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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Que lo necesario sea posible depende en gran parte del voto, no de la ficción.

Manuel Menor Currás
14-Mayo-2016

En educación, se juega el afianzamiento y ampliación de logros relevantes o que retrocedamos a pautas de otra época. Es momento crítico de cambio, de redefinir posiciones de poder.

Desfachatez puede llamarse, según el reciente análisis de Ignacio Sánchez-Cuenca, a buena parte de la opinión que suelen verter en los medios bastantes firmas de renombre. Una parte importante de lo que escriben va cargado de tan displicente rotundidad, mediocre esfuerzo analítico y vulgaridad moralizadora, que en nada contribuye al mejor conocimiento de las complejidades de lo que sucede. Lo que nos han tocado vivir genera de este modo un continuo movimiento hacia una impune prolongación de la desinformación.

Entre la ficción y la realidad

Por su parte, los presuntos responsables de tomar decisiones no suelen ser finos en clarificar qué corresponda tener en cuenta antes de decidir lo más conveniente. Contribuyen con gran asiduidad a que se enturbie de ficción la comprensión de los asuntos y, por tanto, a que se dé por óptima la solución decidida de antemano. No es infrecuente, incluso, lo que en cualquier investigación acarrea rechazo, como es el adaptar los datos de la realidad a las hipótesis, al revés de lo debido. O que el recurso principal de que se haya echado mano haya sido el de la mera anfibología de las palabras, de modo que el discurso pueda llevarse a gusto -ad libitum-, como si la lógica del razonamiento hubiera dejado de ser indispensable. En este orden de cosas, la historia también suele ser un recurso instrumental, cuyo sentido de puesta en guardia y conocimiento se tuerce en aras de mantener la ceguera ficcional ante los problemas que el presente político plantee. Es decir, que, en la práctica cotidiana, son muchos los canales políticos disponibles para que ficción y realidad nos sean indistinguibles.

Ficciones históricas

En educación, hay, en este sentido, dos momentos históricos especialmente sensibles que han sido instrumentados para esparcir altilocuentes tópicos que hicieron difícil a la mayoría de los ciudadanos el buen conocimiento de lo realmente acontecido. No es que sea el ámbito educativo el que tenga peculiares razones para ser emborronado, que algunas tiene. Mírese, más bien, como que cuanto acontece en la construcción social de este campo es reflejo y reproducción de lo que sucede en cuantos se dirime la distribución de poder; siempre está en juego a favor de quién y contra quienes, pues siempre hay que elegir. También puede servir de aviso para no perder de vista que, en un momento de tanta ambigüedad política como estamos viviendo en los días previos al 26-J/2016, no cesará de fluir esa manera que tienen los comunicados oficiales para dejarnos confusos o con determinación sobrada para pasar olímpicamente, que viene a ser lo mismo para muchas intencionalidades. No quepa duda de que merece la pena pensar bien qué hacer: votar o no votar y, dentro de las variedades de voto, a quiénes y por qué. De poco servirá pasarse la vida en plan quejica o como profetas de la nada. Quiérase o no, la vida seguirá. Pues bien, en educación lo que nos fueron contando ha entorpecido conocer lo realmente sucedido: pautas inexplicadas muy vigentes no pueden ser algo “natural”, ajeno a redefiniciones electivas.

El primero de esos relatos relevantes del pasado queda bastante atrás, pero sigue pesando. Lo entenderán mejor cuantos superen los sesenta años, quienes difícilmente habrán podido entender aquel supuesto “aperturismo” formal de 1970 respecto al “asombroso avance” de 30 años de postguerra. La presunta “modernidad” tecnocrática de la LGE, de 1970, si no se retoma desde antes de l936 no es inteligible. El providencialismo de los programas de “adhesión inquebrantable” dejaba desmesuradas preguntas en el aire, y la victoriosa Cruzada, insólita en el siglo XX, aparcaba víctimas y daños. No tapaba el largo atraso que había ocasionado y, al culpar a la II República, ocultaba impunemente los afanes del siglo XIX por la democracia educativa. Aquella ficción narrativa hacía enigmática, entre otras cosas, la investigación de Yvonne Turin en 1959 sobre la educación española en la Restauración. Editada en castellano en 1967, con Laín Entralgo disculpándose en el prólogo de lo sucedido en los años 30 -en particular, contra la ILE-, sembraba dudas sobre cuanto nos habían inculcado. ¿Cómo entender que sólo en la segunda mitad de los años cincuenta se recuperaran indicadores de nivel de vida anteriores a la sublevación militar? ¿Cómo podía ser que en Europa creciera el Estado de Bienestar, mientras las escuelas españolas a construir en el I Plan de Desarrollo seguían en las cifras computadas por la República? ¿Y por qué Marta Mata, la ilustre pedagoga catalana, todavía no había olvidado en 1976 -en Cuadernos de Pedagogía, Supl. Sept.- el vívido contraste entre las “orientaciones” impuestas en 1938 y anticuadas didácticas que, a finales de los sesenta, se vendían como modernas? En definitiva, aquella historia que Pemán había inaugurado nunca contó el tiempo perdido para la educación de todos, irremediable después de 1970 para muchos.

El segundo momento a tener muy en cuenta, y que pesa más todavía en el presente, lo entenderán mejor cuantos decididamente superen los sesenta y cinco años. Difícilmente pueden encajar el edulcoramiento con que se ha solido tratar una Transición en que los asuntos educativos -de rango aparentemente menor- acumularon tanta inanidad. En una etapa tan inestable e incierta, la preocupación por que no se notasen las codiciosas ambiciones de antaño favoreció que perduraran fuertes pervivencias, no todas excusables en nombre de un hipotético final feliz. Quedaron reflejadas en el ambiguo art. 27 de la Constitución, en la muy explícita LOECE (1980) y en la nonnata reforma de EE.MM., cuyo proyecto hizo conocer Ortega y Díaz_Ambrona (1981) sin tiempo para llegar a ley. El propio trato con el profesorado fue muy expresivo del valor real de la función que se le fijaba: las peripecias con los PNNs y las convocatorias de acceso a la docencia fueron más apropiadas para sacarse de encima un engorroso problema que como signo de solícita preocupación. Si no se tiene todo ello en cuenta, la LOMCE (2013) que ahora pretende “mejorar” el sistema, parece que hubiera llegado de improviso como una revelación taumatúrgica. Su ADN procede, sin embargo, de aquella historia, de la LOCE (2002) de Pilar del Castillo y de decisiones que anularon las de los moderados gobiernos socialdemócratas. Diversos colectivos tampoco percibieron en las alternancias del PSOE una seria apuesta por la educación pública. La LODE (1985), la LOGSE (1990) y la propia LOE (2006), teorizaron de modo más atractivamente posibilista que el PP y poco más. Buena parte de aquellos intentos siguen en juego en el presente, amén de lo mucho que quedó intocado.

Dicho de otro modo, poco o nada nos siguen ayudando aquellos opacos constructos a entender este dubitativo presente y, también, el problemático pasado. Continúan en el presente, por ejemplo, misteriosas afinidades con el concepto nacionalcatólico. Intocables como si de un pacto de imposible revisión se tratara, siguen colonizando poderosamente el sistema educativo. Por esa razón, merece la pena seguirle la pista a inequívocos camuflajes nada contingentes como “libertad de enseñanza”. El neoliberalismo privatizador, ajeno a las necesidades de la mayoría social, los ha tomado con entusiasmo desde los años 90. Pretenden asegurar sus privilegiadas posiciones relacionales de partida en lo que consideran preciado mercado de bienes simbólicos de poder, reiterando las cantilenas anteriores a que se hubiera creado el Ministerio de Instrucción (1900). Por eso es indispensable ante las elecciones que se avecinan -por cansinas que puedan resultar- seguir los programas de los distintos partidos, ver qué nos cuentan realmente y hasta dónde no están ligeros para llegar.

Ficción continuista

La historia se hace a diario, e inclinarse hacia propuestas capaces de llevar sin discriminaciones la bondad educativa a todos los ciudadanos implica aceptar un reto comprometido. La observación de un particular asunto del complejo sistema educativo como puede ser la formación del profesorado, permite ejemplificar que lograr un horizonte de mayor cualificación profesional exige determinación y constancia para alcanzar más solidez. Si sólo se piensa en controlar el BOE, poco cabrá esperar. Más bien seguiremos como siempre: en una mediocre complacencia. No ha habido ley importante, desde el siglo XIX, que no haya reiterado que el profesorado era imprescindible. Pronto se ha olvidado o falseado en burocrática mentalidad desconfiada. El resultado ha sido que las distancias de intereses entre el profesorado, y de este con los sectores sociales concernidos, es muy amplia. Lo muestran las “culturas escolares” existentes, de rotundas convicciones subjetivas y difícil conjunción entre sí. Y también es visible empíricamente que los profesores que de verdad han dignificado el sistema educativo -por hacer que sus alumnos aprendan a pensar y actuar, vivir y convivir-, además de ser contados casi nunca provienen de una Administración cuidadosa. Casi todos, se han hecho a sí mismos en procesos de autonomía reflexiva y activo voluntarismo, a veces mal visto. La “vocación” con que les han animado no pasa de inverosímil baremo de calidad, barato coste y resonancia religiosa, nada generalizable como sistema para un factor tan determinante. Menos fiable es encomendar la fiabilidad cualitativa de los profesionales de la educación a la pasividad de los trienios. Y peor es tomar como referente lo que está sucediendo con muchos puestos directivos intermedios. Los otrora molestos profesores valiosos son ahora especialmente incómodos a liderazgos directivos ocupados en agradar a la Consejería autonómica sin implicarse con su comunidad educativa en proyectos sostenibles. Pues bien, esa “carrera docente” -muy acorde con excelencias de pura competitividad económica, pero carente de otras dimensiones de gran importancia- es una de las cuestiones que están en trance de ser dilucidadas en las elecciones del 26-J/2016. En esta legislatura ha quedado muy clara en la LOMCE la direccionalidad preferida por una parte importante de votantes y, a punto ha estado de pasar a ser norma más cerrada, en un Estatuto docente con rango de ley. Gran parte de los mejores profesores de que dispone actualmente el sistema educativo discrepan, y muchos ya ansían que llegue el momento de su jubilación.

¿Celtiberia show?

Casi toda la literatura se mueve entre la ficción y la realidad. Basta leer a Cervantes para advertir que, en El Quijote, el reflejo realista de la época que le tocó vivir es difícil de separar de las utopías sociales y políticas que pasaron por su cabeza. El incierto juego es muy útil para contar y, si viene al caso, evadirnos de lo que pasa. Ese es también gran parte del atractivo de las redes sociales, en que se mueve a sus anchas sobre todo la población menor de 45 años. Celtiberia show, de Luis Carandell (1970), o Despiste nacional de Evaristo Acevedo (1970-1972), fueron muy dignos representantes de cómo aquellos años de cambio socioeconómico, propiciaban confusiones esperpénticas y desfases constantes entre lo que se podía decir y lo que sucedía, entre lo que pasaba y lo que nos contaban. Ahí aprendimos a leer entre líneas y que los mejores editoriales sobre lo que de verdad sucedía los escribían casi siempre algunos viñetistas. Sus nada desdeñables ficcionarios nos estimulan a que no veamos las elecciones como desencantada ficción. Las del 26-J son un momento ideal para que nuestras mejores utopías alcancen algún grado de realización.

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