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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Sigue estancada la situación, pero podemos leer: para saber más y vivir mejor

Manuel Menor Currás
22-Abril-2016

Las Ferias del Libro son, pese a todo, magnífica ocasión para buscar buena información y tener más autonomía de juicio -también menos prejuicios- respecto a la educación de nuestros hijos.

Tal como parece estar el panorama, la posible repetición de elecciones generales indicará que no habrá habido argumentos generosos antes del dos de mayo para que los partidos se hayan comprometido a una investidura y posterior pacto de Gobierno. Tampoco los habrán encontrado para ocuparse de cuestiones principales del sistema educativo, requeridas de cuidadosa atención desde hace mucho. En este momento, sólo se encuentran en su lugar el tiempo, la desigualdad y la desidia. Pese al desencanto de tanta ficción, esta columna va de libros. Trata de responder al optimismo de quienes, a despecho de lo que hayan vivido u oigan en exceso, desean enterarse de cómo hemos sido educados los españoles. “Leer -decía Juan Gelman- es una forma de viajar” de continuo y espabilar la mente más allá de todo prejuicio. Por eso es un problema el bajo nivel de lectura o la existencia de profesores que no hayan vuelto a coger un libro, y menos si es de pedagogía, educación o enseñanza, asuntos que, extrañamente, no les preocupan. La cercanía de las Ferias del Libro es buena ocasión para un motivo adicional de pesquisas en las casetas que pronto saldrán a la calle. Y éste un probable guión de búsquedas.

Los libros de historia educativa española suelen tener el problema de las historias que no terminan y en que casi nadie recuerda cómo empezaron. Hay, sin embargo, dos autores especialmente fiables, conscientes de que la historia la hacen profesores, maestros y escolares a diario en las aulas. Manuel de Puelles Benítez, desde su cátedra en la UNED, se ha ocupado más estrechamente de las políticas educativas a que hemos tenido que atenernos, de su ideología y limitaciones. Vaya por delante que no hay políticas educativas sin ideología. La educación, ámbito muy simbólico de la cultura, ha estado siempre muy pegada a maneras diferenciadas de pensar, decidir y hacer. Igual que escribir, actividad que nunca será neutral, pues es de lo más artificiosa y necesariamente exigida de aprendizaje continuado. Por su parte, Antonio Viñao se ha metido desde la Universidad de Málaga, en muchos de los entresijos que han ido dando a nuestra educación su manera de ser actual, prestándole particular atención a su evolución durante el siglo XIX, etapa fundamental para entender si hemos avanzado y en qué. Todo lo que encuentren de estos dos autores les ayudará a entender mejor los desarrollos y contradicciones que de continuo ha experimentado nuestro sistema educativo desde antes de la primera ley relevante sobre asuntos educativos, en 1857.

Otra manera de acercarse a la historia de nuestra educación es a través de los libros de texto que le dieron alma en el día a día. Hay museos con esta razón de existencia, apoyada en la melancolía infantil de sus posibles visitantes. Hay, además, buenos especialistas en este documentalismo tan atractivo de la vida escolar. Agustín Escolano es uno de ellos y, además, dirige una de las mejores colecciones en Berlanga de Duero (Soria). Hace tiempo, también Alejandro Tiana ha consolidado en la UNED un buen proyecto de investigación: MANES, dedicado a escudriñar en este género de libros en desuso las certezas de lo que nos enseñaron en el pasado. Estos trabajos conforman una buena guía de contraste para conocer la modernidad de lo que se esté enseñando hoy.

Libros de asignaturas “especiales” como urbanidad, economía doméstica y primeras lecturas, son la delicia de muchos coleccionistas. Algunos investigadores han buceado en éstas y otras áreas muy sensibles del currículum. Los que vehicularon asignaturas obligatorias cuya docencia controló Falange tantos años, han sido muy estudiados desde distintos ángulos. Más recientemente, los libros de Religión católica han suscitado la atención de Emilio Castillejo Cambra, autor que también se ha ocupado de los libros de Historia que tuvieron autorización oficial durante los años del nacionalcatolicismo triunfante. Advertir del discurso propagandístico de estos textos es adentrarse en cómo, durante generaciones, se trató de imponer una esencialista visión de España, “natural” y “providencial”, que todavía es objeto de debates identitarios. De la importancia que se dé a estas pervivencias dependerá que se trate de acudir a publicaciones que documenten en directo qué educación se deseaba. Muchas siguen en las bibliotecas que expurgaron por entonces. Por ejemplo, éstas: Miguel Artigas, Guillemo Rocasolano y otros: Una poderosa fuerza secreta: La Institución Libre de Enseñanza (ACNP-Editorial Española, 1940); Laureano Pérez: Iglesia y Estado Nuevo (Fax, 1940); José Pemartín, Qué es lo nuevo (Cultura Española, 1938); Enrique Herrera-Oria: Historia de la Educación Española (Veritas, 1941).

Memoria e Historia se entrecruzan y hasta se confunden en estas búsquedas, porque hubo un tiempo, en los primeros años treinta, en que se intentó una fuerte democratización educativa. Enseguida fue violentamente frustrada y las represalias inquisitoriales que llevaron a cabo los sublevados contra la República han dejado abundantes huellas documentales con el resultado de que la sistemática persecución de una de las mejores generaciones de intelectuales y docentes contrajo durante largos años la educación e investigación en España. Los expedientes de las expeditivas depuraciones llevadas a cabo contra maestros han sido analizados por Francisco Morente, sobre todo. Enrique Otero se ha dedicado más a lo sucedido a profesores de la Universidad Complutense y centros de investigación. Y los institutos de Enseñanza Media ha atraído la atención de Olegario Negrín.

La internacionalización actual del sistema y la importancia de la OCDE a través de PISA en cuanto a determinar qué importe en la competitividad educativa -asunto principal en este futuro de aquella enseñanza de entonces- ha interesado particularmente a los sociólogos. Dos son destacables en este aspecto: Julio Carabaña y Pepe Saturnino. Desde la Complutense y desde Canarias, siguen las evaluaciones que suelen llamar mucho la atención de los periodistas y partidos políticos-, sin que por ello repercutan en la mejora de la enseñanza, sus formas y maneras. Dicho de otro modo, no aumenta la calidad educativa, término este equívoco donde los haya desde que en los años 90 se puso de moda para fustigarse entre sí y no entenderse las dos principales tendencias dominantes en el panorama político. Irreductibles en aspectos principales, favorecen en la práctica una distorsión profunda de las maneras de aplicar el art. 27 de la Constitución.

Calidad educativa puede descubrirse, pese a ello, a través de la experiencia escrita por profesores o maestros a partir de su trabajo profesional. Entre esta literatura con gran componente autobiográfico y variopinto testimonio, destacan quienes centran su reflexión en lo que cuesta lograr que la escuela sea un espacio valioso y relevante en la vida de todos nuestros adolescentes. Esta perspectiva facilita al lector externo al gremio entender qué se esté jugando la sociedad en el logro de una educación democrática para las futuras generaciones. En este sentido, son recomendables entre los más recientes, los libros de Mª Ángeles Llorente Cortés: Escuela pública dignidad y compromiso, a cargo de una profesora levantina empeñada desde muy joven en hacer de su trabajo un espacio de aprendizaje y convivencia valioso para sus alumnos. Y el de otra profesora, Pilar Montero: ¡Está ardiendo una papelera!, un dietario de la directora de un instituto situado en zona social deprimida. En él salen a relucir mil historias de ilusionado afán por sacar adelante lo mejor de los profesores, estudiantes y padres que allí concurren.

Hay muchos más libros, por supuesto, centrados en cuestiones didácticas o pedagógicas específicas. Los hay sobre las que en los últimos años se han situado entre las principales preocupaciones de la escuela. Otros, también, sobre cuestiones sin resolver que, adicionalmente, han atraído decisiones legislativas de manera frecuentemente sectaria mientras los problemas de fondo continuaban más o menos como siempre. Para esta parte, plagada de ocurrencias políticas de corto plazo, también existe bibliografía sobrada que dejaremos para otro momento. En todo caso, si alguien desea seguir en directo, sin anteojeras interpretativas de nadie, qué haya sido o esté siendo la administración educativa española, no deje de consultar en directo el BOE, los otros medios de las Comunidades Autónomas y, para los tiempos anteriores a la guerra incivil, la Gaceta de Madrid. En esos sumarios se puede seguir, día a día, la postura del Estado respecto a casi todo lo que atañe a nuestro sistema educativo. Legible desde casa a través de Internet, cualquier lector puede descubrir por sí mismo gran parte de las virtudes y defectos que haya logrado tener. Los presupuestos generales confirmarán por ley, cada año, el grado de interés institucional por lograr un sistema digno y justo, dos cualidades que debieran ser centrales en la atención a los asuntos educativos de todos. Descubrirá, de añadido, que, con ese material, más abundante que cuidadoso, es muy meritorio lo que han sido capaces de lograr, complementariamente, las familias en sus casas y los profesores y maestros en las aulas.

Cuando leemos no estamos solos y nos llenamos de razones para ser más exigentes. Manuel Fontdevila hacía decir en su viñeta del 18/04 a una comprensiva oveja: “¡No se preocupen! ¡Nosotros nos hacemos cargo de todo!”. Se mostraba humilde con “escritores, futbolistas, actores, cantantes, grandes líderes, aristócratas, gente con puestos de responsabilidad”. Al lado, un gran cartel anunciaba “España: donde todos comprendemos que si se gana mucho, mucho dinero, debe dar mucha rabia tener que pagar muchos, muchos impuestos”. Estas paganas ovejas, ya hace más de cien años que “comprendieron” a los que siguen invocando presuntos “servicios sociales” para que los presupuestos del Estado subvencionen su peculiar libertad de enseñanza. ¿Seguirán siendo tan “comprensivas” cuando se enteren de lo que les recortarán desde Bruselas a causa del incontrolado déficit de las cuentas del Estado en este pasado ejercicio? Obviamente, si las ovejas leyéramos algo más en vez de tragar lo que nos cuenten, hace tiempo que hubiéramos dejado de ser tan mansamente “comprensivas”.

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