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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

La aritmética hace imprescindible dialogar, consensuar y pactar. También en Educación.

Manuel Menor Currás
22-Diciembre-2015

Antes fue el monólogo. El aprendizaje desarrollado en 12 convocatorias electorales nos ha hecho descubrir el diálogo: ¿Será posible la “libertad de enseñanza” para todos?

Si a un adolescente se le pregunta en un examen que indique ríos de la Península que desemboquen en el norte, es muy probable que conteste que ninguno lo hace. Razón: los ríos no suben hacia arriba, algo así como la ley de la gravedad aplicada a la Geografía. De tanto mirar los mapas colgados en las aulas, con el norte en alto, la confusión operativa está servida. Igual suele suceder , y no sólo con adolescentes, con las cronologías. Si se habla de un asunto que admita comparación entre dos fechas, por ejemplo 1978 y 2015, inevitablemente la gente más joven tiende a considerar más avanzado, moderno, progresista y, por tanto mejor, cuanto se acerque a la última fecha. Todo lo que esté más próximo a la fecha antigua lo suelen ver ineludiblemente peor, menos evolucionado y, a veces, antediluviano.

Diálogo

Pues bien, ya hemos pasado el ansiado 20/D-2015 y, supuestamente, todo deberá ser mejor que antes. El pluripartidismo que parece haber salido de estas urnas, si no de lleno sí muy fuerte, debe ser una maravilla, porque es de ahora mismo. Frente a él, lo que había deberá ser considerado una ruda antigualla bipartidista. Ya es imprescindible que quien vaya a gobernar necesariamente dialogue como mínimo un poco con otro partido que le ayude a alcanzar los 176 escaños imprescindibles en el Congreso. Para quienes hemos estado ayunos de urnas tantos años, después de haber metido papeletas en ellas 12 veces este resultado debiera alegrarnos porque, siendo el último hasta el presente seguramente es el mejor. En fin, que estas enésimas elecciones “históricas” nos han descubierto al fin las bondades del “diálogo” e, incluso, nos confirman que más vale tarde que nunca.

Por lo que toca a esta regla de la cronología pura y dura, sin embargo, disculpen que nos resulte difícil aceptar que sea mejor lo sucedido más tarde. A este paso, en muchas cosas no logradas ya no nos enteraremos. Partamos, de todos modos, de ese supuesto de que las cosas avanzan y mejoran con el tiempo. Habrá que admitir igualmente que todos los grupos estarán ahora, después del 20-D, más inclinados al “diálogo”. Teóricamente así debiera ser, y también porque hasta los más reacios -muy propicios a la sordera- han empleado esta panacea del diálogo muchas veces en las dos últimas semanas. Y también antes, claro. Algo adivinarían desde sus observatorios prospectivos escondido en esta palabra que tanto cautiva en abstracto. Pese a lo cual, por la falta de uso no sabemos muy bien qué pasará. Desde hace dos días, sumidos hemos quedado a la espera del significado operativo que pueda ir cobrando. Para que no haya equivocaciones, algunos ya le han puesto un adjetivo indispensable: “nacional”. Supuestamente, para evitar el lado oscuro de la fuerza. No sea que a alguien se le ocurra que se deba empezar de cero y fuéramos a reescribir los Diálogos de Platón o cualquier otro coloquio ya desarrollado antaño. Con las Navidades por medio y con líneas rojas que se irán añadiendo para estructurar bien de qué deba ir el gran hallazgo, hay todavía dos meses para que coja cuerpo el significado concreto. Algunos de los que de uno u otro modo siempre tienen voz en estas cosas ya van poniendo por delante lo suyo. Algún obispo ya ha salido a la palestra y, cómo no, el representante de los empresarios.

Dos cosas previas se antojan, de todos modos, complicadas de entender en este supuesto “avance” al que por fin hemos llegado en la noche del 20-D. Por un lado, si esto del diálogo es un progreso, por qué ahora lo es y antes no lo era. Recuerden como síntoma la época de Gabilondo en Educación. Dialogar y consensuar entonces era algo insidioso e incluso trágico, para rasgarse las vestiduras e imponer esta última ley orgánica. Ahora no, ya no. Lo mínimamente lógico, en consecuencia, debería pasar por reconocer que estos cuatro años últimos -pese a ser cronológicamente posteriores a lo acontecido en 2011- han sido un retroceso que ahora se ha de enmendar, un poco al menos. Es decir, que se nos desmorona un poco la tesis normativa de que lo último es mejor.

Por otro lado, ante la falta de “diálogo” existente hasta el presente, sólo cabe mirar hacia atrás por si alguna vez lo haya habido. Los expertos en genealogía de la psicología nacional ya se están ocupando en explicar a qué se deba esta tradición ahora problemática del monólogo. Según Pániker “el defecto nacional es la hiperemotividad, que nadie escucha ni cambia sus paradigmas”. Suena bien, pero nos quedamos como estábamos: a ver a dónde se va para que nos corrijan con urgencia este dogmatismo innato. La verdad es que si de gran pacto o consenso habido en el pasado se ha de hablar, en Educación sólo cabe echarse a la cara el logrado en 1978 en torno al art. 27 de la Constitución y pare usted de contar. Lo que visto así, también desde este estricto campo concreto de los asuntos educativos parece hacer ver que hubiéramos estado más avanzados en aquellas fechas del 78 que en todo el tiempo transcurrido desde entonces. Loada sea, pues, la marcha atrás en el tiempo como fórmula para caminar hacia el futuro.

Voces y palabras

Y aquí empieza la gran cuestión. Perdida la costumbre de dialogar en tantos años de morros hiperemotivos y verdades absolutas a imponernos unos a otros, ¿de qué vamos hablar ahora? Después de tanto monólogo, tal vez sea urgente volver a Aristóteles, en contra de lo que dicen las reducciones mejoradoras de la LOMCE. Distinguía perfectamente el gran ateniense del siglo IV a.C. que una cosa era tener voz y otra usar la palabra. Lo primero, según él, era propio de los animales, más no lo segundo, estrictamente caracterízador de los humanos, capaz de realizarles como personas si se desarrollaba en la POLIS. Es decir, que, a partir de esa constatación no deberíamos consentir que, en nombre de la eficiencia -llámese estabilidad, parsimonia o que todo siga como siempre- de nuevo sucumban nuestros representantes a la tentación de dejar fuera de juego los intereses y problemas de la ciudadanía. Admitamos que una cosa son los intereses estratégicos o tácticos de los partidos, nuevos y viejos, y otra bien diferente qué se deba hablar con urgencia para que esto no se descabalgue más. Y aquí, a su vez, surgirá de inmediato un designio a que prestar atención: pueden apostar algo a lo urgente se volverá a comer a lo necesario. En Educación, casi siempre así ha sido. Desde antes de que Don Antonio García Álix pisara por primera vez un edificio denominado Ministerio de Educación en abril de 1900. Tan embarullado estaba todo ya para entonces que él solo, en cuatro meses que duró su mandato, hizo 308 decretos que sus sucesores cambiaron por otros enseguida, y así hemos seguido. Sólo estaba empezando el “diálogo” del poder político con la sociedad y vendrían cosas peores.

Lo urgente y lo necesario

Miren despacio, por tanto, los programas electorales conocidos hasta el 20-D, por si quieren inspirarse acerca de los itinerarios que pueda seguir el pretendido “diálogo” inmediato. Los desarrollos más o menos oscuros de cada partido, sus imprecisiones temporales y ocurrencias variadas para animar a posibles votantes orientan poco. Y colocados juntos los de posibles partidos que logren entenderse para un probable gobierno en esta legislatura inminente, poco es lo que podrán compartir como no sean variopintas superficialidades, algunas incluso incompatibles. Tocará hablar de Educación, pero el momento y el orden respecto a otras muchas cuestiones acuciantes, cuando los problemas gordos de la economía siguen ahí, hace presagiar que se cumplirá una vez más la regla de que lo urgente se come a lo necesario. A las crisis que han acompañado siempre a todas las reformas educativas -asunto desesperante-, se añade ahora, una vez más, que habrá que empezar a hablar de qué se habla. Entre el “crecimiento” y la educación…., ¿qué será primero?

Palabras pequeñas y conceptos rotundos

Nunca será tarde si nos es dado ver que se ponen a hablar de palabras pequeñas, se ponen a hablar y no de conceptos muy rotundos. Piensen lo que quieran de si es mejor lo recién acontecido que lo que pasaba hace 40 años. Y quedemos a la espera de que empiece la conversación y hablen fluidamente, de manera creíble y transparente. Esperemos que hablen de lo que es imprescindible con cierta premura: de cómo hacer que todos, todos, todos, tengan acceso a una enseñanza digna, justa y moderna, de modo que todos, todos, todos, se sientan ejerciendo la misma “libertad de enseñanza”. La misma, no versiones diferentes de “libertad” y de “enseñanza”, que ya sería dialogar deslealmente. Hay más cosas de que hablar, por supuesto. Pero ésta es la más urgente en esta modernidad a que hemos llegado.

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