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Martes, 26-Septiembre-2017 - 12:50 h.
LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

A base de “crecimiento” y marcha atrás, prosperará mucho más la mala educación.

Manuel Menor Currás
19-Diciembre-2015

Es tiempo de reflexión antes de las urnas y de enterarse de qué sea o no la “buena educación” para los candidatos. Ayuda a elegir lo menos malo.

Un muchacho, cuando se sienta con mayores de edad, no hable nunca, si no es que o bien le fuerza la necesidad o bien alguno le invita a ello. A las cosas graciosas que se digan ríase moderadamente; a los dichos obscenos no les ría en ningún caso, pero tampoco arrugue la frente, si es elevado en dignidad el que lo ha dicho, sino componga el rostro de tal modo que parezca que no ha oído o que por lo menos no ha entendido…” (Erasmo, De civilitate morum puerilium,XVII)

Los beneficios que hayamos podido ver estos días a la buena, mala o nula educación mostrada por unos u otros candidatos de estas elecciones pronto podremos evaluarlos a la luz de lo que la Ley D´Hont nos depare dentro de unas horas. Sea cual sea el resultado, ello no prejuzgará ni la calidad ni la legitimidad de cuanto nos hayan predispuesto hacia qué sea esa “buena educación” de que tanto se ha hablado en los últimos días. Tampoco parece que vaya a esclarecer nada respecto a la ruindad o indecencia como tales. Y las exigencias éticas que debiéramos concordar como imprescindibles de tales valoraciones, menos parece que vayan a dilucidarse a base de lamentables agresiones de adolescentes despechados por vaya usted a saber qué razones mentales y sociales.

De “la buena educación”

No viene mal saber, sin embargo, de qué se nutra nuestro lenguaje para decidir qué sea o no “buena” educación. En nuestra vida ordinaria, el baremo lo fijan siempre personas con determinados hábitos e influjo suficiente como para que nadie les discuta qué sea eso de tener “buena educación”. Bien sabido es, pese a todo, que lo que tales personas digan no es pauta universal, ni siquiera idéntica para quienes casi viven al lado pero no son del mismo nivel o posición. Nada predice, además, que “los bien educados” vayan a ser siempre tales. Erasmo que escribió un precioso libro sobre ello para un joven príncipe de Borgoña en 1530, tuvo mucha oportunidad de comprobar que ni los príncipes “bien educados” tenían mucha civilidad: basten las guerras que montaron, y de las que Erasmo fue testigo, para comprobarlo. Ninguna garantía hay de que “los bien educados” actúen siempre dentro de la configuración práctica que los demás pudiéramos exigir en acciones congruentes con tan buena educación. Comprobado tenemos que gente muy “bien educada”, en los mejores colegios de pago incluso, se salte el listón en capítulos importantes de lo que exigen los mejores libros de ética, moral y buenas costumbres. Por las razones que fueren, en algún momento decidieron saltárselos. Como cualquier niño o adolescente, a la búsqueda de un espacio menos encorsetado. Debe ser eso lo que induce a “gente bien” a frecuentar tanto tanto las noticias de “buena sociedad”. Han comprobado lo bien que les sienta dar el cante a las puertas de la Audiencia Nacional. Que les es muy rentable la transgresión de la buena conducta, y emprender nuevas rutas, no en la línea del bien común, sino hacia la fuerza oscura de la corrupción. ¿Han educado mal a quienes ahí se mueven? ¿Demuestran más excelencia educativa que los que se dejan corromper? ¿Si no se tiene algo de corrupción en el currículum, se puede presumir de vida social?

La buena o mala educación que estos días ha saltado a la palestra de las televisiones para buscar algún nicho esclarecido de votantes, no va por barrios. Los mandobles preelectorales y los hábitos parlamentarios no suelen ser modélicos. Imitan a formas habituales de ganarse la vida en programas de más o menos Reality, y a muchas trampas de las sedicentes “redes sociales”. Convengamos, pues, en que no es para escandalizarse mucho. Son prácticas compartidas, de los bien educados de siempre y de quienes tienen probabilidad de situarse en el ascensor social. Abochornarse y escandalizarse de verdad, quienes merecen de verdad hacerlo son los sufridores de los desmanes de gente “bien educada”, provocadores de la indignación más encendida. ¿Nadie recuerda qué se decía en el 15-M o en la infinidad de “mareas” posteriores? Evidentemente, para mucha gente morigerada y de muy buenos modales, todo ha sido horroroso. A la hora del té seguirán proclamando, como siempre: “¡No sé a dónde vamos a parar!“.

Hechos y dichos

Puesto que las modas y melindres que la “buena sociedad” impone suelen tener por objetivo que nadie la mueva de la parsimonia establecida, más vale dilucidar razones consistentes de civilidad, moralidad, ética, valores, deontología cívica o como quieran llamarse esas lindes que la convivencia requiere. Podemos ir al viejo dicho evangélico: “Por sus obras les conoceréis” que, por demás, ha tenido infinidad de traducciones en el refranero popular. Y podemos aplicar esa pauta, por ejemplo -ya que de buena educación hablamos- a lo que en esta materia se ha podido ver en esta legislatura. Nadie, desde luego, debiera sentirse ofendido si se saca a consideración que en estos tres años largos han expulsado del acceso a la Universidad a más de 70.000 estudiantes y a un 10% de esa cantidad en docentes y otros puestos laborales. O que, en cuanto a profesorado escolar, han hecho lo mismo con más de 30.000 profesores y maestros. Forma parte de las “buenas políticas educativas” de esta legislatura en trance de terminar. Con ese baremo de las obras bien hechas por delante, menos parece de “buena educación política” -salvo que nos hayamos perdido algo- haber impuesto la LOMCE sin haber oído ni dialogado con la ciudadanía acerca de sus necesidades. En esta Ley orgánica, lo que hay que enseñar y cómo se haya de enseñar viene regido por un concepto absolutamente selectivo, ajeno a lo que a la inmensa pluralidad de personas corrientes le convenga para mejorar sus capacidades. Y para colmo del exceso de bondad, al final, después de mimar a profes y maestros con recortes desde 2012, les dicen -como inicio de “diálogo nacional”- que todo irá mejor si se dejan apretar un poco más. ¿No les parece de mala educación actuar de modo tan cazurro?

Mejorando qué…

Todo esto alguien lo ha hecho y no parece que pueda incluirse en lo bien hecho ni como ejemplo de civilidad en el siglo XXI. Lo estamos pagando y lo seguiremos pagando, con el agravante de que los paganos de esta “mejora de la calidad educativa” seremos todos. Y aquí estamos: escandalizados pero reflexionando sobre si esto de la “buena educación” deba tener importancia para votar de algún modo o no votar. Sigan pensando y que se les dé bien la Ley D´Hont, porque lo bueno seguramente será tan sólo lo menos malo. Pero también es cierto que a base de “crecimiento” y marcha atrás, en poco tiempo juraremos en arameo: todos acabaremos siendo muy mal educados.

 

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