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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

¿Ha anticipado el Congreso de Diputados una XI Legislatura más democrática?

Manuel Menor Currás
16-Enero-2016

Los gestos de la inauguración, nada indiferentes, pueden ser sólo gestos. Pero también pueden anticipar cambios relevantes en la democratización de la enseñanza.

Está claro que este Congreso de los Diputados, en lo que dure, no va a ser como el anterior. Hay electos que no se sentirán a gusto conviviendo con otros elegidos que visten, se peinan y mueven de modo distinto a lo que ha sido habitual en ese lugar de debates y comisiones para tratar los asuntos de todos. También hablan distinto, claro. Cuando en estos años de indignación les aconsejaron que llevaran sus voces a esa Cámara para expresarse, no contaban con que podrían lograr tantos escaños. Preveían que no serían tantos los que podrían asombrarles en sitio tan exclusivo. La sorpresa ha sido grande y, si fuera a continuar, es previsible el desencuentro para coaliciones duraderas. Podríamos ir a nuevas elecciones en primavera y no es descartable que el número de quienes tuvieran que abandonar esa Cámara acrecentara el de las desenfadadas señorías.

Gestos

Se puede estar de acuerdo o no con los gestos y maneras que los recién llegados exhiben despreocupada o premeditadamente -ambas cosas son posibles-, pero no se podrá decir que sean de otra galaxia. Tampoco se puede pasar este asunto como algo amarillento. Los periodistas han sido los primeros en brindarle amplia cobertura por la “novedad informativa”, ansiosos como estaban de que se rompiera la monotonía anterior. Con todo, lo más inquietante ha sido la desazón de cuantos reaccionaron casi con asco ante una presunta violación de un espacio casi sacralizado. Ojalá se quede en eso, en pura impresión ante el imprevisto de que la calle se les haya colado hasta la sala de estar. Y que no vaya a mayores la extrañeza de que en sede parlamentaria se pueda ver reflejado de modo poco sofisticado el común de los mortales. Los privilegios comparativos que unos y otros sigan teniendo nos parecerán bien a condición de que, con nuevos o antiguos gestos, se avengan todos a trabajar por que se atiendan mejor los problemas reales de la ciudadanía. Eso plantearon también, con altura de miras, los respectivos presidentes del Senado y del Congreso como gran objetivo. Si todo se reconduce hacia esa dirección pronto se olvidará tanta bobería mediática.

¿Estudias o trabajas?

La pequeña tormenta del Congreso permite constatar, una vez más, que todo Gobierno o poder del Estado hace pedagogía con sus gestos: las instituciones hablan. De todos modos, se parece mucho a lo acontecido en los Institutos y Universidades desde el momento en que las necesidades desarrollistas democratizaron algo el acceso a la educación. Hasta entonces -entrando en los setenta-, una de las divisorias sociales, muy remarcada por el analfabetismo persistente, la establecía el “ir a la escuela” o el “estudiar”. Lo segundo era para muy pocos y lo primero imposible para demasiados. Para “estudiar” o ibas a un colegio de pago, a uno de frailes gratuito o tenías que desplazarte a donde hubiera un instituto. Había muy pocos, como contó el I Plan de Desarrollo y lo dijo también el Libro blanco de la LGE, la de Villar Palasí con su EGB y BUP en 1970. Ya lo había dicho, en 1953, Ruiz Jiménez para defender ante aquellas Cortes su reforma de las enseñanzas medias: sólo había 119 institutos en toda España y , sin embargo, ya había 900 colegios privados…, religiosos en su inmensa mayoría, y se necesitaban, de base, 20.000 escuelas nuevas a razón de 60 alumnos por aula, además del arreglo de otras 15.000 en muy mal estado.

Fue aprobarse la ley del 70 y ¡qué curioso! se empezó a hablar de “egebeización”, “crisis escolar”, “malestar docente” y similares. Pasaron 20 años y llegó la LOGSE ampliando otros dos cursos la escolarización para todos. Y enseguida circularon de nuevo los chistes de disparates en los exámenes que había recopilado un profesor extremeño en los años setenta, se desacreditó el sistema porque ”bajaba el nivel” y volvió a lucir mucho entre gente bien el estar desencantado. De nada sirvió, por supuesto, que un magnífico análisis francés -allí también pasaba algo parecido- demostrara que El nivel sube. Por múltiples sinrazones, se multiplicaron los obligados a marcar distancias respecto a cuantos, ahora hasta los dieciséis años, tenían derecho a ser bien enseñados. No paró ahí el rechazo a la democratización. No hemos cesado de hablar de “calidad” como signo de distinción, a sabiendas de que el doble sistema educativo español -privado y público- es muy caro y que nació segregador desde la Ley Moyano en 1857. La taumatúrgica “CALIDAD”, acompañada a menudo de “EXCELENCIA” para mayor refuerzo simbólico, sigue fluyendo de la boca de nuestros próceres para tirársela unos a otros. Nunca, sin embargo, para ver en serio cómo arreglábamos lo que falta para que el sistema mejore sistemáticamente para todos. Si ya teníamos escolarización, lo de menos ha sido qué saber hacer para que esos años fueran realmente interesantes para todos nuestros chavales. Algunos ya nacían con el síndrome del “fracaso” debajo del brazo y en eso continuamos. A la LOGSE pronto la siguieron la LOCE, la LOE y la LOMCE… y ahí seguimos tan a gusto, encantados de que ese tiempo escolar nos ayude a marcar la diferencia con el vecino, con nuestros hijos como rehenes para que nos tengan envidia por poder pagar un “buen colegio”.

¿Y eres excelente?

Ineludiblemente, éste será asunto relevante de esta legislatura, vaya como vaya a ser la combinación resultante. El escenario de posible formación de Gobierno sigue abierto. Si es el PP el que vaya aglutinar a otros grupos, la LOMCE continuará con sus peculiares formas de distinción temprana entre quienes tienen derecho a escolarizarse. Los defensores de esta ley son gente cultivada en el ámbito de lo que demandaban La formación de selectos (P. Ayala, 1940) y otros sucedáneos que por entonces ya habían asentado una intensa “labor misional” en cuanto al “valor de cambio” de la “buena educación”. Por algunas reacciones ante los llamativos gestos de las primeras sesiones del Congreso, no parece que vayan a ceder en que el dinero público no subsidie una educación que siga marcando diferencias sociales. El problema es que el 35% de hijos de familias bien posicionadas no necesita las atenciones de la enseñanza pública, pero sí el subsidio del Estado y nada garantiza que puedan seguir alimentándose las diferencias indefinidamente, cuando además es la tasa más alta de enseñanza privada en Europa. Con ligeras modificaciones, aquel inmemorial “estudias o vas a la escuela” que cultivaron, empezó a traducirse en los años 70 en otra alternativa más determinante: “estudias o trabajas”. Hoy, todavía son sólo un 8% los hijos de trabajadores que alcanzan la Universidad, la tasa más baja en nuestro ámbito europeo, y es insostenible en una época de crisis como la actual.

Futuro LOMCE

También puede que no vaya a ser sostenible ya en esta legislatura. Si el PP no alcanza los apoyos indispensables para proseguir en el mínimo diálogo como ha ejercitado, y fuera el PSOE u otro de los grupos emergentes el que lograra coaligarse para gobernar, es muy probable que la LOMCE tenga los días contados. Bien entendido que quedará mucho para equilibrar el sistema hacia una cultura educativa compartida. Los de Ferraz ya presentaron una iniciativa parlamentaria el día 14 en que se incluía la derogación específica de esta ley vigente. Pero está por ver si se construye una alternativa gubernamental en que este asunto vaya incluido. Más lentamente, habría de concretarse -y más pronto que tarde- un consenso que velara por que las formas de discriminación todavía existentes en el sistema -legales y enseñoritadas- se reduzcan para bien de todos. De alcanzarse alguna de las posibles opciones de otra línea de Gobierno, los gestos del día inaugural de la XI Legislatura serán releídos, por lo menos, no de modo tan banal como fueron, como si nada tuviera que cambiar o el Estado fuera patrimonio de unos pocos. La tranquila “estabilidad” que reclaman algunos medios recuerda a Linares Rivas en 1890, reaccionando -no sólo simbólicamente- ante la democratización que suponía el voto universal masculino y la “degradación y ruina” que podrían sobrevenir. Pese a las limitaciones de una ley tan falseada, el político escritor reclamaba, por temor a pérdida de privilegios, que había que educar a las masas e “imbuirles conformidad con lo que la suerte tenga de adversa, y respeto a los poderes públicos”. Por entonces, dos terceras partes de los españoles no sabían leer ni escribir. Hay una ligera diferencia, ¿no?

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