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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

El abrazo, de Genovés, es buen símbolo para el relato compartido que nos urge

Manuel Menor Currás
8-Enero-2016

Es momento de política profunda. Necesitamos compartir el relato de lo que sucede y la memoria de lo sucedido. No estamos para tácticas cosméticas particulares.

Lo que llevamos de año predice complicaciones para el anhelo formulado por todos hace muy pocos días, de felicidad para 2016. Lo de Cataluña es especialmente difícil de contemplar impávido, como parecen hacer algunos actores políticos. La caída de la bolsa estos días hace prever malos augurios y el horizonte general parece plagado de incertidumbres en demasiados aspectos de la convivencia pública. Sobre todo, respecto a lo que a unos o a otros les hubiera gustado poder decir como relato de lo sucedido y, especialmente, de lo que esté por suceder. Todos contamos con imprecisión y disgusto lo que no nos gusta. Abunda el tono bajo y dubitativo en cuanto a posibles combinaciones para una legislatura que no arranca, porque ni se han cumplido con exactitud las expectativas de cambio, ni se prevé cuál vaya a ser el mejor modo de afrontar la cabalística de los números que han dejado tras de sí las elecciones del 20-D. Todos los posibles candidatos a pactar temen arriesgarse. Incluso, los que parecen tener más predisposición son calculadores, cuando unas nuevas elecciones no dejan de plantear serios problemas tácticos.

Hay, con todo, un horizonte de esperanza, presagiado con la llegada del cuadro El abrazo, de Genovés, al Congreso de Diputados hace tan sólo unas horas. Es un buen símbolo de lo que, como cuando en las grandes incertidumbres de 1977, supimos encontrar una salida democrática a aquel atolladero. En principio, las dificultades de que tanto hablamos después de las elecciones generales últimas no debieran ser especialmente problemáticas. Son habituales en muchos países del ámbito europeo que se mueven en el multipartidismo. Sólo son problema para quienes no quieren un diálogo leal. En la cultura política española es un aprendizaje que todavía está por hacer en gran medida. Detrás tiene el relevante precedente de una larga dictadura y, más atrás, una prolongada serie de golpes de Estado y guerras civiles -las carlistas lo son- a causa de una muy difícil transición desde el absolutismo de Fernando VII en 1834.

Mirada desde el ámbito de lo sucedido en Educación, esa falta de tradición no sólo es observable desde lo sucedido con los monólogos que desde 1975 han existido, cada cual con “su reforma” o “contrarreforma” a cuestas de lo que quería ser continuidad pura y dura. Se ve especialmente con lo acontecido en el breve período de Gabilondo y su consenso, en que primó la intolerancia sobre la necesidad de ponerse de acuerdo. Y si se mira más atrás, son perfectamente visibles los broncos desencuentros que existieron desde antes de la Ley Moyano en 1857. Después de ella y en plena Restauración, los encontronazos se llevaron por delante experiencias tan interesantes como la de la Institución Libre de Enseñanza, y los intentos que la II República hizo por dignificar una enseñanza que todos pudieran tener tampoco quedaron al margen de los ansiosos de depuraciones. En todo ese largo período, detrás de los asuntos educativos siempre estuvo -como en otros asuntos- la posible limitación de la sacralidad de la propiedad privada para atender por derecho y no por mera benevolencia benéfica o caritativa las necesidades que planteaba la pobreza mediante leyes e instituciones sociales. Respecto al bien de la educación, después de tantos años de carencias y limitaciones para que se generalizara la libertad y el derecho de la enseñanza, el único pacto al que se ha podido llegar es el del artículo 27 de la Constitución de 1978, y no puede decirse que haya habido suficiente lealtad en su cumplimiento equitativo. Nos falta suficiente tradición democrática en cuanto a compartir.

A esa falta de tradición se añade, además, el descrédito alegre que muchos opinadores de oficio vierten en los diversos medios de comunicación hacia decisiones de cuantos no sean de su cuerda, por nimias que sean. Por mucho que se quiera invocar la libertad de expresión, no parece que sea muy responsablemente democrático aprovechar una situación de por sí bastante inestable para calentar más los ánimos de lectores, oyentes y televidentes a base de mofa barata sobre cuanto se mueva distinto de lo que quisieran. Notorios espabilados de guardia sacan punta a cuanto no sean sus gustos particulares y hasta dictan las normas que debieran haber regido las vidas del pasado. Especialmente sobresaliente es lo mucho que les han dado de comer estos días los Reyes Magos, asombrados de que, seguramente muy cargados de razón, bien callados hayan estado en ocasiones de sobrada injusticia.

La vida política, como la vida humana en general, da mucho para reír y llorar. Sin duda es un gran espectáculo. Pero en situaciones difíciles como la actual, sería más útil para la convivencia colectiva que quienes tienen el privilegio de poder expresarse contaran mejor las aspiraciones de todos y no tan sólo las de sus selectos grupos de opinión, desasosegados por si pierden alguna posición en la cucaña social. Crear tradición proclive a la convivencia no tiene por qué estar exento de perspectiva crítica, pero también es exigible cordura y sensatez. Por eso es un símbolo positivo el cuadro de Genovés, porque induce la alegría de compartir algo con los demás. Símbolo fue también, pero de desventuras, el Duelo a garrotazos o La riña, de Goya, en un inicio del siglo XVIII tan dificultado para alumbrar un Estado moderno e independiente. Nos urge encontrar un relato compartido en que todos podamos sentirnos reconocidos y no que, como tantas veces en el pasado, unos pocos tomen a todos los demás por rehenes de su particularísima perspectiva de verdades y certezas inamovibles. ¿Feliz 1916?

 

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