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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Tiempo de descuento es lo que hay hasta el 26 de Junio: también para la LOMCE

Manuel Menor Currás
2-Mayo-2016

Si se queda en mera “repetición”, producirá cansancio. Alienta que “la vida siga igual”, con el peso de la pasada legislatura condicionando que en la que venga no pase nada.

Estamos educados a una especie de automatismo cultural, en que lo que viene es siempre mejor que lo que había. Nos choca por ello este tiempo que media hasta el 26 de junio. Tiempo de descuento en una competición en que lo que sucederá al final es principalmente impredecible, y muy probablemente atosigante como un mar de espejos, debiera ser propicio para repensar nuestras creencias respecto a cómo acabará repercutiendo en nuestros derechos sociales y actuar en consecuencia. De momento, ya nos incitan a repensar si lo progresivo no será el quedarse quieto, en plan tancredista. Ahí está, después de haber “sobrevivido a las presiones y a la tormenta” -que decía ABC el pasado día uno- la posición ventajosa del PP en las expectativa de voto. A muchos encuestados les parece mejor posicionado. A otros, la temprana predicción demoscópica ya les parece condicionante de su imprecisa actitud.

Versiones del pasado a la moda del presente

Conste que la cronología no es el mejor indicador para ver que el futuro mejore el pasado. Tenemos en nuestra experiencia las de nuestros libros de texto. No nos ayudaron a entender qué estaba sucediendo y, menos, qué podría ocurrir en adelante, aunque fuera imperfecto. Más bien entorpecieron que cuestionáramos muchas pautas inexplicadas en lo que nos contaban. Respecto a los propios asuntos educativos, nunca logramos entender bien, por ejemplo, cómo en 1970 se propagó oficialmente una actitud de apariencia contraria respecto a la empobrecida postguerra. Más recientemente, tampoco encaja con lo realmente acontecido la suavidad con que, desde los años 90, se ha solido presentar la llamada Transición: todos los bienes, y ningún mal, habrían sido fruto de una inconsútil sustancia exclusiva de esos años que median entre noviembre de 1975 y octubre de 1982. Hay otros muchos momentos y asuntos, no precisamente de tono menor en nuestra vida en común, cuyas limitaciones resultan muy incómodas para tan alegres simplificaciones cuando necesitamos explicaciones razonablemente más luminosas.

Las versiones oficiales de muchos departamentos de comunicación y sus terminales mediáticas suelen generar constructos opacos. El relato de la “modernidad” de la LGE, de Villar Palasí en 1970, si no es retomado desde antes de l936 no es inteligible. El historicismo providencialista de los programas escolares que tuvimos que memorizar deja muchas preguntas en el aire: una insólita Cruzada en pleno siglo XX aparcaba sistemáticamente las víctimas y daños causados por tan violento acontecimiento; el alarde victorioso no tapaba el atraso que se instituía y, al culpar a la República, no logró ocultar los afanes que, a lo largo de todo el siglo XIX, habían logrado abrirse hacia un sistema educativo más democrático y abierto. Aquella dinámica narrativa ya quedó en evidencia con la investigación de Yvonne Turin, en 1959, sobre la educación española en la Restauración canovista. Publicada en España en 1967, una introducción de Laín Entralgo pedía disculpas por lo que habían creído un deber en los años 30 y, sobre todo, por las actuaciones contra la ILE y sus derivaciones. La grandilocuente historia oficial hacia un Imperio del pasado silenciaba los múltiples retrasos que teníamos en el día a día. Hasta la segunda mitad de los años cincuenta no se recuperaron algunos indicadores del nivel de vida anterior a la sublevación militar y, mientras en Europa funcionaba ya el Estado de Bienestar de “los treinta gloriosos”, las cifras de las escuelas que deberían construirse -en el Primer Plan de Desarrollo- seguían siendo las que había planificado la República. Una testigo como Marta Mata recordaría en 1976, en un memorable artículo de Cuadernos de Pedagogía (Supl. Sept.), el contraste entre la doctrina pedagógica oficial impuesta en 1939 y lo que, a finales de los sesenta, empezaron a vender como si de modernidad se tratara cuando eran didácticas anticuadas. En 1999, esta ilustre pedagoga todavía hablaría como de un sueño cuando planteaba una buena escuela pública para todos. En definitiva, aquellos relatos -de gran empaque nacionalcatólico- nunca contaron el tiempo perdido para la educación de los ciudadanos españoles, que en los años siguientes a 1970 no serían rescatables.

En cuanto a la Transición postfranquista, la preocupación por que no se notase lo difícil que era favoreció que pervivieran fuertes continuidades de la etapa anterior. No todas son achacables a un evasivo “no se pudo hacer más”. Algunas quedaron reflejadas en el ambiguo art. 27 de la Constitución (1978), en la muy explícita LOECE (1980) y en la nonnata reforma de EE.MM., cuyo proyecto hizo conocer Ortega y Díaz-Ambrona (1981) sin tiempo para que alcanzara a ser ley. También el trato con el profesorado fue muy expresivo del papel real que se pretendía seguir asignando a maestros y profesores. Las distintas peripecias que, por ejemplo, tuvieron los PNNs y los modos de acceso a la docencia, fueron más propias de ocurrencias para sacarse de encima un problema engorroso y urgente, que estrategias meditadas para su buena formación. Con el agravante, de que ese itinerario ha llegado hasta la LOMCE (2013), lo último con que se ha tratado de regular el sistema escolar y las bases de un definitivo Estatuto docente. La genealogía de esta última ley viene de aquellos antecedentes de la UCD, a los que ha de añadirse la LOCE que Pilar del Castillo dejó en el aire (2002). Pero, además, también ha de contarse con que muchos colectivos de profesores siempre sospecharon que los alternativos gobiernos intermedios del PSOE vieron en el sistema educativo escolar un asunto de menor entidad. Por más que la LODE (1985), la LOGSE (1990) y la propia LOE (2006) hubieran teorizado ampliamente sobre ello de modo más atractivo que el PP, Alfredo Pérez Rubalcaba recordó poco antes del 20-D que una mejor formación del profesorado requería otras atenciones. Es decir, que más que mejor que el pasado, el futuro suele ser una continuidad más deteriorada de lo que hay si no se remedia a tiempo.

Maridajes de conveniencia

Ha cundido en el presente el mirar aquella malhadada guerra como moda literaria, pero con poca fortuna para ver más allá de lo convencional. David Becerra, que ha analizado más de cien novelas últimas, ha visto que tienden a “reproducir la propaganda franquista y el final feliz de la Historia”. Ello puede explicar que sigamos más o menos donde estábamos en cuanto a criterios valorativos del presente, condicionantes de un futuro más justo y humanizado. En este futuro de aquel largo pasado siguen continuidades educativas de cuando la etapa nacionalcatólica. Inmóviles como si de un pacto de imposible revisión se tratara, sobreviven colonizando el sistema educativo de forma poderosa: la formación del profesorado, el currículum, la distribución de recursos y otros muchos de sus aspectos significativos. En estos escasos días de tránsito hasta el 26-J, podemos acechar la pista de términos equívocos como “libertad de enseñanza” o “libertad de elección de centro”, “calidad” o “excelencia” para confirmarlo. Veremos que se repiten de nuevo hasta que no entendamos qué signifiquen: esa es la cuestión a no perder de vista. No ganarán a otros del ámbito más propiamente económico como “producción”, “recuperación”, IPC y similares. Tratarán de casarlos entre sí, como si el mejor futuro para la educación de todos fuera este maridaje de conveniencia, con que tratarán de entretenernos los partidos en liza. Mejor que dejarse arrastrar por ninguna sigla, lo votado otras veces o una probable inclinación última a la abstención, recomendable es analizarlo previamente. En muchos programas, el futuro puede volver a ser el pasado de cuando, en 1901, el Conde de Romanones, el segundo ministro de Educación que hubo en España, replicaba a sus oponentes en el Congreso de Diputados: “¿Por qué sois partidarios de la libertad de enseñanza? -Porque esa es la única que os aprovecha, y todas las demás libertades son para vosotros mortales enemigos”.

Cansancio y empezar de nuevo

Con paciencia, se podrá ver qué trae consigo la aplicación, por primera vez este 26-J, del art. 99.5 de la Constitución, al dar por supuesta la posible mudanza o dificultad de los tiempos que corren, pero no necesariamente su mejora futura, que queda en manos de los ciudadanos y sus representantes de nuevo. Los sindicatos también pedían el día uno de mayo una participación “masiva” en la próxima cita electoral para que hubiera “cambio”. Pero ya puede adelantarse -sin dramatismos- que lo que venga a finales de junio no necesariamente democratizará más equitativamente la atención partidista a los urgentes problemas que tenemos; entre ellos, la educación, con las exigencias que ello comporte. También se puede anticipar que, para lograrlo, seguirá siendo imprescindible no dejarse arrastrar por el cansancio o el desdén, porque vivir es empezar de continuo. No hay otra forma de hacer camino si queremos hacer que lo necesario sea posible.

 

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