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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Todavía existen falsas confrontaciones entre “pedagogos” y “antipedagogos”

Manuel Menor Currás
29-Febrero-2016

En el difícil camino hacia una mejor educación para todos, existe interés en enturbiar a la opinión pública con cuestiones que desvíen la atención de la voluntad política de cambio.

Anunciaba hace unos días El Mundo que estaban a punto de salir al mercado dos nuevos libros supuestamente críticos respecto a las etapas escolares del sistema educativo español. Si se tiene en cuenta que las noticias de este campo tienen rara repercusión en la prensa, como no sean de signo alarmista, tal vez se pueda entender el sentido del reportaje. El anuncio tenía un tono bélico, de dura confrontación entre dos sectores del mundo educativo: los pedagogos y los antipedagogos. Una dicotomía que pretendía llevarse al sentido de la escolarización: “autoridad y conocimientos frente a creatividad y habilidades”.

Apocalípticos e integrados

Como forma de fidelizar mejor a determinados lectores encantados de esa línea editorial, podría adscribirse a un amarillismo revestido de aparente “investigación” bien conocido. Es muy discutible, sin embargo, que, justo en este momento, tenga interés informativo traer a colación la enésima resurrección de los apocalípticos e integrados que, siguiendo la dicotomía de Umberto Eco, persisten en cuantos tras las alusiones a últimas leyes orgánicas españolas y pueden ver pronto la reversión de la LOMCE. Si bien se mira, es como echar balones fuera, tratando de llevar la atención a una cuestión de muy segundo nivel de interés. Publicitar a dos epígonos de una supuesta guerra que, “cada cierto tiempo” dicen cobra fuerza “entre dos bandos que están en desacuerdo”, no descubre nada. Siempre ha existido una muy plural forma de entender la educación, la escuela y la sociedad. Puede verse, por ejemplo, en una obra tan sensata -y muy alejada de pretensión polemista- como De su Jornada: Fragmentos, una selección de artículos y escritos que en formato de libro regalaron los alumnos de Don Manuel Bartolomé Cossío a su maestro en 1929 y que Aguilar reeditó en 1967. Algunos de los escritos ahí recopilados eran de los años 80 del siglo XIX y muestran que este tipo de polarizaciones ya existían por entonces. Puede irse más atrás incluso, si se quiere -a Don Antonio Gil y Zárate, en 1855, antes de la Ley Moyano-, y se podrán constatar este género de discrepancias. O también puede uno ceñirse a clarificar qué haya sucedido en torno a la fecha de 1990, en que el consenso parlamentario -bien que no del PP como tantas veces- sacó adelante la LOGSE para modificar bastantes de las normas y hábitos establecidos en la etapa franquista.

La educación española arrastraba de muy atrás viejos problemas, que se reiterarían en la post-transición. El libro blanco que precedió a la LGE lo dejó bien patente en 1969, y algo muy parecido en cuanto al fondo de la cuestión repitió el de 1989, anterior a la LOGSE. De asuntos similares se había quejado igualmente Ruiz Jiménez en 1953, con motivo de su reforma de la Enseñanza Media. Entre la documentación relacionada con esta ley, Manuel Utande retuvo lo que por entonces preocupaba a los rectores universitarios: “Es peligroso el resentimiento de centenares de alumnos que indebidamente llegan al Examen de Estado y, al ser repetidamente rechazados en él, se convierten en elementos sociales de difícil porvenir. La irritación de muchos padres de familia, el hastío de la Universidad ante el continuo descenso de nivel que se observa en las nuevas promociones, la indiferencia de los estudiantes que llegan a repetir seis y ocho veces el examen, constituyen una fuente de conflictos que es deber nuestro hacer presente a la Superioridad”.

Venir a llamar la atención, por tanto, sobre dos libros que, a lo que dice la periodista, son contrarios a un planteamiento en que la pedagogía tenga algo que decir en los asuntos escolares, suena cuando menos a raro. Debería explicar ante todo su selectiva elección, pues se estén publicando otros libros bastante más instructivos, y, además, muy dignos de tener en cuenta para tratar cuestiones puntuales que a todo profesor, sea o no partidario de los cambios producidos en los últimos años, ha de afrontar en el trabajo cotidiano de aula. Puede que las editoriales que producen estos libros compartan intereses con El Mundo o, también, que se quiera hacer valer, como marketing mediático, a los dos autores que los prologan, de quienes no se entiende cuál sea su interés científico en lo educativo, no necesariamente coincidente con el que puedan tener en su huidiza órbita literaria habitual.

Es una lástima, por otra parte, que la autora de este minireportaje haya ceñido su “investigación” a preguntar a cinco profesores universitarios sobre la posible contraposición entre pedagogos y antipedagogos. Si se trataba de poner en evidencia discrepancias del mundo escolar, ni queda claro por qué hayan de sentenciar sobre esto profesores de otro nivel educativo -cuando no suele suceder al revés-, ni tampoco se entiende la reducción de sus opiniones a casi nada significativo. Es muy probable que las preguntas no hayan sido pertinentes, porque es más que probable que ninguno haya leído siquiera las solapas de estos dos libros, y más impertinente es la reducción a comparsas de lo que hayan opinado, pues sus aportaciones son de ordinario mucho más interesantes. No explica tampoco esta periodista la amplia extensión que, en contraposición, ha dado al criterio de dos exprofesores de Secundaria, viejos conocidos por sus desencuentros en el mundo educativo. A Don J.A. Marina se le conoce bien por un reciente “libro blanco” en pro del tipo de profesor por el que ha abogado la LOMCE y, en el caso de Dña. Alicia Delibes, la “progresista” seguidora de Esperanza Aguirre -a la que sirvió en su especialísimo modo de llevar la educación madrileña desde 2003-, por los méritos que contrajo dentro de los programas de FAES y a requerimientos de Libertad Digital. Sobre este andamiaje se ha pretendido dar cuerpo a una noticia que ni es tal, ni expresa afán alguno por una enseñanza democratizadora.

El interés documental

Y, sin embargo, libros como estos tienen su interés peculiar. Analizarlos bien podría aportar provecho a la comunidad educativa, pero se necesita más tiempo y menos sesgo unidireccional para mostrarlo. La existencia de este género, a medio camino entre lo autobiográfico y la queja destemplada, a veces con valor literario, siempre tiene algún valor documental. Buena parte de esta literatura -no precisamente pedagógica, sino más bien costumbrista- ha sido cultivada por profesores de enseñanza Secundaria, entre la Primaria y la Universidad, en un contexto en que suelen repetirse bastantes confluencias, amén de desencantos personales. Sería de agradecer por ello que la “investigación periodística” no se limitara a la verbosidad engañosa y nos adentrara documentalmente en las razones serias de esta escritura y que pudieran ser aprovechadas por todos. En general, dadas determinadas condiciones de mirada hacia atrás, este género podría inscribirse dentro de un amplio profetismo “jeremíaco” que, en ocasiones, roza lo “apocalíptico”. Tiene antecedentes en algunas tablillas cuneiformes de Sumer, pero entre los vocacionados en los últimos tiempos a mostrar su desazón antipedagógica, muchos de sus esquemas narrativos pueden encontrarse -con salvedades lógicas- en el primer franquismo. Frente a las pautas educadoras que pretendió la ILE desde 1876, y en 1931 la II República, se apuntaron sin rubor personajes de primera fila como Pemán, Pedro Sáinz Rodríguez, Enrique Herrera, José Ibáñez Martín, Romualdo de Toledo y un ejército de disciplinados segundones que, además, trasladaron al BOE iniciativas que han durado más de 40 años.

La cantidad de memoriales incluibles en esta clasificación es amplia y no parece que vayan a cesar. Con leves variaciones, coinciden en exaltar un tiempo pasado glorioso o “edad dorada” -que diría Cervantes-, en que fueron felices con la educación recibida. Más parecen haberlo sido cuando en virtud de haber sido buenos alumnos -nunca zoquetes, como el de Mal de escuela, de Pennac- alcanzaron la docencia en algún Instituto o Universidad y pudieron reproducir ad pedem litterae la enseñanza recibida. Nada ni nadie, sin embargo, parece haberles conmovido ni hecho dudar acerca de si era lo mejor que podía haberles pasado a ellos y a sus vecinos antes de 1990 en que, de pronto, afloró la nostalgia. Después de la LOGSE, empezaron a llegar a los centros educativos chavales que, dentro de los parámetros de selección anteriores, más de un tercio no habría alcanzado nunca ni un aula de BUP ni de FP: las carencias existentes imponían que, para acceder a muchos institutos, había que tener una nota media de notable en EGB. Ahora, todos y todas, de todos los colores y características, tenían derecho y obligación de asistir a clase a los IES hasta los 16 años. Es verdad que poco interés había habido en preparar a un profesorado no demasiado bien tratado, para este cambio en que ser profesor a la vieja usanza hacía tiempo que no bastaba, especialmente en barriadas de difícil desempeño. Pero también se ha de recordar que muchos profesores y maestros sí se habían venido preocupando -por estricta responsabilidad profesional y sin que nadie les auxiliara- de que tanto Primaria como Secundaria salieran de un limbo cada vez más ajeno a lo que una sociedad cambiante como la española necesitaba. Educar e instruir volvían a ser desde 1990 dos conceptos que -pese a graves carencias- podían ser complementariamente fructíferos si se trabajaba en ello o, como muchos desearon siempre, tan antagónicos que -por lo que al parecer cuentan los libros a que se refiere este comentario- siguen sin encontrarse con la ductilidad y coherencia que requiere toda enseñanza que se precie de tal

El cambio indispensable

A ningún lado se va -salvo al escaqueo y a que todo vaya a peor para una enseñanza de todos- con el falso conflicto que pretende mostrar la autora del minireportaje. Lo que menos se necesita es una “guerra” entre pedagogos y antipedagogos, sino los esfuerzos de todos, pues a la educación española le vendría muy bien un sereno debate entre cuantos la hacen, sin obviar problemas ni logros, que también los tiene. El Mundo puede contribuir si lo desea. Ayudaría mucho si se empeñara en mostrar el grado de coherencia de decisiones tomadas en los últimos tiempos al respecto por los tres responsables principales: Ministerio de Educación, Autonomías y Universidad. Si revisara, por ejemplo, qué hayan hecho por acordar políticas tendentes a una mayor calidad formativa -inicial y de continuidad- de profesores y maestros, y les urgiera al cambio pertinente. Podría empezar por mostrar que, si escolarizar a todos ha costado tanto -y ha sido preciso un difícil consenso en el art. 27-, cuanto se haga por que sepamos qué hacer con la escolarización lograda no será más fácil. Desde luego, esté seguro de que, en una educación de futuro, profesores y maestros ya no podrán limitarse a ser meros transmisores de conocimientos. Su papel dependerá en gran medida de la formación coherente que hayan recibido en las artes de la comunicación pedagógica y, quiérase o no, será un proceso mucho más cambiante que el que evidencian los lamentos por un pasado que no ha sido. Y por si todo ello fuera poco, en adelante este juego será crecientemente más dependiente de instancias internacionales, quienes ya están diciendo que desean, más bien, buenos peones antes que mejores profesionales conscientes y autónomos. A que todo este complejo tránsito sea lo más provechoso posible para el crecimiento de la democracia española es a lo que merece la pena contribuir. Pero con reportajes como el que se comenta, no parece sino que El Mundo ande con el ascua tras otras sardinas.

 

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