vez más según hubiera que adentrarse en el siglo XX, pero nadie se lo había dicho. Sin embargo, Miguel Ángel -“el Hitita” porque le gustaba la Arqueología, -pero también el Arte y la buena documentación de lo que se afirmara-, no toleraba la tergiversación que generaba la ignorancia culpable y le mostró para sorpresa de todos su desnudez. Hoy es un magnífico carpintero, restaurador, artista conceptual, activista ecológico y, sobre todo, un extraordinario degustador de espacios y ambientes, siempre a la busca de “paisajes sonoros” que permitan experimentar el mejor conocimiento del presente sin perder el hilo con el pasado. Tal vez sea uno de los compañeros que más ha vuelto a aquel hermoso edificio barroco de la Universidad, mientras continuó allí la Facultad de Historia, para averiguar el paradero de algún documento o información tras la que anduviera.

En el verano de 1977, un pequeño grupo de esta promoción logró sacar las oposiciones para la enseñanza pública en Secundaria, en un momento en que los conflictos con los PNNs prolongaban el manifiesto aprecio oficial por el trabajo docente; no fuera a contradecir la clásica penuria de los sueldos de la educación: todo un presagio, por otra parte, de las precariedades salariales de los jóvenes actuales. En convocatorias siguientes, la mayoría accedió a la dura y gratificante tarea de contribuir a que la educación española alcanzara la amplitud democrática que hoy tiene. En su haber tienen todos el ser testigos privilegiados, como historiadores que son, de la dura transición entre lo que había sido el sistema educativo español -escaso, vinculado a consignas de difícil encaje democrático y con selecta segregación social para unos pocos-, hasta una situación como la actual, necesitada de mayor igualdad en muchos frentes e inestable. No es poco lo que todavía les queda por ver a los que continúan en el tajo. A todos, como país, nos amenaza que vuelva todo el sistema al ser que tuvo antes de los años setenta: aprovechamiento descarado de los recursos públicos, espacio creciente de negocios privados, reproducción de desigualdades y selecta preparación de algunos privilegiados para los puestos funcionales de medio y alto nivel en la dirección de los asuntos de todos: la vieja “reproducción” de que hablaba Bourdieu.

La reproducción actual

Como un presagio, ahí está el programa de Wert que prolonga Méndez de Vigo en estos meses nada provisionales. Y para confirmarlo, ahí están las inequívocas declaraciones de Rajoy en pro de la enseñanza concertada y privada -apenas cuando el nuevo gobierno valenciano ha tratado de poner orden en un desquiciado panorama de desmanes con la enseñanza pública y sus recursos- en un foro electoralista, falsamente tenso por lo que consideran un ataque a la “libre elección de centro”. El presidente en funciones, no en la labor de tal, sino en la de concienzudo defensor de que la “envidia igualitaria” debe ser la causante de los desmadres democratizadores, no ha tenido empacho en defender que “lo natural” es lo que hay. Por lo oído en sus declaraciones, da a entender que el art. 27 de la Constitución no sólo es un pacto inamovible sino, además, únicamente interpretable como si siempre tuviera que tener razón tan sólo él y quienes le inspiran y apoyan. Ignorante de la historia del país que pretende seguir dirigiendo, parece tener la exclusiva hermenéutica también del relato genesíaco de Caín y Abel, hijos de aquellos desgraciados padres primigenios que dejaron el mundo dividido en dominadores y dominados para que los del común tuviéramos que apechugar sin rechistar. Y, por si no nos hubiéramos enterado, su cristalino dictamen arguye que cuanto publicita y pregona está “desideologizado”. En el proceso social del momento actual, continuador según parece de lo que pasaba antes de 1978, los que no piensan como él son, como entonces, gente “ideologizada” de mal vivir, “extremistas” redomados, ansiosos de que todos los males caigan sobre España. Ya tuvimos que leer entonces los discursos de “inquebrantable adhesión” que debió aprender de pequeño, a la sombra de El crepúsculo de las ideologías (1971). Pero sería más recomendable que leyera a Karl Mannheim, quien explicaba en 1930 que no hay discurso más ideologizado que el que se presenta como no ideológico; luego podremos hablar de lo demás.

Como con estos mimbres hemos avanzado tanto y parece que nos vamos a salir de madre sin que los millones de pobres que no cesan de crecer se enteren y el INE ya no va a saber hacer las estadísticas de la imparable “recuperación” y “crecimiento”, en la misma cantilena le ha acompañado Rosell. El eximio representante de cierto empresariado está molesto porque algunos libros de texto de nuestros adolescentes no exaltan con flores suficientes el emprendimiento avanzado en que están sumidos, incapaces de mejorar el sistema productivo aprovechando el conocimiento que tienen los jóvenes actuales. Tanto les sobran que les insultan con su “sobrecualificación”, en vez de espabilar la modorra cuatrera y mejorar su sistema productivo a donde debiera. Se conoce que lo de ser país periférico, con mano intensiva precaria e investigación analítica extranjera, les mola más. Debe ser más patriótico y no nos lo quieren revelar, pero no se cortan con lindezas pseudohistóricas y nos acomodemos a su nivel moral. También Rosell nos acaba de descubrir que lo de tener trabajo fijo y seguro del siglo XIX, se había acabado. En la Feria del Libro de Madrid, en El Retiro, poco le podría costar hacerse con algo escrito por verdaderos historiadores de los que se empeñan en documentarlo todo. Siendo catalán no le sería difícil tampoco encontrar en Sabadell -porque allí se editó y de allí era su autor- un alegato contra los primeros intentos de legislación protectora de la situación laboral en que vivían niños y mujeres de su tierra. Al parecer, según decía Sallarés i Plá en 1892, perjudicarían los dividendos empresariales y, al tiempo, “el desenvolvimiento de la nación”. ¿Era este síndico de los fabricantes textiles un preclaro antepasado del Sr. Rosell?

¿No somos las víctimas?

Es muy probable que muchos de los licenciados en las aulas universitarias en ese entorno de 1976 hayan empezado a dudar hace tiempo acerca de si tiene sentido la Historia y, sin ir más lejos, la de lo vivido desde aquella fecha de inquietante futuro. Algunas cosas no volvieron a pasar, otras muy importantes continuaron tal cual y reverdecen de continuo. Tal vez se encuentre la explicación en la narrativa del viaje de Obama estos días últimos para revisar en Vietnam las posibilidades del negocio armamentístico de EEUU al Sur de China. Quienes pudimos vivir aquella guerra, porque los enviados especiales no habían desaparecido ni se habían ocultado tras las versiones oficiales, aquel apocalipsis de napalm y destrucción industrial de millones de vidas sigue latiendo en nuestra memoria; no lo entendimos en nombre de “la paz de los pueblos”, como para entender esta novedad. Así es la Historia, repetitiva y cansina hasta para cumplir el papel condicionado de magistra vitae que le asigne la autoridad. Si parafraseamos al recién fallecido Lars Gustafsson, sólo es un problema si nos convencemos de que algo nos obliga a defender prefijadas convicciones o creencias. “Pero ¿por qué habría de ser así? ¿No somos nosotros las víctimas?” Lo que menos necesita cualquier historia coherente es que sea justificativa y tranquilizante, y nuestro papel no es el de defensores de una determinada historia, sino el de fiscales. Y más ante unas elecciones dubitativas.

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