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LA OPINIÓN LA PUBLICIDAD

Con Méndez de Vigo, la vida educativa sigue igual

Manuel Menor Currás
22-Noviembre-2015

El diagnóstico, de Julio Iglesias, es de 1969. El “Libro blanco” de ese año era más avanzado que lo que ahora dice y hace el sucesor de Wert.

La variación de temperatura de este fin de semana ha disparado las conversaciones rutinarias hacia “el cambio” del tiempo y, también, del clima. A menudo, una cosa lleva a la otra y, con frecuencia, a la confusión de escala. Igual que confundimos lo vivido con lo que realmente sucede. No sabemos valorar cómo las guerras que vemos en la tele son similares o peores que las de nuestros padres o abuelos, la ocultación que los medios nos hacen de lo que está sucediendo para que sigamos siendo consumidores compulsivos, qué cambia y qué no cambia. Cómo cambiamos sin enterarnos y cómo nos cambian o dejan como estábamos es algo que, además, en vísperas electorales pasa siempre a primer plano. “Cambiar”, para muchos, es que vamos o iremos a mejor. Para otros, en cambio, será perder la brújula y perdernos. No es lo mismo ser viejo que joven -con todas las mezclas perceptivas de tan inevitable condición- y hasta no es lo mismo una época que otra para hablar de estas cosas. Cuando, en 1984, Mercedes Sosa cantaba su Cambia, todo cambia, todavía nos faltaban unas cuantas experiencias para poder decir qué ha cambiado y qué sigue igual en nuestro mundo. Aunque nos siga conmoviendo la voz de la cantora de Tucumán, hoy le discutiríamos mucho que dijera que “cambia lo superficial/ cambia también lo profundo/ cambia el modo de pensar/ cambia todo en este mundo”.

Tiempos no tan cambiantes

Es difícil coincidir. Siempre habrá, incluso, quien se empeñe en que no puede ser como hayamos estudiado a fondo. Por eso, la Historia -no las historietas- ayuda a aclararse con esto de los cambios e inmovilismos. Pronto advierte que no todo cambia con el avance cronológico, que hay cosas que parecen no cambiar nunca mientras otras cambian de continuo. Para muchas hacen falta años e incluso siglos, por sus cambios lentísimos no veremos en qué paran por mucho que vivamos. Vivir en 2015 no quiere decir, por tanto, que todo sea tan distinto de 1975, 1968 o 1953. Estos últimos días, no han faltado quienes se empeñaron en mostrar lo mucho que habíamos cambiado en los últimos 40 años. Y perfectamente podían haber recontado gran cantidad de conductas, pautas y cultemas reincidentes en lo que fuimos. Hay días en que la prensa transmite voces e imágenes de las que Carandell fue espléndido coleccionista en Celtiberia show, bien indicativas de continuidades sin fin.

Se ve mejor en las vísperas electorales. Muchos votantes -los más difíciles de convencer en las campañas- votan sin entusiasmo. De sobra saben que, después de haberlo hecho varias veces, casi nada cambia porque los candidatos digan que va a cambiar. Quienes mejor conocen la gestión de los asuntos públicos saben mejor que nadie cuánto sigue como siempre, con similares reticencias, incluso, a las que contaba Larra y como si todo estuviera diseñado para una inamovilidad eterna. Y es que, al margen de los tiempos largos o cortos de los historiadores -distinción principal para no liarse con esto del cambio-, es más fácil cambiar las palabras, hacer fluctuar las denotaciones y connotaciones de su campo semántico. Se las puede disminuir, aumentar, anular, diluir, y que parezca que la realidad se pliega a nuestra verbalidad, o que la realidad única es la que abarcamos con esas palabras. La apariencia y el halago es lo que importa en campaña, no la realidad.

Los cambios de Méndez de Vigo

En el ámbito educativo, tenemos mucha tradición en estas lides. Desde junio, ha pasado a primer plano de la política del Ministerio el término “dialogar”. Sin decirlo, Méndez de Vigo dejó implícito lo poco dialogante que había sido su antecesor. Y como signo de “cambio” ha ido haciendo leves anuncios dulcificadores, siempre bien arropados por la prensa condescendiente. En vez de números que debieran decirse para concretar significados, ha lanzado seleccionadas palabras al aire acerca de reversiones de recortes, reducciones de la ratio alumnos/profesor, reposición de efectivos docentes. Habría así -con palabras adecuadas sin cuantificar-, un cambio significativo en la trayectoria de un Ministerio tan desacreditado por la cerrazón verbal de Wert/Gomendio. Que no era propiamente “cambio”, sino fantasía publicitaria, era fácil de ver. No escogió, palabras como “LOMCE” -cuya implantación proseguirá como si nada hubiera que dialogar y cambiar. Tampoco “Presupuesto educativo”, cuya reducción, recorte, limitación -o como quiera llamarlo- proseguirá en educación hasta el 3,7% del PIB en 2016. Salvo que consiga que Bruselas le permita otra cuantificación, a eso se habían comprometido. Es decir, que sin milagrería alguna, tendremos mejor educación a cuenta de seguir rebajando recursos: el cálculo ronda los 4.000 millones. Y menos ha mentado “Fracaso”. Por ejemplo, el ya cantado con la puesta en marcha de la FP-Básica, tanto porque los matriculados casi no hayan llegado a la mitad de lo que hubiera sido preciso -apenas llegaron a 50.000-, cuanto porque los que promocionarán, apenas rozarán el 50%. Como si hubiéramos vuelto a la FP-1 de 1970, un ghetto sin salida ni “mejora”.

Este nuevo “diálogo” ministerial se ha completado con la decisión que comentábamos hace unos días. Un presunto experto que medie entre el Ministerio y la ciudadanía, pero elegido por el Ministerio, va señalando cambios que hay que hacer. No lo que han hecho mal o muy mal -y corregirlo-, sino siempre algo que tenga que ver con la profesión docente y cómo haya que tratar a los profesores, pues al fin y al cabo ellos son los responsables de ejecutar las leyes educativas. Y ahí está, cual pitonisa de Delfos, largando mucha poética, con muy poca lírica y nula épica. De momento, mientras no suelte su revelación completa en otro “libro blanco”, fingiendo ser el único en descubrir lo importantes que son los profesores en educación y, a continuación, abigarradas sentencias cuya inspiración ya se intuye. Las de la LOMCE y sus instigadores, a quienes debe obediencia Méndez de Vigo. Probablemente Marina nos las venda adornadas de alguna bibliografía adicional, en inglés por supuesto, para que aparente más autoridad. Para que luego digan que no quiere dialogar y cambiar Méndez de Vigo. Con ese preciado Estatuto de la profesión docente, al gobierno de Rajoy no le faltaría nada para dejar el sistema escolar, en bastantes aspectos, a la altura de 1969 y, en algunos, más o menos a la altura de 1914: como hace 100 años.

Marcha atrás

Si en presupuestos hemos retrocedido más o menos hasta 2007, para otros asuntos esas fechas sólo son una referencia aproximada. En el “Libro blanco” que precedió a la LGE, la ley de la EGB en 1970, aparecen críticas, por ejemplo, a la selección de alumnado que a esta LOMCE no le importan: ¿avance o retroceso? En Internet son muy accesibles, igualmente, La Gaceta de Madrid y el BOE. Ahí están las secuencias de resoluciones y decretos que, en nombre de la sacrosanta “libertad de enseñanza”, recorrieron toda la etapa de la Restauración canovista y su crisis (1875-1931), dieron pábulo a la depuración de maestros (1936-1943 especialmente), y alargaron la coerción de la libertad de enseñanza, la de conocimiento y conciencia de muchos profesores y alumnos hasta no se sabe cuándo. En su nombre, sin embargo, se explican muchas “mejoras” de la LOMCE. Por ejemplo, las que limitan la autonomía del profesorado o favorecen -subvencionadas con dinero público- la discriminación por razón de sexo, amén de otras en que los más desfavorecidos quedan en situación claramente desigual. Ahí está también, por ejemplo, la inexistencia de políticas consistentes de infancia -casi exclusivamente grandes proclamas-, mientras Save the Children insiste en que uno de cada tres niños españoles está en riesgo de pobreza. A poco que se les pregunte, enseguida establecen una estrecha relación de quienes la sufren con el “fracaso escolar”. ¿No era eso lo que se iba a corregir con la LOMCE? De esto nada sabe el Sr. Méndez de Vigo y no se sabe si sabe algo el Sr. Marina, su delegado para poner en orden en otros asuntos con que expiar los males educativos.

Es decir, que ni siquiera invocando este instrumento fundamental de la democracia, el “diálogo”, hay garantía de poder certificar fehacientemente que hayan cambiado algunos de los destinos patrios que todos los próceres del lugar no escatiman en proclamar vitales. Más bien parece que haya continuidad en cuanto, de tiempo antiguo, ha sido y sigue siendo motivo de desencuentro ciudadano. Hablamos de cuestiones de fondo muy anteriores al 20-N de 1975; de una cultura social que se ha cultivado a fondo en los cuarenta años que precedieron a esa fecha y mucho antes, y que -como el machismo- sigue ahí como si tal cosa. Aristóteles ya hablaba en el 360 a.C. de lo primordial que era “la palabra”, algo muy distinto de “la voz”, que también tienen los animales. Después de 24 siglos, habrá que seguir reclamando con él el prestigio y la importancia del diálogo y la palabra y que no la ensucien con sucedáneos cambiantes a conveniencia de parte. Porque “es lo propio de los humanos: poseer, de modo exclusivo, el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo conveniente y lo dañino”. Y porque el hombre -como el ateniense proclamaba- es “un animal político”, que se hace completo en comunidad y no en la trampa torticera del lenguaje. Si en los asuntos de educación de niños y adolescentes -tan fundamental para que la palabra pueda cumplir su sentido comunitario adecuadamente cuando adultos- se modulan así los “cambios”, nadie confíe en exceso tampoco en que “cambiar”, en otros muchos ámbitos, sólo aluda a mero recambio…, de personajes y personajillos y poco más. Es propio de la Historia estudiar sobre todo “el cambio”, pero en 1969, Julio Iglesias ya cantaba escéptico y fondón que La vida sigue igual.

 

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