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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

También en el sistema educativo existen la violencia y la desigualdad

Manuel Menor Currás
23-Enero-2016

El “No aguanto ir al colegio” que dejó tras sí el último suicidio escolar no se borra con un telefonillo. Requiere actuaciones que afectan a muchas pautas de conducta establecidas.

Las posiciones tácticas de Rajoy y demás posibles candidatos a presidir el Gobierno nos dejan cada día más confusos. Todo sigue casi igual que el día después del 20-D y cuanto más gesticulan unos y otros, menos vemos. Los opinantes profesionales tienen amplio recorrido para jugar con las elasticidades de la aritmética parlamentaria. Mientras, los problemas del día a día se van pudriendo, no volvemos a las urnas y nos repiten persuasivos : “Diálogo”, en boca de quienes han practicado una sistemática política de tierra quemada en su entorno y, sobre todo, “Estabilidad”, para ver si todo sigue inclinado hacia el mismo lado.

Las anteojeras de lo natural

Habrá quien tenga nostalgia por lo que fue el “Plan de estabilidad” de 1959, pero no es recomendable. Ninguna de las leyes educativas que siguieron fue capaz de poner suficiente atención a los problemas centrales que siguieron afectando al sistema educativo: siempre vino otra que decía que iba a “mejorar” lo que había, para renovar al poco tiempo la necesidad de volver a reformar -o contrarreformar- lo precedente. En el sistema de estabilidad que ahora se busca, las reformas estructurales de que se habla llevan implícita la desatención programada hacia cuantos puedan quejarse, de modo que lo “natural” seguirá siendo que la educación de los españoles siga como hasta ahora. Con una pizca de “diálogo” que sostenga la apariencia de preocupación, se tratará de mantener el ritmo existente, de mayor distinción para un 35% mientras crece el deterioro de la enseñanza del otro 65%. El negocio espera que los más descontentos de este segundo grupo, y con posibilidad de hipotecarse, se pasen al primero por desesperación o desencanto. Tan estable es ya esta perspectiva que apenas se ha modificado lo que, en 1900, escribía el que fue primer ministro de Educación, Antonio García-Álix: “La libertad de enseñanza en nuestro país se ha convertido en un censurable mercantilismo”.

Este tonto retroprogresismo es sacudido de vez en cuando por imponderables, pero pronto vuelve todo a su parsimonia inmutable. El suicidio de Yokin Ceberio en septiembre de 2004 removió estas tranquilas aguas. Volvió intermitentemente el revuelo y, con las modalidades de acoso ciberntico en alzazatranquilas aguas. Ha vuelto a pasar intermitentemente y, con las modalidades de acoso cibernético en alza, este espectro de variaciones que ponen en riesgo la vida de nuestros adolescentes va camino de convertirse en rutinaria estadística. No es muy tranquilizador agregarla a la derivada de situaciones problemáticas para la infancia, como la de la pobreza infantil tan denunciada por instituciones solventes como Save the Children o Cáritas, o a las que el Consejo del Poder Judicial puede deducir de las situaciones familiares distorsionadoras del sano crecimiento de nuestros niños y niñas. Las conclusiones pueden ser alarmantes.

Poco auxilio puede encontrarse, por otro lado, en la cultura que arrastramos de atrás en colegios, barrios, cuarteles y hasta universidades, donde han abundado las exaltaciones al más fuerte de la manada o al más graciosillo. Reírse y pasarlo bien sin machacar a alguien o someterle al capricho de “inocentes” novatadas ha sido poco divertido. La gracia casi siempre estuvo en que los minorizados, tuvieran que mostrar inferioridad y sumisión. Pocas y pocos son los que no han tenido que convivir con modalidades microfascistas de falsa cohabitación, más duras cuanto más cerrado haya sido su ambiente vital.

Para las últimas generaciones, muchos hábitos han sido distintos, aunque no necesariamente mejores. Los problemas brotan por otros linderos si se baja la guardia. Algunas asepsias, aparentemente buenas e incluso prestigiadas en el tratamiento de los pequeños, no lo son tanto cuando no facilitan que la convivencia y desarrollo personal se vayan afinando con el roce continuo de las diferencias. Los colegios e institutos -el papel de maestros y profesores- serían a su vez poco fiables si continuaran siendo estrictamente fieles a lo que les era exigible hace cincuenta años. La complejidad de tareas y obligaciones educadoras que profesionalmente han debido asumir se ha hecho mucho más compleja y más difícil. Requiere, por tanto, mucho mejor reconocimiento, acreditación y preparación. Y si no es así es que fallan cosas principales en nuestra vida colectiva.

No aguanto ir al colegio”

Diego, el chico de once años que acaba de suicidarse, nos deja un urgente legado: “NO AGUANTO IR AL COLEGIO”. Al margen de lo que dictamine la investigación judicial, pone en cuestión no sólo los protocolos administrativos sino también el concepto de educación en que andamos embarcados a la altura de 2016. Malo será que se concluya que hubo acoso escolar, como parece requerir la demanda de los padres. Y peor todavía si el problema que se descubra es el de una persistente desigualdad desatendida, incrustada en las pautas habituales del quehacer cotidiano como algo banal y anodino.

Con este tipo de problemas escolares sucede como con la violencia de género. Casi todo procede de nuestra ignorancia más o menos culpable, de no reconocimiento de violencias estructurales que están ahí de continuo sin que les hagamos caso. Nos parecen “normales”. No nos enfadan ni soliviantan. Nos hemos criado con ellas como si la naturaleza nos las hubiera dado. Si de añadido formamos parte del grupo o facción dominante, que no ha tenido especial problema para sentirse reconocido por los demás, muy difícil será advertir nada inconveniente salvo que, por azarosa casualidad, nos veamos atrapados en la sinrazón. Lo más probable es actuar según las pautas de lo que está bien visto, con el mismo humor, gestos y palabras, que cuantos -a veces- decimos que son machistas, abusones, discriminadores, chantajistas y señoritos aprovechados. Esta androcéntrica manera de mirar el mundo desde el ombligo es muy admirada, además, cuando se tiene, de añadido, posición privilegiada en la vida económica y social. Por más crisis que haya, esta minoría selecta no se entera y todavía crece más su distinción respecto a todo el resto del personal junto. Con el agravante de que esta asimetría en aumento les permite publicitadas formas de benevolencia hacia los siervos, obligados implícitamente a reconocerlas. Lógicamente, quienes miran el mundo desde abajo son los únicos que tienen clara esta ideología de la desigualdad. A poco conscientes que sean, no aceptarán la injusticia de la “excelencia” que se les quiere imponer.

Un telefonillo u otra escuela

Los profes parecen dolerse de que un chico brillante y de buenas notas haya decidido dejar este mundo. Como si esa fuera la función de la educación. Y ahí reside el gran problema del sistema educativo, de la escuela, institutos y colegios. Qué educación promueven, qué tipo de convivencia desarrollan, qué personalidades de ciudadanos prefieren. Cómo promueven y trabajan, por tanto, para que las relaciones humanas sean menos desiguales de partida y permitan a todos la posibilidad de desarrollar sus capacidades sin servilismos. Visto desde este ángulo, el testamento de Diego debiera quemarnos a todos por no estar a la altura. La reacción tecnocrática de Méndez de Vigo, con el telefonillo de quejas, parece una tirita para una metástasis de gran calibre. Más vale eso que nada, pero bien podía dedicarse a trabajar con otra seriedad por que los derechos de todo chaval fueran respetados al máximo. La función del sistema educativo y su obligatoriedad parece que debieran centrarse en generar ambientes cálidos donde puedan sentirse acogidos, y en evitar que los más sensibles se vean absolutamente extraños.

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